Hasta que llegue el invierno

Adriana | 1

El invierno en Chicago nunca ha avisado cuando llega, simplemente se instala en tus huesos y decide que ahí es donde vivirá para siempre. Esta noche, el frío es una presencia física, un espectro que se cuela por las rendijas de la ventana mal ajustada de nuestra habitación, recordándome que ni siquiera dentro de casa podemos escapar de la hostilidad del mundo.

Me llamo Adriana, aunque a veces, al mirarme en el espejo astillado del baño, me cuesta reconocer a la chica que me devuelve la mirada. Mis ojos verdes, inyectados en sangre por el cansancio, parecen dos pozos oscuros rodeados de un rostro que ha olvidado cómo sonreír. A mis diecisiete años, no debería saber cómo se siente tragarse la propia sangre tras una mala noche, pero la vida —o mejor dicho, el hombre que vive en nuestra sala— se encargó de educarme rápido.

— ¿Adri? —la voz de Sally, apenas un susurro, me sacó de mis pensamientos.

Mi hermana pequeña estaba acurrucada en su colchón, su respiración agitada por el miedo. Sally era mi mundo. Con sus rasgos delicados y esa inocencia que él todavía no había logrado romper del todo, ella era la única razón por la que seguía respirando y por la que seguía en esta casa

—Estoy aquí, Aly —respondí, acercándome a ella para cubrirla con la manta más gruesa que teníamos—. Duerme. Yo vigilaré.

Afuera, en el pasillo, se escuchóon los pasos pesados de Marcos. El suelo de madera crujió bajo su peso, un sonido que activó todas mis alarmas. Marcos era el padrastro que el destino nos había impuesto tras la desaparición de nuestro verdadero padre. Papá… recuerdo poco de él, solo el olor a tabaco y la forma en que me cargaba sobre sus hombros mientras me contaba historias sobre lugares lejanos donde nunca caía nieve. Mi madre, Eilyn, nunca quiso hablar de él. "Se fue porque no pudo soportar el peso de esta vida", solía decir con la mirada perdida en un punto invisible de la pared. Años después, tras curiosear entre papeles viejos y una carta mal escondida en el desván, supe la verdad: papá no se fue, lo obligaron a irse. Había intentado desafiar a las personas equivocadas en la ciudad, y Chicago tiene una forma muy particular de hacer desaparecer a los hombres que no pagan lo que deben.

La puerta de nuestra habitación se abrió de golpe. Eilyn entró primero, con la mano cubriendo el costado y un rastro de algo oscuro manchando su blusa. Detrás de ella, Marcos avanzaba como un animal acechando a su presa.

—¿Tú también vas a defenderlas, Eilyn? —la voz de Marcos era un gruñido gutural—. ¿Vas a seguir desperdiciando el dinero de esta casa en estas dos crías inútiles?

No esperé. Me levanté, poniéndome entre él y la cama de Sally. Mis manos, ocultas tras mi espalda, se cerraron en puños. Podía sentir la cicatriz en mi mejilla, un recordatorio de la última vez que intenté interponerme.

—Déjala en paz —dije, tratando de que mi voz no temblara.

Marcos soltó una carcajada que sonó como cristales rotos. Se acercó a mí, el olor a alcohol y tabaco barato invadiendo el pequeño espacio. Me lanzó un manotazo que me quemó hasta los huesos

—Tú no eres nadie, Adriana —escupió—. Eres solo otra boca que alimentar. Si no fuera por el dinero que traes de ese antro, ya estarías en la calle.

El "antro" al que se refería era el Room Frick , el club donde trabajaba como camarera nocturna. Un lugar lleno de luces de neón, música ensordecedora y hombres que creen que, por tener un fajo de billetes en la mano, son dueños del mundo. Entrar ahí cada noche era como descender a un círculo del infierno. Tenía que lidiar con clientes groseros, manos que intentaban tocar donde no debían y la mirada depredadora del gerente, que siempre me recordaba lo fácil que sería reemplazarme si me quejaba.

Lo miré con una rabia infinita y me fuí a trabajar, odiaba darle la razón Pero ese hijo de puta me sacaría a patadas de la casa si no le daba dinero y yo no podía dejar a Sally y a mamá solas con ese imbécil.

Aquella noche, mientras servía la enésima ronda de tragos caros a unos tipos con trajes italianos que hablaban de negocios que preferiría no entender, mis pies ardían y mi mente estaba en casa. ¿Estaría bien Sally? ¿Habría logrado mamá curarse la herida?

—Más hielo, nena —dijo uno de los hombres, un sujeto con una cicatriz cruzándole la ceja.

Asentí mecánicamente, vertiendo el hielo en el vaso con asco. Mi vida se había convertido en eso: servir copas, aguantar humillaciones y ahorrar cada centavo. Todo el dinero que ganaba terminaba, en parte, en las manos de Marcos para evitar que nos sacara a la calle, y el resto lo escondía bajo una baldosa suelta en el baño, esperando el día en que tuviera lo suficiente para llevar a Sally lejos.

Esa noche, mientras recordaba las propinas que me dejaron sobre la barra, sentí que algo cambiaba. Uno de los hombres de la mesa, un tipo más joven que el resto, con ojos de un negro tan profundo que parecían absorber la poca luz del lugar, me observó con una intensidad que no era lujuria. Era curiosidad. Cálculo de época.

—Eres nueva —dijo, sin preguntar.

—Llevo meses aquí —respondí, dándole la espalda para ir hacia la cocina.

—No, no me refiero a trabajar aquí —insistió, su voz clara y con un acento diferente se escuchó por encima de la música—. Me refiero a que no perteneces a este lugar. Tus ojos dicen que estás buscando una salida, y Chicago es una ciudad muy pequeña si sabes a quién pedirle ayuda, vete a casa niña.




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