Hasta que llegue el invierno

Adriana | 2

El sonido de la caja registradora del Room Frick siempre me ha parecido una burla. Es un tintineo metálico, casi alegre, que contrasta con la miseria que se respira en el aire viciado de este lugar. Esa noche, el ambiente estaba cargado de una ardiente electricidad inusual, como si fuese una bomba, y mi paciencia, que ya de por sí era un hilo fino, terminó por romperse cuando un cliente, un tipo que ya había bebido demasiado whisky, decidió que mi trasero era parte del mobiliario.

No lo pensé. Fue un instinto visceral. Mientras su mano se deslizaba por mi costado, mi brazo reaccionó solo. El sonido del impacto de mi bandeja contra su pómulo fue seco, sordo, y el hombre cayó hacia atrás, derribando tres mesas antes de quedar hecho un ovillo en el suelo de madera. El silencio que cayó sobre el club fue absoluto; hasta la música se apagó, solo se escuchaba el sonido interrumpido de las luces de neón parpadeando.

El gerente, Andrés, no tardó ni diez segundos en aparecer. No preguntó qué había pasado; no le importaba. Solo vio el caos, la posible mala publicidad y la oportunidad perfecta para ahorrarse mi salario semanal.

— Tú, fuera —me dijo, con los dientes apretados—. Y ni se te ocurre pedir lo que te debemos. Este desastre me cuesta más que tu sueldo, Adriana. Estás despedida.

Sentí el vacío en el estómago. No era solo el dinero; era el tiempo. Ese sueldo era el combustible para nuestra huida, el pasaje de salida de ese infierno. Salí a la calle sin mirar atrás y empujando a todos los que me estorbaban el paso, con el frío de la ciudad golpeándome la cara, recordándome que el invierno, al igual que mi miseria, no daba tregua.

Cuando llegué a casa, la atmósfera dentro era irrespirable. Marcos estaba ahí, sentado en el sofá con una botella de bourbon vacía a sus pies. Sus ojos, inyectados en sangre, se posaron en mí con una malicia que me heló la sangre.

— ¿Dónde está el dinero, pequeña rata? —gruñó, poniéndose en pie con una torpeza amenazante.

— No hay dinero hoy —respondí, tratando de mantener la compostura.

Fue un error. El golpe me llegó antes de que pudiera parpadear. El impacto contra mi mandíbula me hizo ver estrellas, y el sabor a hierro inundó mi boca mientras caía al suelo. Antes de que pudiera recuperarme, vi cómo Marcos, con una brusquedad animal, agarraba a Sally por el brazo. Ella gritó, un sonido agudo que se clavó en mi pecho como un puñal. Mi madre intentó detenerlo, pero era débil, un recordatorio de que ella jamás podría protegernos.

—¡Déjala! —grité, intentando levantarme, pero una patada en el costado me obligó a doblarme.

— Vamos a divertirnos un poco, ¿verdad, pequeña chinita? —dijo él, arrastrándola hacia nuestra habitación, encerrándose allí con un golpe seco.

El terror, puro y paralizante, me recorrió el cuerpo, pero no duro. Algo en mí hizo clic. Un interruptor que se había mantenido en posición de «espera» durante años se activó. No iba a permitir que le hiciera daño a Sally. Ni hoy, ni nunca. Me puse en pie, ignorando el dolor punzante en mis costillas, y busqué en la cocina. Mis manos temblaban, pero no por miedo, sino por pura adrenalina. Agarré el cuchillo más afilado que encontré.

Al otro lado del pasillo, mi madre estaba sentada en el suelo, con la mirada vacía, tratando de convencerse, como hacía casi siempre que los golpes llegaban, de que, si cerraba los ojos, el problema desaparecería.

— Mamá, levántate —le dije, mi voz sonaba extrañamente calmada, una calma letal—. Vamos a irnos. Ahora.

Ella me miró, con el miedo aún nublando sus sentidos. — Adriana, no podemos, él nos encontrará... él tiene el control...

— Ya no —sentencié, y corrió hacia la habitación.

Escuché la risa de Marcos y los gritos de mi hermana menor al otro lado de la puerta. Golpeé la madera con todas mis fuerzas, usando el peso de mi cuerpo. Golpeé con el mismo cuchillo la cerradura hasta que pasó con un chasquido metálico. Lo que vi me hizo perder la razón: Marcos estaba sobre ella, acorralándola contra el suelo y ella con su blusa desgarrada. Mi grito fue más un rugido que una palabra. Me balanceé sobre él sin importar mi tamaño, con el cuchillo en alto. La lucha fue frenética, sucia y desesperada. Logré clavarle el filo en el hombro una y otra y otra vez, un acto de pura defensa que lo hizo soltar a Sally y retroceder, maldiciendo y sangrando.

— ¡Corre, Sally! —grité, tomándola de la mano libre.

Corrimos hacia el auto de mi madre, un sedán destartalado que guardábamos como nuestro último recurso. Eilyn salió tambaleándose, todavía procesando la realidad de que finalmente, por primera vez, estábamos huyendo. Corrí hacia mi madre, la agarré bruscamente y la tiré al auto, metí a Sally en el asiento trasero y arranqué el motor justo cuando Marcos salía de la casa, ensangrentado y gritando amenazas que ya no significaban nada.

La carretera se abriría ante nosotras como un túnel oscuro. Conduje como una poseída, dejando atrás las luces de Chicago, dejando atrás todo lo que conocía. Pero el silencio en el auto era pesado, casi irrespirable. Mi madre, sentada a mi lado, empezó a sollozar.

—Adriana, deberíamos volver. Él... él tiene sus problemas, él ha tenido una vida dura, quizás si hablamos con él... —sus palabras fueron como una bofetada; la miré como si le hubiera salido una tercera cabeza.




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