Hasta que llegue el invierno

Adriana | 4

Nueve años después | Hace un año atrás

El tic-tac del reloj en la pared de mi apartamento es el único sonido constante en mi vida, aparte del pitido lejano de los monitores que, en mi mente, nunca terminan de apagarse. Me miré al espejo del baño, el mismo espejo que se parecía tanto al de nuestra antigua casa, el mismo que había intentado cambiar mil veces pero que siempre terminaba ignorando. Tenía veintiséis años. Nueve años. Nueve malditos años desde aquella noche en que las turbias aguas del lago de Michigan me tragaron y me devolvieron convertida en otra cosa.

Ajusté las mechas blancas que ahora cruzaban mi cabello mezclado con el negro, un rasgo que se había vuelto tan distintivo como la frialdad con la que miraba el mundo. Nueve años siendo una asesina a sueldo para una organización fantasma cuyo líder jamás había visto en persona. No sabía su nombre, no conocía su rostro, solo conocía las órdenes impresas en tarjetas negras y las transferencias bancarias que mantenían a Sally respirando en una clínica privada de alta gama.

En este submundo de sangre y contratos, había aprendido a moverme como un depredador. No estaba sola, al menos no del todo. Con el tiempo, conocí a otros peones de la organización, figuras oscuras que, al igual que yo, habían vendido su alma a cambio de un cheque. Entre ellos, Liam se había convertido en mi única ancla a la cordura.

Liam entendía mi infierno mejor que nadie. Él también había perdido a su hermano pequeño en una balacera años atrás, un vacío que ninguna cantidad de dinero podía llenar. Por eso, cuando mis contratos se demoraban o cuando las guardias en la clínica se cruzaban con una misión, Liam era el único en quien confiaba. Él iba a ver a Sally, le leía libros de arte que ella jamás escucharía y, en más de una ocasión, me había prestado dinero de su propio bolsillo para evitar que la administración del hospital amenazara con desconectarla. Éramos dos almas rotas cuidando los fragmentos de lo que alguna vez fuimos.

Sin embargo, últimamente el terreno se estaba poniendo peligroso. El invierno en Chicago no solo congelaba las calles; estaba congelando mis fuentes de ingreso. Los encargos escaseaban. Las grandes familias mafiosas se estaban reorganizando, las alianzas cambiaban y los contratos limpios —esos donde el objetivo era un criminal que nadie extrañaría— escaseaban de forma alarmante. Mis ahorros se desvanecían como el humo, y la deuda mensual de Sally se acercaba amenazante, respirándome en la nuca.

Estaba sentada en la pequeña mesa de la cocina, revisando un fajo de expedientes encriptados que Liam me había conseguido por debajo de la mesa, cuando mi teléfono ardió con una notificación cifrada. Una sola línea. Un objetivo de alta prioridad. Una recompensa capaz de asegurar los próximos diez años de cuidados médicos para mi hermana.

Abrí el archivo digital y la pantalla iluminó mi rostro.

Objetivo: Jin Kang Miller

Edad: 32 años.

Perfil: Político en una reciente campaña electoral, hijo de padre coreano y madre de Chicago, tiene una hermana, Nishi. 12 años. Respetable ante las cámaras, intocable en la superficie, pero deeply podrido por dentro.

Leí los detalles con atención. Jin no era un peón cualquiera; estaba fuertemente vinculado con los altos mandos de la mafia de Chicago, utilizando su fachada política para lavar dinero y abrir rutas de contrabando. Las conexiones del sindicato criminal lo protegían, lo que significaba que un acercamiento frontal con una pistola era imposible. La única forma de llegar a él, de ejecutar el contrato sin activar las alarmas de seguridad y asegurar el pago, era desde adentro.

Tenía que ganarme su confianza.

Cerré la laptop con un golpe seco que hizo temblar la taza de café frío sobre la mesa. El plan era una locura suicida, una cuerda floja suspendida sobre un abismo. Tendría que infiltrarme en su círculo íntimo, sonreírle a un hombre que seguramente olía a pólvora y dinero manchado de sangre —no muy diferente a mí— , y esperar el momento exacto en que bajara la guardia para clavarle el cuchillo.

Mi mente estaba agotada. La fatiga mental se había convertido en una capa de plomo sobre mis hombros; ya no sentía miedo, solo una urgencia desesperada y metódica.

Tomé mi chaqueta y las llaves del auto. Antes de salir, pasé por la clínica. Me quedé mirándola en la ventana de cristal, observando a Sally desde el pasillo. Sus inútiles extremidades descansaban bajo las mantas impolutas, su rostro pálido y sereno en ese coma indefinido que parecía robarle un poco más de vida cada día.

—Resiste un poco más, Aly —murmuré contra el vidrio, apretando el puente de mi nariz para frenar el ardor en los ojos—. Te conseguiré el dinero. Aunque tenga que matar a todo Chicago para lograrlo.

Salí al aire helado de la noche. El viento soplaba fuerte, agitando las luces de neón de la ciudad. El invierno había vuelto a empezar, y yo estaba lista para jugar mis cartas contra el hombre más peligroso de la política local.




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