Hasta que llegue el invierno

Jin | 5

1 Año Después | Actualidad

A mis treinta y tres años, con las elecciones a la vuelta de la esquina a finales de este año, mi nombre apareció en cada cartel publicitario, en cada pantalla de televisión y en cada periódico de Chicago. Jin Kang Miller: el joven político, impecable, el rostro respetable que prometía limpiar la ciudad. Qué ironía tan cruel. Nadie en la superficie sabía que el imperio que me respaldaba olía a pólvora, a lavado de dinero y a los tratos más oscuros con la mafia local.

Para el público y para las cámaras, yo era intocable. Pero tras las bambalinas, mi vida personal era un desierto.

A mi pequeña hermana la veía de uvas a peras. La tensión con mi madre, Mila, se había vuelto una muralla infranqueable desde la muerte de mi padre, Kung. Todavía me quemaba en el pecho la rabia sorda al recordar el día en que Kung murió y Mila, apenas unas semanas después, decidió restregarme en la cara que se casaría nuevamente. No soporté la hipocresía, la forma en que borró su memoria tan rápido. A los veintitrés años empaqué mis cosas, me largué de la casa familiar y construí mi propio camino a base de ambición y frialdad, convirtiéndome en el dueño del Room Frick , el club nocturno que servía como fachada perfecta para mis operaciones.

Con quien las cosas eran aún más tensas era con mi hermano Liu. Teníamos casi la misma edad, él tenía tan solo tres años menos que yo compartíamos la misma sangre y los mismos rasgos, pero habíamos elegido caminos opuestos. Mientras yo me sumergía en el fango de la política y el poder corporativo, Liu se había metido de lleno en el mundo de la mafia pura y dura, alejado por completo de la ley. Más de una vez había intentado acercarme a él, ofrecerle cobertura o sacarlo de algún lío con sus enemigos, pero Liu siempre me rechazaba con desprecio. Me aborrecía. Estaba convencido de que a mí solo me importaban mis campañas y mi estatus, incapaz de ver que, a mi manera, lo intentaba mantener con vida en un tablero donde los peones siempre terminaban masacrados.

Aquella noche, hace diez años, mientras conducía mi auto por la carretera oscura rumbo al Room Frick , la mente me daba vueltas entre los discursos políticos de mañana y los problemas de Liu. Fue entonces cuando los faros de mi vehículo iluminaron el caos: un sedán descontrolado, un camión monstruoso invadiendo el carril, y el impacto brutal. El auto salió despedido, volcándose antes de caer directo al vacío del barranco y sumergirse en el mar negro.

Detuve el motor de golpe, el instinto ganándole a la lógica. Sin pensarlo dos veces, corrí hacia el borde y me dejé caer por la pendiente, lanzándome al agua helada. Nadé con desesperación hacia los restos de metal que se hundían con rapidez. Logré sacar a una niña que ya iba flotando hacia la superficie, al parecer algo la había alzado.

Entonces decidí sumergirme más y reconocí un rostro de inmediato: era la camarera de mi club, la misma chica de ojos verdes con la que había cruzado un par de palabras tensas hacía un tiempo, aún respiraba, apenas.

Volví a sumergirme en la oscuridad gélida. Nadé fuertemente hacia ella y la tomé, creo que me vió, Pero seguramente con la inconsciencia en la que se iba a sumergir, no me reconoceria.

Finalmente, la saqué a la superficie y al asegurarme que aún respirara me volví a sumergir hacia el auto y busqué en el asiento delantero. Alcancé a sacar el cuerpo de una mujer mayor, pero ya era demasiado tarde; el agua y el impacto le habían robado la vida antes de tocar fondo. Las coloqué a todas en la orilla.

Sabía lo que implicaba estar asociado a un accidente mortal en cuando planeaba alguna campaña política futura. Si mi nombre salía en ese informe policial, mi carrera y mis alianzas se vendrían abajo en segundos, aunque hubieran pasado 50 años. Así que utilicé mi influencia, moví los hilos del sindicato y pagué lo suficiente para que la policía borrara mi rastro, alterando los registros oficiales para que todo pareciera un rescate anónimo de rutina realizado por los servicios de emergencia. Nadie debía saber que yo había estado allí.

Ahora diez años después de aquello, el peso de la campaña y las responsabilidades me ahogaban casi tanto como el agua de aquel mar. No me podía permitir visitar a mi hermana Nishi siempre que quisiera, entonces decidí tomarme una tarde libre, un lujo extravagante, y llevé a mi hermana pequeña a la playa a caminar por la arena fría y buscar conchas de mar, intentando recuperar algo de la inocencia que habíamos perdido hace tanto tiempo.

El viento soplaba fuerte, agitando mi abrigo, mientras caminábamos junto a la orilla. Levanté la vista hacia el paseo marítimo, y el aliento se me quedó atrapado en la garganta.

A pocos metros de distancia, con el cabello negro mechado de blanco y una mirada tan fría como el viento de invierno, estaba ella. La chica a la que había sacado de aquel auto naufragado diez años atrás.

El tiempo pareció detenerse por completo. Las piezas del tablero, que creían enterradas en el fondo del océano, acababan de volver a moverse.




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