Hasta que llegue el invierno

Adriana | 6

El sonido de las olas rompiendo contra la orilla siempre me había parecido un recordatorio cínico de lo frágil que era la vida. A mis veintisiete años, mi mente funcionaba como una maquinaria fría y calculadora, pero la urgencia seguía quemándome por dentro. Había pasado un año desde que acepté aquel sobre negro, un año de rastrear los movimientos de Jin Kang Miller. A sus treinta y tres años, en plena ebullición de su campaña política, el hombre era un blanco perfecto en la superficie, pero un laberinto impenetrable en su seguridad. Necesitaba acercarme. Necesitaba que bajara la guardia. Y para lograrlo, había diseñado un plan que rozaba lo absurdo.

Caminaba por la playa con las manos hundidas en los bolsillos de mi abrigo, sintiendo el viento helado golpeando mi rostro y agitando mis mechas blancas. Tenía que terminar un encuentro casual. Y la única forma de romper el hielo con un político rodeado de guardaespaldas invisibles era a través de su punto más vulnerable: su pequeña hermana.

La vi a unos metros, agachada junto a la orilla, buscando conchas con una concentración inocente.

Me acerqué con pasos lentos, obligándome a adoptar una postura relajada. En mi interior, una risa amarga y sorda amenazaba con escapar. Me parecía completamente ridículo. ¿Yo, una asesina a sueldo curtida en la sangre y el dolor de los bajos fondos de Chicago, intentando ganarme la confianza de un mafioso de cuello blanco a través de una estúpida búsqueda de conchas marinas? Era una farsa de novela barata.

Mientras me agachaba cerca de la niña para fingir que inspeccionaba la arena, un nudo se formó en mi garganta. Este escenario, el mar, la búsqueda de tesoros diminutos en la playa, me devolvió de golpe al pasado. Me recordé los días en que llevaba a Sally de la mano, cuando éramos niñas antes de que el infierno nos devorara, y también me trajo el eco amargo de la muerte de mi madre. Sentí una punzada profunda en el pecho, un remordimiento agudo. Me sentí mal por utilizar a la hermana pequeña de Jin, por arrastrarla a este juego sucio. Ella no tenía la culpa de que su hermano fuera un monstruo envuelto en trajes caros. Al igual que mi Aly, eran tan solo unas niñas.

— ¿Encontraste algo bueno? —le pregunta a la niña con suavidad, intentando que mi voz sonara genuina.

Ella levantó la vista, parpadeando con curiosidad, y mientras me sonreía entusiasmada, antes de que pudiera responder, una sombra se proyectó sobre nosotras.

Me puse de pie lentamente, girándome para enfrentar al hombre que llevaba meses obsesionando mis noches. Jin.

Lo miré a los ojos. En el instante en que nuestras miradas se cruzaron, un escalofrío recorrió mi columna. Sus ojos... eran de un azul profundo, casi irreal. La intensidad en su mirada me golpeó con una fuerza extraña, haciéndome sentir una desorientación repentina. Eran demasiado familiares. Una sensación de déjà vu me atravesó el cerebro, como si ya hubiera visto esa misma mirada en el peor momento de mi vida. Fruncí el ceño, intentando escarbar en mis recuerdos fragmentados, pero la bruma de los traumas no me dejó ver más allá. No lo reconocía. No recordaba de dónde venía esa extraña sensación.

Jin me observaba con una mezcla de cautela y sorpresa contenida, analizando cada movimiento mío con la precisión de un depredador.

—Disculpa, ¿necesitas algo? —su voz era grave, controlada, con ese tono pulido que usaba para embaucar a votantes y socios por igual.

—No, solo... perdí el equilibrio un segundo. Tu hermana estaba buscando conchas, y me pareció un buen lugar para detenerme —mentí con soltura, sosteniendo su mirada para demostrar que no le temía.

Mientras me miraba, mi mente trabajaba a destajo. Analizaba su postura, el tic casi imperceptible en su mandíbula, la forma en que medía las distancias. Y entonces, de repente, una pieza encajó en el rompecabezas.

Los engranajes de mi memoria giraron hacia atrás, atravesando los años, hasta aquella noche en el Room Frick, justo antes de que mi vida estallara por los aires. Recordé al hombre joven con un acento diferente que me había hablado en la barra, el que me dijo que no pertenecía a ese lugar y que me advirtió sobre la ciudad. Recordé la intensidad de sus facciones, la cicatriz invisible bajo su mandíbula.

El tiempo pareció detenerse por completo. Mis ojos se abrieron ligeramente mientras las fichas caían en su lugar exacto.

Jin no era solo un político corrupto. Jin era el dueño del club. Jin era el hombre del bar.

La revelación me dejó sin aliento por una fracción de segundo, pero mi entrenamiento me obligó a mantener la máscara intacta. El pez gordo al que tenía que asesinar no era un desconocido; era alguien cuyas manos, de una u otra forma, ya habían rozado mi pasado. Y él, parado frente a mí, no tenía la más remota idea de que la asesina que venía a cobrar su cabeza acababa de entrar voluntariamente en su red.




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