Hasta que llegue el invierno

Adriana | 7

El viento de la tarde arrastraba consigo el salitre y el frío característico de la costa de Chicago, pero el verdadero hielo lo llevaba yo por dentro. Tener frente a mí a Jin Kang Miller —al hombre que años atrás, bajo las luces de neón del Room Frick , me había advertido sobre los peligros de la ciudad— ponía en perspectiva lo retorcido y caprichoso que podía ser el destino. Él no tenía la más mínima sospecha de quién era yo, ni de la verdadera razón por la cual mis pasos habían cruzado los suyos en esta playa solitaria. Para él, yo no era más que una cara semiconocida que se había topado con su hermana pequeña.

— ¿Te apasiona tanto la recolección de conchas marinas, Adriana? —preguntó Jin de repente, rompiendo el silencio con un tono que oscilaba entre la burla contenida y una curiosidad genuina. Sus labios esbozaron una ligera sonrisa de medio lado, una mueca irónica que endurecía su mandíbula pero que, al mismo tiempo, desprendía una peligrosa elegancia.

Lo miré de reojo. A sus treinta y tres años, con la puerta impecable de un político que sabía cómo cautivar a las masas, Jin irradiaba una autoridad silenciosa. Sus ojos de un azul profundo me examinaban con una intensidad distinta a la de la primera vez que nos cruzamos; Algo en su mirada, un destello de interés absoluto, que me había indicado que yo le resultaba atractiva. No era una simple casualidad que me estuviera prestando tanta atención en medio de una campaña presidencial que acaparaba cada segundo de su vida. Y eso, lejos de halagarme, encendió mis alarmas internas. Yo era una depredadora intentando cazar a su presa, pero por un instante fugaz sentí que la línea entre el cazador y el anzuelo comenzaba a difuminarse.

—Digamos que a veces uno busca tesoros donde menos lo espera, o simplemente intenta despejar la mente de un mundo demasiado ruidoso —respondí con voz neutra, guardando las manos en los bolsillos de mi abrigo para ocultar el leve temblor de mis dedos.

Me mantuve deliberadamente reservada. No solté ni una sola palabra sobre mi pasado, ni sobre los fantasmas que me perseguían cada vez que cerraba los ojos. Y, para mi alivio, Jin tampoco insistió en informar sobre mi familia o mi vida privada. Parecía respetar esa barrera invisible, o tal vez simplemente estaba demasiado acostumbrado a guardar sus propios secretos como para exigirle transparencia a una desconocida.

En ese momento, Nishi, la pequeña hermana de Jin, se acercó a mí corriendo con pasos torpes sobre la arena húmeda. Tenía las manos llenas de pequeños caracoles y conchas marinas que había recolectado con esmero. Con una sonrisa inocente y deslumbrante, extendiendo los brazos hacia mí.

—Mira, te regalo estas. Son las más bonitas que encontré —dijo la niña con total espontaneidad.

Aquel gesto tan simple me atravesó el pecho como una daga invisible. Un dolor sordo y punzante se instaló en el centro de mis costillas, robándome el aliento por un segundo. La sonrisa casi sin dientes de Nishi, su cabello rizado revuelto por el viento y su entusiasmo desinteresado me devolvieron de golpe la imagen de Sally. Con una violencia instantánea me volvió a recordar los días en que mi hermana pequeña solía correr hacia mí con chucherías absurdas encontradas en la arena, antes de que el mundo se derrumbara, antes de que el coma y la invalidez la convirtieran en un eco silencioso en una cama de hospital. Una voz en mi interior, fría y calculadora, me gritó que me alejará, que estaba cruzando una línea peligrosa al encariñarme con el entorno de mi objetivo, que debía retroceder antes de que fuera demasiado tarde.

Pero no lo hice.

Tragué saliva con dificultad, obligué a mis facciones a relajarse y me agaché a la altura de la niña.

—Muchas gracias, Nishi. Son preciosas, las guardaré con mucho cuidado —respondí, aceptando los pequeños tesoros de la arena y sintiendo cómo el peso de mi culpa aumentaba de forma exponencial.

La tarde transcurrió bajo esa extraña tregua. Nos quedamos juntos en la playa mientras el cielo comenzaba a teñirse de tonos cobres, naranjas y púrpuras oscuros. Ayudé a Nishi a construir pequeños castillos de arena y a buscar más conchas, mientras Jin permanecía de pie a poca distancia, observando la escena en silencio. De vez en cuando nuestros ojos se cruzaban, y en esas miradas silenciosas no había política, ni mafia, ni contratos; solo dos almas acostumbradas a la trinchera compartiendo un momento de tregua artificial.

Cuando el sol terminó de ocultarse por completo en el horizonte, dejando paso a la negrura gélida de la noche, los guardaespaldas de Jin aparecieron discretamente para recordarle sus compromisos de agenda. Era hora de marchar a casa.

Jin se acercó a mí mientras Nishi caminaba unos pasos adelante de regreso al vehículo oficial.

—Está oscureciendo demasiado y la zona no es segura para andar sola a estas horas. Puedo pedir que te lleven a tu casa —ofreció con firmeza, cruzándose de brazos.

Negué con la cabeza de inmediato, sintiendo la urgencia de mantener mi espacio personal intacto.

—No te preocupes, no vivo lejos y prefiero caminar un poco más —mentí con soltura, aunque mis piernas ya empezaban a resentir el cansancio del día.

Jin arqueó una ceja, sin creérselo del todo, pero decidió no presionarme. En su lugar, hizo una seña rápida y un auto de alquiler se detuvo a pocos metros junto a la acera. Abrió la puerta trasera para mí con una cortesía impropia de un hombre acostumbrado a dar órdenes en las sombras.




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