Hasta que llegue el invierno

Jin | 8

El automóvil negro que se llevaba a Adriana se desvaneció en la negra de la carretera costera, tragado por la bruma de Chicago y los faros distantes de la ciudad. Me quedé de pie en el cemento frío, con las manos en los bolsillos de mi abrigo, sintiendo la sensación de su mirada todavía grabada en la piel.

A medida que el silencio volvía a envolver la playa, mi mente comenzó a hilar los cabos sueltos de la tarde. Había algo en su actitud, una rigidez calculada bajo su aparente naturalidad, que me generaba una profunda sospecha. Mientras conversábamos, analizando cada uno de sus movimientos, me di cuenta de algo desconcertante: Adriana parecía no recordarme. No recordaba la noche en que la había sacado del auto volcado en el fondo del barranco, ni los rostros borrosos de aquel rescate desesperado. Para ella, yo era simplemente el hermano de la niña con la que se había tropezado por casualidad. Sin embargo, en el fondo de mi pecho, una intuición oscura me decía lo contrario. Sospechaba que, de algún modo, ella sí recordaba nuestro encuentro anterior, aquel intercambio fugaz bajo las luces de neón del Room Frick años atrás. Lo ocultaba con maestría, pero había una chispa de reconocimiento en sus ojos verdes que no lograba disimular del todo.

—Señor, debemos volver. Su madre ha estado llamando —interrumpió uno de mis guardaespaldas, acercándose con pasos silenciosos para no romper la atmósfera densa que me rodeaba.

Un gruñido sordo se escapó de mi garganta. La mención de mi madre era suficiente para encender la mecha de un dolor antiguo y rencoroso.

El viaje de regreso en la parte trasera de la camioneta blindada transcurrió en completo silencio, pero la tensión en el habitáculo era casi tangible. Cuando cruzamos las puertas de la mansión familiar, el ambiente ya estaba cargado de electricidad estática. Mila, mi madre, me esperaba en el recibidor con los brazos cruzados y una expresión de fría severidad que no había cambiado un ápice desde el día en que decidí largarme de casa.

—Vienes tarde, Jin —espetó antes de que siquiera pudiera quitarme el abrigo—. Y trajiste a Nishi con las horas contadas para su descanso. La campaña exige disciplina, y tú estás empezando a descuidar las formas básicas del hogar. ¿Qué clase de ejemplo pretendes dar o mejor dicho darle, si ni siquiera puedes cumplir con un horario familiar?

La paciencia, que ya venía agotada por el peso del día, se rompió en mil pedazos.

—No empieces, Mila —le contesté con la voz helada, avanzando un paso hacia ella mientras Nishi, asustada por el tono, se refugiaba tras la empleada doméstica—. Si me retrasé fue porque intenté darle a Nishi un respiro de este infierno de mansión y de tus exigencias absurdas. ¿O acaso te molesta que intente ser un hermano decente mientras tú te ocupas de mantener intacta tu fachada de viuda doliente con falta de ...?

—¡No te atrevas a hablarme así! —respondió ella, con los ojos destellando una furia gélida que recordaba demasiado a las paredes de esta casa—. ¡Estás tan obsesionado con tu imagen pública y con tus jueguitos de poder que vas a arruinarlo todo! ¡Tu padre no te enseñó a ser un malagradecido!

—Mi padre murió creyendo que esta familia valía la pena, antes de que tú te apresuraras a reemplazarlo —le solté con crueldad deliberada, directo a la yugular, recordando el día en que se casó de nuevo poco después del funeral de Kung.

El golpe dio en el blanco. Mila enmudeció, pálida de rabia, pero antes de que pudiera replicar, el timbre estridente de mi teléfono personal cortó el aire como el filo de un cuchillo. Saqué o aparato del bolsillo con brusquedad, mirando la pantalla cifrada. Era una línea directa con los mandos altos del sindicato, los socios que financiaban mi campaña a cambio de rutas seguras y favores en el puerto.

—Contesta —ordenó Mila con desdén, dándose la vuelta para alejarse por el pasillo.

Ignoré su comentario y llevé el teléfono a la oreja.

—Habla —dije, intentando mantener la compostura a pesar del temblor de ira en mis manos.

Del otro lado de la línea, la voz de uno de mis hombres de confianza sonó alterada, sin rastro de la habitual frialdad profesional.

—Jefe, tenemos un problema grave. Una emergencia crítica.

—Explícate ahora mismo —exigí, mirando el rostro asustado de Nishi, verla asi hacia que el estómago se me encogiera.

—El cargamento de la Perla Marina... el acuerdo multimillonario con los carteles del este que iba a financiar el tramo final de la campaña y asegurar los muelles... ha fracasado. La perla se perdió.

Un silencio sepulcral se instaló en la línea, solo roto por la respiración agitada del hombre. Sentí que el suelo bajo mis pies se desplomaba. La llamada "Perla Marina" no era solo una joya o una metáfora; era un cargamento de contrabando de diamantes y bonos al portador ocultos en un artefacto de alta gama que operaba como el centro de lavado de dinero más grande de la mafia de Chicago. Nunca habia visto esa cantidad de diamantes, pero dado que la mitad del país la buscaba suponia que lo eran o quizas joyas, daba igual si se había perdido, si las autoridades o una facción rival la habían interceptado, estábamos completamente expuestos.

— ¿Cómo se perdió? —mi voz salió en un susurro letal—. ¡Ese cargamento estaba blindado!

—Hubo una filtración, jefe. Alguien saboteó la ruta en el puerto sur. El mensajero está muerto y el contenedor desapareció en el mar. Los jefes están furiosos. Dicen que si en menos de cinco meses no recuperamos la perla o encontramos al responsable, las represalias van a ser implacables. Y ya sabes lo que eso significa...




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