Hasta que llegue el invierno

Adriana | 9

El departamento estaba sumido en un silencio denso cuando cerré la puerta tras de mí y eché los seguros. Dejé el abrigo sobre el respaldo de la silla y saqué del bolsillo los pequeños caracoles, piedras y conchas que Nishi me había regalado en la playa. Las coloqué con cuidado sobre la mesa de la cocina, baqueteadas por la luz amarillenta de la lámpara.

Las observadas durante un largo rato. Eran solo fragmentos de caliza y mar, trozos insignificantes para cualquiera, pero en mis manos pesaban como si estuvieran hechos de plomo. Abrí la llave del grifo y las lavé con delicadeza, quitándoles los restos de arena salada, secándolas después con una servilleta de papel con mucho cuidado. Cada concha guardaba el eco de una tarde que no me pertenecía, un momento de inocencia robada que yo estaba usando como llave maestra para infiltrarme en la vida de un hombre al que debía destruir.

—Un paso en falso y todo se viene abajo —murmuré para mí misma, guardando los caracoles en una pequeña caja de metal junto a mis ahorros y mis documentos falsos.

Pero no podía dejar los tesoros de la niña allí. Había algo en ese gesto, en la pureza con la que Nishi me los había entregado, que me obligaba a llevarlos a su verdadero destino: Sally.

Tomé mis cosas de nuevo, volví a sacar ese tesoro de la caja y salí corriendo hacia el hospital. Las calles de Chicago a estas horas olían a asfalto mojado y humo de escape, una atmósfera gélida que calaba hasta los huesos. Al llegar a la clínica, sorteé al personal de seguridad con la familiaridad de quien pasa allí más horas que en su propio hogar. Nadie me detuvo; ya conocían mi rostro cansado y la urgencia silenciosa que me acompañaba siempre.

Ingrese a la habitación de cuidados especiales. El pitido rítmico y monocorde de los monitores médicos llenó el espacio de inmediato, marcando el compás de una vida suspendida en el tiempo. Me acerqué a la cama con pasos lentos.

Sally yacía allí, inerte bajo las sábanas blancas y perfectamente estiradas. A sus veinticinco años —habían pasado tantos desde aquel maldito accidente—, su rostro seguía conservando la suavidad de la adolescencia. El coma prolongado y la falta de movimiento habían ralentizado el curso natural de su cuerpo; Parecía congelada en una eterna adolescencia, como si los años hubieran tenido miedo de tocarla por completo. Tenía el cabello ligeramente más largo, y su piel mantenía esa palidez de marfil propia de alguien que no conocía el sol desde hacía una década, pero los cambios eran sutiles, apenas perceptibles para cualquiera que no la mirara con el alma rota como yo.

Me senté en el sillón junto a su cabecera, tomé su mano fría y frágil entre las mías, y saqué de mi bolsillo los pequeños caracoles que Nishi me había dado.

—Hola, Aly —susurré, con la voz quebrada por un temblor que intentó reprimir en vano—. Mira lo que te traje hoy. Una niña me los regaló en la playa... Se llama Nishi. Es gracioso, ¿verdad? Estoy jugando a ser otra persona, fingiendo sonrisas con la gente equivocada, solo para poder pagar tu estancia aquí.

Coloqué los caracoles cuidadosamente sobre la mesita de noche, justo al lado de un jarrón vacío.

—Sé que te habrían gustado. Tienen tonos nacarados, casi como los que buscábamos antes...

Me detuve. Las palabras se me atragantaron en la garganta, bloqueadas por un nudo de lágrimas que llevaba diez años negándome a derramar por completo. Miré el pecho inmóvil de mi hermana, el ritmo artificial que marcaba la máquina, y la fría realidad me golpeó con la fuerza de una ola en alto mar. Sally no iba a despertar. O si lo hacía, el mundo que conocía ya no existiría para ella. Yo estaba vendiendo mi alma, convirtiéndome en un monstruo capaz de seducir y asesinar a sangre fría, ¿y para qué? ¿Para mantener un cuerpo respirando en una cama estéril?

El dique se rompió. Escondi el rostro entre las manos y dejé escapar un sollozo ahogado, un grito mudo que llevaba años acumulándose en el fondo de mis entrañas. Me doblé sobre la cama, aferrándome a las sábanas de Sally como si fuera lo único sólido en un universo que se desmoronaba. La fatiga mental, el peso de la mentira con Jin, el miedo constante a fracasar y verla desconectada, me aplastaron por completo.

Y en medio de ese llanto desgarrador, la mente me traicionó, arrastrándome hacia atrás en el tiempo, muy lejos de este hospital de paredes blancas.

Tenía diez años.

El sol de la tarde caía tibio sobre la arena, dorando la costa de un modo que ya parecía imposible en Chicago. Sally apenas tenía ocho. Llevaba un vestido veraniego descolorido y los pies cubiertos de una costra seca de arena y sal.

—¡Adri, mira esto! ¡Encontré el palacio de una sirena! —gritó mi hermana menor corriendo hacia mí con las manos ahuecadas, llena de entusiasmo.

Me acerqué riendo, agachándome a su lado mientras ella me mostraba una caparazón de caracol grande y brillante, perfectamente entero, que parecía un pequeño tesoro arrancado de un cuento de hadas. Nuestra madre, Eilyn, nos observaba desde una sombrilla a lo lejos, con esa expresión distante y fría que nunca lográbamos descifrar del todo, pero que en ese instante pareció dejar espacio para una tregua. Sally me tendió el caracol con una sonrisa luminosa, que me hacía olvidarme de que tan solo éramos nosotras tres

—Es hermoso, Aly —le había respondido yo en ese entonces, acariciándole el cabello revuelto por el viento—. Guardalo bien. Nadie nos lo va a quitar.




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