Hasta que llegue el invierno

Jin | 10

Los días posteriores a mi encuentro con Adriana en la playa habían sido un absoluto infierno de alta tensión política y presión asfixiante por parte del sindicato. La pérdida de la "Perla Marina" pendía sobre mi cabeza como una espada de Damocles, dándome un margen de meses muy ajustados para encontrar al responsable o enfrentar consecuencias fatales. Sin embargo, en medio del caos, la imagen de Adriana no se había apartado ni un solo segundo de mi mente. Su frialdad, el misterio que la rodeaba y esa esquiva sensación de que nuestros caminos ya se habían cruzado en otra vida me carcomían por dentro.

Decidí usar mis recursos. No fue difícil para un hombre con mis contactos rastrear los movimientos de una persona común en los registros de la ciudad. Descubrí su dirección: un modesto apartamento en una zona de antiguos edificios industriales en decadencia, muy lejos de los barrios residenciales que yo solía frecuentar.

Esa noche, tras una maratónica jornada de reuniones con socios corruptos y llamadas de campaña, decidí presentarme sin previo aviso.

Conducía mi vehículo de alta gama abriéndome paso entre la neblina densa de la ciudad. Cuando estacioné frente a su edificio, el aire olía a humedad y asfalto frío. Subí los crujientes escalones de madera hasta el segundo piso y me detuve frente a la puerta despintada con el número 4B.

Llamé dos veces con los nudillos.

Pasaron unos segundos interminables en los que el silencio del pasillo solo fue roto por el zumbido de una bombilla parpadeante. Estaba a punto de dar media vuelta, pensando que había sido una estupidez venir, cuando la cerradura giró con un clic seco.

La puerta se abrió. Adriana apareció al otro lado. Llevaba el cabello suelto, con esos característicos mechones blancos cruzando la negra de su melena, y una ropa cómoda pero desarrapada que no lograba restaurarle ni un ápice de esa elegancia felina y distante que la caracterizaba. Al verme, sus ojos verdes se abrieron de par en par por una fracción de segundo, la única señal física de que la había tomado completamente por sorpresa.

Por suerte para ella, o tal vez por su obsesiva disciplina de supervivencia, el apartamento ya estaba impecable. Había retirado cualquier rastro de expedientes comprometidos, cualquier cosa que tuviese antes de que yo llegara. En el interior no había nada de su pasado ni de sus verdaderas intenciones que yo pudiera descubrir sin preguntarle directamente; solo orden, paredes desnudas, algunas fotografias de la niña que iba con ella en el accidente y una atmósfera silenciosa.

—Jin... —murmuró, recuperando el control de inmediato, cruzándose de brazos en el umbral como una muralla infranqueable—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo diablos encontraste mi dirección?

—Digamos que tengo mis métodos, Adriana —respondí con una sonrisa lenta, apoyando una mano en el marco de la puerta y acortando la distancia entre ambos—. Además, te dije que quería que volviéramos a vernos. Y yo siempre cumplo lo que prometo.

Ella me evaluó con la mirada, sopesando el riesgo, antes de suspirar con fingido fastidio y hacerse a un lado para dejarme pasar.

—No tengo mucho que ofrecerte, si buscas lujo te equivocaste de dirección —dijo con voz cortante, entré mientras cerraba la puerta a nuestras espaldas.

El espacio era reducido, pero estaba limpio. El aire del departamento olía sutilmente a café ya un jabón neutro. Mientras ella caminaba hacia la pequeña cocina improvisada para apartarse de mí, mis ojos la siguieron, recorriendo cada movimiento de su cuerpo con una intensidad que rozaba la imprudencia. La cercanía en ese espacio tan pequeño intensificó una atracción que había iniciado con inocente curiosidad hace 10 años y que venía gestándose nuevamente desde la playa. Tenía pensamientos lujuriosos respecto a ella; la imaginaba rompiendo esa corazón de hielo,cediendo ante el deseo en una noche donde el mundo exterior se derrumbara. Había algo salvaje y peligroso en Adriana que encendía mis instintos más oscuros.un perfecto contraste con las mujeres plásticas y sumisas que se movían en mi entorno político.

—No vine por lujos, Adriana —dije,dando un par de pasos hacia ella hasta obligarla a detenerse junto a la mesa—.Vine por ti. salgamos a comer, mi auto está esperando abajo.

Ella giró el rostro para enfrentarme. Sus ojos brillaban con un desafío constante, una chispa de peligro que en lugar de ahuyentarme, Me atraía aún más hacia el abismo. La tensión entre nosotros era tan densa que casi se podía cortar con un cuchillo; cada respiración compartida en ese habitáculo estrecho parecía quemar el oxígeno.

Adriana tragó saliva,manteniendo su postura firme a pesar de que la cercanía evidente la ponía a la defensiva.

—Está bien —cedió por fin,con un tono seco pero resignado—. Déjame cambiarme

Sonreí de lado,sintiendo que al menos en este pequeño tablero, las fichas comenzaban a moverse a mi favor. Salimos del edificio rumbo a la fria noche de Chicago.

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