Cuando Adriana salió de su habitación vestida para la ocasión, el aire pareció evaporarse por completo del pequeño apartamento.
Llevaba puesto un vestido de encaje negro ajustado que se ceñía a su silueta con una perfección insultante, con una pronunciada abertura lateral en la pierna que dejaba al descubierto su piel pálida cada vez que daba un paso. Los mechones blancos que cruzaban su melena oscura contrastaban de forma magnética con la oscuridad de la tela. Para mis ojos, en ese preciso instante, se había convertido en la mujer más hermosa del planeta. Pero había algo más, una corriente subterránea que me anunciaba que estaba jugando con fuego; ella era, sin lugar a dudas, un peligro andante. Una criatura letal envuelta en alta costura.
Me quedé mirandola como un imbecil, hechizado de una manera que rayaba en la locura, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba con una intensidad que no experimentaba desde hace años.
— ¿Nos vamos? —preguntó ella, con una media sonrisa cargada de un desafío sutil que aceleró aún más mi sangre.
Apenas pude contestar y me apresuré a llevarla hasta el auto, conducí hasta uno de los restaurantes más exclusivos y discretos del centro de Chicago, un sitio frecuentado por la élite política y los peces gordos del hampa que sabían cómo mantener las apariencias. Las mesas estaban iluminadas por tenues luces ámbar, y el murmullo de las copas de cristal llenaba el ambiente.
Mientras caminábamos hacia nuestra mesa reservada en el rincón más privado, mis ojos no se apartaban de ella. Adriana se movía con una seguridad felina, ignorando las miradas furtivas que varios hombres le lanzaban al pasar. Nos sentamos, pedimos una botella del mejor vino tinto y la conversación comenzó a fluir entre pullas veladas y una tensión sexual tan densa que rozaba lo insoportable. Cada palabra que salía de sus labios parecía escondecer un acertijo, y yo me encontraba completamente cautivado, dispuesto a descifrarla sin importar el riesgo.
Sin embargo, la ilusión de una cena se rompió de la manera más abrupta posible.
Un movimiento inusual en la entrada del restaurante llamó mi atención. Via a un hombre de tez fuerte, con una mirada fría y calculadora, que caminaba con la familiaridad de alguien que pertenece a los bajos fondos. Lo reconocí de inmediato. Era Liam. Un sicario infame dentro del submundo criminal de Chicago, famoso en los informes de inteligencia por una inusual y brutal forma de matar a sus objetivos sin dejar rastro.
Fruncí el ceño con desconcierto, siguiendo su trayectoria con la mirada, dispuesto a alertar a mis guardaespaldas. Pero el terror helado me recorrió la espina dorsal cuando vi exactamente hacia dónde se dirigía. Liam se detuvo justo al lado de nuestra mesa, con total naturalidad, y miró directamente a la mujer que tenía enfrente.
—Adri. Veo que hoy cambiaste las calles por una buena copa de vino —dijo Liam con un tono casual, casi familiar, como si cenar con la élite fuera de su rutina diaria.
¿Adri?...
Mi mente dio un vuelo violento. Mis instintos de supervivencia y el mundo paranoico de la política chocaron de golpe. ¿Cómo diablos se conocieron? Liam era un asesino a sueldo, un peón letal de la mafia, y Adriana... Adriana estaba sentada frente a mí, compartiendo mesa, con una calma que ahora me parecía aterradora. Las piezas del rompecabezas comenzaron a tambalearse en mi cabeza. Ella no era una simple ciudadana atrapada en la mala suerte de las calles de Chicago. Había una conexión directa entre ella y el submundo que yo intentaba mantener a raya. La desconfianza me toca como un puñetazo en el estómago. ¿Era una coincidencia? ¿O acaso ella sabía exactamente quién era yo desde el primer momento?
Antes de que pudiera abrir la boca para exigir una explicación, antes de que pudiera interrogar a Liam o atrapar a Adriana, el caos se estalló en el restaurante.
Un estruendo ensordecedor sacudió las paredes del local. Los cristales de las ventanas se estallaron en mil pedazos hacia el interior, pulverizados por una ráfaga de disparos certeros y automáticos provenientes de la calle. Los gritos de los comensales ahogaron cualquier intento de lógica. Las mesas de madera cayeron al suelo con platos y copas hechos añicos.
—¡Al suelo! —grité por instinto, abalanzándome sobre Adriana para protegerla con mi propio cuerpo mientras las balas atravesaban las paredes de mampostería.
En la mesa contigua, un hombre adinerado cayó abatido en medio de un charco de sangre, una muerte instantánea y brutal en medio del fuego cruzado. Las alarmas del local comenzaron a sonar con estridencia, y los altavoces de seguridad emitieron una orden automática de emergencia: "¡Código rojo, evacuen el edificio de inmediato!"
El restaurante se convirtió en un matadero en cuestión de segundos. Mientras el humo y el olor a pólvora lo inundaban todo, miré a Adriana bajo la luz parpadeante de emergencia. Sus ojos verdes no mostraban miedo; brillaban con la fría y calculadora certeza de alguien que conocía demasiado bien el sabor de la muerte. La noche había terminado, y las cartas estaban sobre la mesa.