Hasta que llegue el invierno

Adriana | 12

El sonido ensordecedor de los disparos y los gritos de pánico se fundieron en un zumbido agudo en mis oídos mientras el caos se adueñaba del restaurante. El cuerpo de Jin me había cubierto con una urgencia protectora, su peso firme presionándome contra el suelo cubierto de cristales rotos. Pero mi mente, fría y calculadora, ya estaba procesando otra clase de peligro.

La estúpida intervención de Liam había echado a perder meses de planificación meticulosa.

Mientras el personal de seguridad y los guardaespaldas de Jin abrían fuego de cobertura para despejar la salida, nos obligaron a evacuar junto con la marea de clientes aterrorizados. Nos empujaron hacia la calle oscura, donde las luces azules de las patrullas policiales y las ambulancias ya comenzaban a parpadear en la neblina. Jin me agarró del brazo con una fuerza que no admitía réplica, abriendo paso entre el tumulto hasta meterme de golpe en la parte trasera de su camioneta blindada.

El trayecto de regreso a mi apartamento fue una pesadilla de silencio sepulcral.

Jin se mantuvo sentado a mi lado en el asiento trasero, con la mandíbula tensa y la mirada fija a la ventana, absorto en sus propios pensamientos. No pronunció una sola palabra en todo el camino. Su silencio no era pasivo; era un muro de hielo y desconfianza absoluta. Sabía perfectamente lo que estaba pasando por su cabeza. Había conectado los puntos: Liam, mi nombre en su boca, la naturalidad con la que nos habíamos cruzado en un lugar exclusivo. La sospecha de que yo era parte del mismo submundo que él intentaba mantener a raya lo carcomía, pero el hecho de que me hubiera protegido en medio del tiroteo lo tenía completamente desconcertado.

Cuando la camioneta se detuvo frente a mi edificio, bajé sin esperar a que su chofer abriera la puerta. Jin descendió detrás de mí, acompañándome hasta la entrada con pasos rígidos.

Me giré para enfrentarlo en el umbral de la puerta, sintiendo cómo una ira sorda comenzaba a burbujear en mi pecho. Estaba furiosa. Y en mi lado más egoísta y retorcido, la molestia no venía solo del hecho de que mi coartada tambaleara, sino de una frustración estúpida: ¡él se estaba tomando todas esas atribuciones de protector, de hombre interesado, cuando mi único objetivo real era matarlo de una vez por todas y asegurar el dinero para mi familia! Me molestaba que me tratara con esa distancia helada, que ni siquiera me dejara explicarme, que me cerrara la puerta a sus pensamientos justo cuando la partida se ponía más peligrosa.

—¿No vas a decir nada? —le espeté con la voz cortante, cruzándome de brazos mientras lo miraba bajo la luz parpadeante del pasillo—. ¿O te vas a quedar ahí analizando cada segundo como si fuera una amenaza?

Jin me miró fijamente, con los ojos azules oscurecidos por la sombra de la duda y la traición.

—Tú sabías quién era ese hombre, Adriana —dijo su voz, baja, peligrosa y cargada de un veneno frío—. Y tú sabes exactamente a qué mundo pertenezco. Así que ahórrate las explicaciones. Por hoy terminamos.

Dicho eso, dio media vuelta sin despedirse, subió a su vehículo y se marchó perdido en la noche de Chicago.

Me quedé allí parada, con los puños apretados hasta hacer sangre en las palmas. Sabía que había guardado todo lo que podía delatarme en mi hogar; mi apartamento estaba limpio de armas y expedientes antes de que él pisara el lugar por primera vez. Todo estaba milimétricamente planeado para ganar su confianza... todo, excepto la impertinencia de Liam y el maldito tiroteo en el restaurante.

Al día siguiente, con los nervios a flor de piel y el tiempo jugando en mi contra, me dirigí al punto de encuentro habitual con Liam en los muelles abandonados del sur.

Apenas lo vi recargado contra una columna de concreto, la rabia acumulada estalló. Me acerqué a zancadas y lo empujé con fuerza contra el muro.

—¡¿Se puede saber qué demonios crees que estás haciendo?! —le grité a la cara, con la voz temblando de furia pura—. ¡Casi arruinas meses de trabajo con tu maldita manía de hombre educado y me llamaste por un diminutivo nombre enfrente de mi objetivo!

Liam bufó, apartándome con brusquedad y cruzándose de brazos con una calma exasperante que terminó de encender mi mecha.

—Bájale dos cambios, Adriana —respondió él con secuencia—. La única que está arruinando las cosas eres tú. Llevas meses jugando a la cenicienta con el político. Te estás tomando demasiado tiempo en matarlo, y Jin ya demostró un interés real en ti. Empiezo a creer que te estás encariñando... que en el fondo no quieres hacerlo.

Las palabras de Liam cayeron como ácido sobre una herida abierta. Sentí que el aire me quemaba la garganta.

—¡¿Qué diablos dices?! —chillé, perdiendo por completo el control, sintiendo las lágrimas de impotencia picando en mis ojos—. ¡La cabeza de Jin es lo único, la maldita única cosa que va a sacar a mi hermana adelante! ¡Tú no tienes ni idea de lo que se siente hacer este trabajo, de la mierda que tengo que tragar cada día para comprarle un día más de vida a Sally!

Liam presionó la mandíbula, y un destello de dolor cruzó sus ojos oscuros antes de soportarcerse de nuevo.

—No me vengas con dramas, Adriana. Yo también tuve un hermano pequeño que sacar adelante y proteger en este infierno. Sé perfectamente lo que pesa la culpa.

—¡¿Ah, sí?! —le solté con una crueldad deliberada, directa a destrozarlo—. ¡Pero él está muerto, Liam! ¡Tu hermano está enterrado! ¡Yo todavía tengo a Sally respirando artificialmente en una cama de hospital, y voy a hacer lo que sea necesario para mantenerla viva, aunque tenga que quemar este maldito mundo o al maldito de Jin Kang!




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