Hasta que llegue el invierno

Jin | 13

El motor de la camioneta blindada ronroneaba suavemente mientras me adentraba en los terrenos de la mansión familiar, pero el verdadero estruendo ocurría dentro de mi cabeza. La noche había sido un caos absoluto: el tiroteo en el restaurante, la aparición estelar de Liam, y esa mirada desafiante y gélida de Adriana cuando la dejé en la puerta de su modesto apartamento.

Me bajé del vehículo con pasos pesados, abrí la puerta principal y caminé directamente hacia mi despacho, encendiendo apenas una lámpara de escritorio. La oscuridad de la habitación reflejaba el torbellino de sospechas que me carcomía por dentro. ¿Quién era Adriana en realidad? La pregunta latía en mis sienes con la fuerza de un martillo.

Recordé el instante en que la había ido a buscar a su casa hace unos momentos. Durante su breve ausencia, cuando fue a cambiarse ropa mientras yo esperaba impaciente en la sala, mi instinto de supervivencia política y mi curiosidad morbosa me habían vencido. Había deslizado los dedos por el cajón de una pequeña mesa auxiliar junto a la entrada. No encontré ropa interior ni baratijas; Encontré algo infinitamente más peligroso: un expediente impreso con sellos borrosos, informes médicos antiguos de una clínica privada y, lo más impactante, impresiones y recortes de mis propias apariciones públicas, análisis de mi campaña, horarios y rutas detalladas.

Ella me estaba investigando. O mejor dicho, me estaba cazando.

Recordé otro detalle que había pasado por alto en ese breve vistazo, algo que había estado frente a mis ojos en su apartamento y que mi cerebro tardó en procesar. Entre el orden austero de sus paredes, había visto fotografías enmarcadas de una niña. Al principio no le presté atención, pero al cruzar los datos de su pasado, la imagen cobró un sentido aterrador.

Aquella noche, hacía diez años, cuando el auto volcó en el barranco y me lancé al mar, yo había rescatado a dos personas con vida: Adriana y una niña pequeña. El cuerpo de la mujer mayor ya no tenía pulso cuando lo saqué a la orilla. Yo me encargué de borrar los rastros, de pagar para que la información se manipulara y quedara como un rescate anónimo de rutina, protegiendo mi nombre y mi incipiente carrera. Pero que vínculo tenían con Adriana. La niña... ¿sería la hermana? las fotografías en el apartamento de Adriana mostraban a esa misma niña, ¿porque no había fotos actuales? ¿habría muerto tiempo después?

Adriana ocultaba muchos secretos y no estaba seguro si me gustarían

¿Qué quería de mí? ¿Y qué diablos quería yo de ella?

Sabía perfectamente que acercarme a ella era jugar con fuego. Sabía que cada segundo a su lado representaba un riesgo incluso letal, Un juego mortal donde el menor error significaba la tumba. Y, sin embargo, en lugar de alertar a mis guardaespaldas, de ordenar que la encerraran o la eliminaran en silencio, una sonrisa de malicia pura curvó lentamente mis labios

Si Adriana era mi acosadora más fiel, la depredadora silenciosa que venía por mí, entonces yo me convertiría en algo mucho peor: su sombra, su desafío, el hombre que la obligaría a jugar sus cartas al límite hasta ver quién caía primero.

—Juguemos entonces, Adriana —murmuré para mí mismo en la oscuridad, sintiendo cómo la adrenalina se mezclaba con una extraña y perversa fascinación.

Al día siguiente, antes de que el sol terminara de disipar la neblina matutina sobre el puerto de Chicago, recibí una llamada urgente que alteró todas mis prioridades. Las noticias sobre la "Perla Marina" —el cargamento clave de lavado de dinero y bonos del sindicato que debía financiar el tramo final de mi campaña y asegurar el control de los muelles— acababan de llegar. La perla se había perdido, pero el informe oficial del puerto indicaba algo aún más desconcertante: la caja de seguridad había caído al mar completamente vacía. El valioso anillo incrustado con el dispositivo de cifrado había sido robado a bordo antes de que el contenedor ni siquiera tocara el agua. Alguien nos había traicionado desde adentro.

La presión de los jefes del sindicato era asfixiante, dándome apenas los meses que descansaban hasta agosto para recuperarlo o enfrentar una masacre. Sin pensarlo dos veces, marqué el número de la persona a la que menos quería recurrir, pero la única en quien confiaba para asuntos tan sucios: mi hermano Liu.

A pesar de nuestra eterna distancia, de su desprecio absoluto por mi vida política y de mi obsesión por el poder, Liu seguía siendo sangre de mi sangre y se movía en las alcantarillas de la mafia con una soltura que yo envidiaba.

—¿Qué quieres, Jin? Estoy ocupado —respondió la voz áspera de Liu al otro lado de la línea, con ese tono distante y cortante de siempre.

—Necesito que nos encontremos, Liu. Tenemos un problema grave. La Perla Marina ha desaparecido y el cargamento fue robado a bordo antes del hundimiento —fui directo al grano, sin rodeos.

Hubo un silencio prolongado al otro lado, roto solo por el sonido de motores lejanos.

—¿Estás diciendo que hay un topo en el sindicato? —preguntó Liu, con un matiz de interés genuino asomando en su tono.

—Estoy diciendo que si no encontramos ese anillo antes de las elecciones de agosto, los jefes nos van a despellejar vivos a ambos, a mí políticamente y a ti en las calles. Necesito que uses tus contactos en el bajo fondo para rastrearlo.

Liu soltó una carcajada seca, cargada de cinismo.




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