Hasta que llegue tu Carta

Capítulo 3

Una carta puede cambiar un día

El despertador sonó a las seis de la mañana.

Marla estiró el brazo para apagarlo y permaneció unos segundos mirando el techo de su habitación. Había dormido bien, pero algo ocupaba sus pensamientos desde la noche anterior.

La carta.

Se incorporó con una sonrisa involuntaria. Hacía mucho tiempo que no despertaba con la ilusión de revisar su teléfono. Ni siquiera abrió sus redes sociales. Lo primero que hizo fue entrar nuevamente en la aplicación de cartas.

La respuesta seguía allí.

La leyó por cuarta vez.

Después por quinta.

Era curioso cómo unas palabras escritas por un desconocido podían transmitir tanta calma.

—¿Quién eres realmente? —susurró mientras acariciaba la pantalla.

No esperaba una respuesta inmediata. De hecho, pensaba tomarse varios días antes de contestar. Quería responder con sinceridad, sin escribir por impulso.

Guardó el teléfono y comenzó su rutina.

Mientras preparaba el desayuno, recordó una de las preguntas que él le había hecho.

"Si pudieras viajar a cualquier lugar del mundo mañana mismo... ¿a dónde irías?"

Siempre había tenido una respuesta.

Canadá.

No porque conociera mucho sobre ese país, sino porque desde pequeña imaginaba sus montañas cubiertas de nieve, sus bosques interminables y las auroras boreales que parecían pintadas a mano.

Le parecía curioso que la persona que había respondido su carta viviera precisamente allí.

Sacudió la cabeza.

—Qué casualidad...

Terminó de desayunar y salió rumbo a la universidad. Durante el trayecto observó a las personas caminar con prisa, algunas sonriendo, otras completamente concentradas en sus propios problemas.

Pensó que todos guardaban historias que nadie conocía.

Quizá por eso le gustaban las cartas.

No había filtros.

No existían fotografías perfectas ni mensajes escritos para conseguir aprobación.

Solo personas mostrando una parte de su corazón.

---

A miles de kilómetros de distancia, Noah sostenía una taza de café frente a la ventana de su apartamento.

La ciudad despertaba lentamente bajo un cielo gris.

Había dormido mejor que de costumbre.

Algo extraño para alguien que llevaba años luchando contra el insomnio.

Su hermana menor, Emma, llegó a la cocina con el cabello aún desordenado.

—Buenos días.

—Buenos días.

Ella lo observó durante unos segundos.

—Estás sonriendo.

Noah arqueó una ceja.

—¿Yo?

—Sí. Y eso no pasa muy seguido.

Él desvió la mirada hacia la ventana.

—Solo dormí bien.

Emma soltó una pequeña risa.

—No me convences. ¿Conociste a alguien?

—No.

—Entonces ocurrió algo.

Noah permaneció en silencio.

No podía decirle que una desconocida había logrado despertar una curiosidad que creía perdida.

Ni él mismo entendía por qué.

Después de que Emma saliera del apartamento, volvió a abrir la aplicación.

No había una nueva carta.

Aun así, sonrió.

No sentía ansiedad.

Solo una extraña tranquilidad.

Como si supiera que tarde o temprano volverían a escribirse.

Sin darse cuenta, ambos comenzaron a esperar el momento en que una nueva notificación iluminara sus pantallas.

Y, aunque todavía no conocían sus nombres, una amistad empezaba a nacer entre líneas, tinta y kilómetros de distancia.




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