Palabras que esperan
El sonido de la lluvia acompañaba la tarde en Santo Domingo.
Marla estaba sentada junto a la ventana de una pequeña cafetería cercana a la universidad. Sobre la mesa descansaban un cuaderno, una taza de chocolate caliente y su teléfono, cuya pantalla seguía apagada.
Habían pasado tres días desde la última carta.
Tres días que, para cualquiera, habrían parecido insignificantes.
Para ella, habían sido una eternidad.
No porque esperara una respuesta inmediata, sino porque se había acostumbrado a la idea de que, en algún lugar del mundo, alguien leía sus palabras con la misma atención con la que ella leía las suyas.
Abrió su cuaderno y escribió una frase:
"Las personas aparecen por casualidad, pero permanecen por decisión."
Sonrió al verla escrita.
No sabía por qué, pero sentía que aquella frase describía perfectamente lo que estaba ocurriendo entre ella y aquel desconocido.
Guardó el bolígrafo y salió de la cafetería.
Mientras caminaba por la acera, observó a una pareja de ancianos tomados de la mano. Caminaban despacio, riendo por alguna anécdota que solo ellos conocían.
Marla los siguió con la mirada hasta que desaparecieron entre la gente.
—Ojalá algún día alguien me mire así... —pensó.
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En Toronto, Noah terminaba una reunión con varios clientes. Apenas cerró la puerta de la sala de conferencias, respiró profundamente.
Había sido una semana agotadora.
Su jefe se acercó con una carpeta bajo el brazo.
—Buen trabajo, Noah. El proyecto fue aprobado.
—Gracias.
—Te mereces unas vacaciones.
Noah soltó una risa breve.
—Hace años que no sé qué hacer con unas vacaciones.
—Entonces ya es hora de aprender.
Aquellas palabras quedaron dando vueltas en su cabeza.
Tal vez tenía razón.
Había dedicado tanto tiempo al trabajo que olvidó cómo disfrutar de las cosas sencillas.
Esa noche, al llegar a su apartamento, preparó café y se sentó frente a la ventana.
La ciudad estaba iluminada por miles de luces.
Tomó el teléfono.
La aplicación seguía sin nuevas notificaciones.
Aun así, abrió la conversación.
Volvió a leer la primera carta.
Después la segunda.
Era extraño.
Cada vez encontraba un detalle que había pasado por alto.
Aquella desconocida no escribía para impresionar.
Escribía con el corazón.
Y eso era precisamente lo que hacía que quisiera seguir conociéndola.
No conocía su nombre.
No sabía cómo era su voz.
Ni siquiera imaginaba el color de sus ojos.
Pero comenzaba a sentir que existía una conexión difícil de explicar.
Con una sonrisa discreta, abrió una hoja en blanco.
Era momento de escribir una nueva carta.
Y, sin saberlo, aquella carta incluiría una pregunta que cambiaría el rumbo de su amistad.