Los sueños que nunca desaparecen
La tarde caía lentamente sobre Toronto.
Noah regresó a su apartamento con la carta de aquella desconocida ocupando todos sus pensamientos. Dejó las llaves sobre la mesa, preparó una taza de café y se acomodó junto a la ventana, desde donde podía ver cómo la nieve comenzaba a cubrir las calles.
Volvió a leer la pregunta.
"Cuando eras niño... ¿qué soñabas con ser?"
Sonrió con nostalgia.
Hacía años que nadie le hacía una pregunta tan sencilla y, al mismo tiempo, tan difícil de responder.
Abrió la aplicación y comenzó a escribir.
«Hola, desconocida.»
Hoy me hiciste viajar muchos años al pasado.
Cuando era niño no soñaba con ser arquitecto.
Quería ser explorador.
Pensaba que recorrería el mundo descubriendo montañas, bosques y ciudades de las que nadie había oído hablar. Llenaba cuadernos con mapas inventados y marcaba con una estrella cada lugar que deseaba visitar algún día.
Con el tiempo entendí que la vida cambia los planes.
No me arrepiento de haber elegido mi profesión. Me gusta construir espacios donde otras personas crearán recuerdos importantes.
Pero, si soy sincero, una parte de aquel niño sigue viviendo dentro de mí.
Quizá por eso me gustó leer que deseas viajar por el mundo.
No conozco tu país, pero la forma en que describes el mar y el calor hace que parezca un lugar hermoso.
Tal vez algún día tenga la oportunidad de visitarlo.
También quiero agradecerte algo.
Hace mucho tiempo que no esperaba con ilusión una carta.
Ahora descubro que, sin darme cuenta, reviso la aplicación cada mañana.
Supongo que eso significa que nuestras conversaciones empiezan a formar parte de mi rutina.
Y, curiosamente, no me molesta en absoluto.
Antes de despedirme, quiero hacerte otra pregunta.
¿Cuál ha sido el momento más feliz de tu vida?
No tiene que ser algo extraordinario.
A veces los mejores recuerdos nacen de los días más simples.
Hasta pronto...
Tu desconocido.
Noah leyó la carta una última vez y presionó «Enviar».
Por primera vez en mucho tiempo sintió que había sido completamente sincero con alguien.
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En República Dominicana, Marla terminaba de ordenar unos libros cuando su teléfono vibró.
No necesitó mirar la pantalla para imaginar de quién se trataba.
Aun así, respiró profundamente antes de abrir la notificación.
Sonrió.
Había una nueva carta.
La leyó despacio, disfrutando cada frase.
Cuando llegó a la parte donde él confesaba que revisaba la aplicación todas las mañanas, sintió un calor inesperado en el pecho.
Ella hacía exactamente lo mismo.
Sin darse cuenta, ambos estaban esperando el mismo sonido.
La misma notificación.
La misma persona.
Aunque todavía eran dos completos desconocidos, las cartas comenzaban a ocupar un lugar importante en sus días.
Y ninguno de los dos imaginaba que aquella amistad estaba creciendo mucho más rápido de lo que sus propios corazones estaban dispuestos a aceptar.
Continuará...