Capítulo 16
La brújula
El aeropuerto de Toronto estaba más concurrido de lo habitual.
Personas abrazándose antes de despedirse, niños corriendo entre las maletas y el sonido constante de los altavoces anunciando vuelos con destino a distintos países.
Noah observó el movimiento desde una de las salas de espera mientras sostenía una pequeña brújula de metal.
La abrió con cuidado.
La aguja giró unos segundos hasta señalar el norte.
Sonrió.
—Parece que otra vez viajaremos juntos... —murmuró.
Era el último objeto que guardaría en su equipaje de mano.
Antes de abordar, abrió la aplicación de cartas.
Todavía tenía tiempo para escribir.
«Hola, desconocida.»
Me preguntaste si existe un objeto que siempre lleve conmigo.
La respuesta es sí.
Es una brújula muy antigua.
No tiene un gran valor económico.
Ni siquiera funciona con total precisión.
Pero fue un regalo de mi madre cuando era niño.
Ella decía que una brújula no solo sirve para encontrar el norte.
También sirve para recordar que, aunque uno se pierda, siempre existe un camino de regreso.
Durante muchos años pensé que solo era una frase bonita.
Hoy creo que tenía razón.
Cada vez que viajo la llevo conmigo.
Me recuerda de dónde vengo y a quién extraño.
Supongo que todos necesitamos algo que nos haga sentir cerca de casa.
¿Y tú?
¿Conservas algún objeto que tenga una historia especial?
Quizá una fotografía.
Un libro.
O algo completamente distinto.
Hasta pronto.
Tu desconocido.
Noah leyó la carta una última vez.
No mencionó el viaje.
No dijo que estaba a punto de subir a un avión.
No habló de República Dominicana.
Quería esperar.
No sabía por qué, pero sentía que aún no era el momento.
Pulsó «Enviar».
Minutos después escuchó el anuncio de su vuelo.
Tomó su mochila, respiró profundamente y caminó hacia la puerta de embarque.
Sin saberlo, cada paso lo acercaba a la persona que llevaba meses esperando una de sus cartas.
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En Santo Domingo, Marla pasó la tarde organizando un pequeño rincón de lectura en su habitación.
Colocó una manta sobre la silla, encendió una lámpara de luz cálida y acomodó una planta junto a la ventana.
Le gustaba que aquel lugar transmitiera tranquilidad.
Mientras ordenaba un cajón, encontró una pequeña concha de mar.
La tomó entre sus dedos.
Recordó el día en que la recogió durante un paseo por la playa cuando tenía apenas diez años.
Desde entonces la había conservado.
No era una concha especialmente bonita.
Pero cada vez que la veía recordaba el sonido de las olas y la paz que sintió aquella tarde.
En ese momento su teléfono vibró.
Sonrió.
Sabía exactamente quién era.
Leyó la carta lentamente.
Cuando terminó, observó la concha que sostenía en la mano.
—Creo que ya sé qué voy a responderte... —susurró.
Abrió una hoja en blanco y comenzó a escribir.
Pero antes de terminar la primera línea, recibió una llamada de Lucas.
—¿Marla? ¿Estás ocupada?
—No, dime.
—¿Recuerdas que mañana llega el grupo de arquitectos extranjeros para el proyecto del nuevo complejo turístico? La universidad pidió voluntarios para recibirlos. Pensé que quizá te interesaría.
Marla sonrió.
—Claro. Suena interesante.
—Perfecto. Nos vemos mañana temprano.
Colgó la llamada y volvió a mirar la carta de Noah.
No podía imaginar que, mientras ella aceptaba ser voluntaria para recibir a unos visitantes extranjeros...
El avión de Noah acababa de despegar con destino a la misma isla.
El destino ya no solo estaba escribiendo cartas.
También comenzaba a escribir encuentros.