Capítulo 37
Un día para recordar
Marla decidió cumplir el trato.
No contarían los días.
Contarían los recuerdos.
Por eso, el sábado por la mañana, cuando Noah le escribió preguntándole qué quería hacer, respondió sin pensarlo demasiado.
"Quiero conocer un lugar al que nunca hayas ido."
Su respuesta llegó segundos después.
"Entonces estamos en problemas. Pensé que tú elegirías."
Marla sonrió.
"Por una vez, sorpréndeme."
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Noah llegó a buscarla cerca del mediodía.
Cuando Marla salió, él la observó durante unos segundos.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando raro.
—Solo estaba pensando que hoy te ves muy bonita.
Ella bajó la mirada.
—Gracias.
—¿Lista?
—Lista.
Noah no quiso decirle adónde iban.
Solo le pidió que confiara en él.
Después de un trayecto en automóvil, llegaron a un pequeño pueblo costero.
No era un lugar turístico famoso.
No había hoteles lujosos ni grandes restaurantes.
Solo calles tranquilas, casas coloridas y una playa casi vacía.
Marla miró alrededor sorprendida.
—¿Cómo encontraste este lugar?
—Preguntando.
—¿A quién?
—A personas que conocen mejor el país que yo.
Ella sonrió.
—Entonces funcionó.
Caminaron descalzos por la arena.
El sol estaba fuerte, pero una brisa fresca hacía que el calor fuera agradable.
Hablaron durante horas.
No sobre el futuro.
No sobre los seis meses.
Simplemente sobre ellos.
Marla le contó historias de su infancia.
Noah habló de su familia.
Ella descubrió que tenía una relación muy cercana con su hermana.
Él descubrió que Marla podía reírse de cosas completamente absurdas.
—Nunca pensé que fueras así —dijo Noah.
—¿Así cómo?
—Tan divertida.
—¿Qué esperabas?
—No lo sé.
Quizá alguien más seria.
—Las cartas engañan.
—No.
Noah la miró.
—Las cartas solo muestran una parte.
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Al caer la tarde, se sentaron sobre una manta mirando el horizonte.
Marla sacó su teléfono.
—Quiero guardar este momento.
—¿Una fotografía?
—Sí.
Se acercaron.
Marla levantó el teléfono.
La primera fotografía salió borrosa porque ambos comenzaron a reír.
Intentaron nuevamente.
Esta vez salió perfecta.
Noah la miró.
—Esta me gusta.
—A mí también.
Marla guardó la imagen.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Creo que este será uno de esos recuerdos que voy a contar dentro de muchos años.
Noah la miró en silencio.
—Yo también.
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Cuando regresaron a la ciudad, ya era de noche.
Antes de despedirse, Noah sacó la vieja brújula que llevaba consigo.
La sostuvo entre los dedos.
—Te conté de ella, ¿recuerdas?
Marla asintió.
—La de tu madre.
—Sí.
Se la entregó.
Marla la observó con cuidado.
—¿Por qué me la das?
—No te la estoy regalando.
Solo quiero que la tengas unos días.
—¿Y si la pierdo?
—Confío en ti.
Marla cerró los dedos alrededor de la brújula.
—Entonces la cuidaré.
Noah sonrió.
—Sé que lo harás.
Esa noche, cuando Marla entró a su habitación, colocó la brújula sobre su escritorio.
La observó durante varios segundos.
No sabía que aquel pequeño objeto terminaría convirtiéndose en un símbolo de su historia.
Porque algunas cosas no se entregan para ser poseídas.
Se entregan para recordar a alguien cuando está lejos.