El beso que cambió las reglas
La música continuaba sonando, pero para Marla todo parecía haberse vuelto más lento.
Seguía bailando con Noah.
Su mano descansaba sobre la cintura de ella.
La de Marla permanecía sobre su hombro.
Estaban demasiado cerca.
Mucho más de lo necesario.
Noah bajó la mirada hacia sus labios durante apenas un segundo.
Pero Marla lo notó.
Y ese pequeño gesto hizo que su respiración cambiara.
—¿Qué? —preguntó ella en voz baja.
—Nada.
—Estás mirándome.
—Lo sé.
Marla sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—Noah...
Él se acercó un poco más.
—Dime que me aleje y lo haré.
Marla lo miró directamente a los ojos.
Podía hacerlo.
Solo tenía que decirlo.
Pero no quería.
—No quiero que te alejes.
La expresión de Noah cambió.
Durante unos segundos ninguno habló.
La música continuaba alrededor de ellos, pero parecía venir desde muy lejos.
Noah levantó lentamente una mano y apartó un mechón de cabello del rostro de Marla.
—Llevo mucho tiempo queriendo hacer esto.
—¿Entonces por qué no lo haces?
Él sonrió apenas.
—Porque contigo no quiero equivocarme.
Marla sintió un escalofrío.
—Entonces no pienses tanto.
Fue suficiente.
Noah se inclinó lentamente.
Sus labios rozaron los de ella apenas un instante.
Un beso suave.
Casi una pregunta.
Marla cerró los ojos.
Y respondió.
Esta vez el beso duró un poco más.
No hubo prisa.
No hubo palabras.
Solo la sensación de finalmente descubrir algo que ambos habían estado evitando desde hacía semanas.
Cuando se separaron, permanecieron muy cerca.
Marla abrió los ojos.
Noah la observaba con una sonrisa que ella nunca había visto antes.
—Creo que acabamos de complicar las cosas —susurró ella.
—Probablemente.
—¿Te arrepientes?
—Ni un poco.
Marla sonrió.
—Yo tampoco.
Noah volvió a acercarse, pero esta vez ella puso suavemente un dedo sobre sus labios.
—Espera.
—¿Qué pasa?
—Quiero recordar este momento.
Él sonrió.
—Entonces recuérdalo.
Ella lo miró durante unos segundos.
—No creo que pueda olvidarlo.
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Después de la gala, Noah acompañó a Marla hasta el automóvil.
Antes de despedirse, ninguno parecía dispuesto a marcharse.
—Buenas noches —dijo ella.
—Buenas noches.
Marla dio unos pasos.
Entonces se volvió.
—Noah.
—¿Sí?
—Ese beso...
Él esperó.
—Fue mejor de lo que imaginaba.
Noah sonrió.
—El mío también.
Marla entró al automóvil intentando esconder la sonrisa.
Pero cuando el vehículo comenzó a alejarse, se llevó los dedos a los labios.
Todavía podía sentirlo.
Y Noah, parado bajo las luces del hotel, hizo exactamente lo mismo.
Ninguno de los dos sabía qué ocurriría después.
Pero una cosa había cambiado para siempre.
Ya no podían llamarse simplemente amigos.
Porque aquella noche, entre música, luces y miradas imposibles de esconder...
habían cruzado una línea que ninguno quería volver a borrar.