Después del beso
Marla no dejó de sonreír durante todo el camino a casa.
Intentó distraerse mirando por la ventana.
No funcionó.
Intentó revisar sus mensajes.
Tampoco.
Cada pocos segundos volvía a recordar el momento en que Noah se había acercado.
Su voz.
Su mirada.
Sus labios.
Y ese instante en que finalmente dejaron de fingir que entre ellos no estaba ocurriendo algo.
Al llegar a casa, dejó el bolso sobre la cama y se miró al espejo.
—¿Qué me está pasando?
Se tocó los labios y soltó una pequeña risa.
No tenía respuesta.
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El teléfono vibró.
Noah:
¿Llegaste bien?
Marla sonrió.
Marla:
Sí. ¿Tú?
La respuesta llegó inmediatamente.
Sí.
Unos segundos después apareció otro mensaje.
No puedo dormir.
Marla mordió suavemente su labio.
¿Por qué?
La respuesta tardó un poco más.
Porque sigo pensando en ti.
Marla sintió que el corazón le daba un vuelco.
Escribió:
Yo también estoy pensando en ti.
Los tres puntos aparecieron en la pantalla.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Finalmente llegó el mensaje:
Entonces no fui el único.
Marla sonrió.
No.
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Al día siguiente, ambos intentaron comportarse con normalidad.
No lo consiguieron.
Cuando se encontraron en la universidad, Noah la miró.
Marla lo miró.
Y ambos sonrieron.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días.
—¿Dormiste?
—Poco.
—Yo también.
Marla levantó una ceja.
—¿Por qué?
Noah se acercó ligeramente.
—Creo que sabes por qué.
Ella sintió que sus mejillas se calentaban.
—Noah...
—¿Sí?
—Estamos en la universidad.
Él sonrió.
—Lo sé.
—Entonces compórtate.
—Estoy comportándome.
—No parece.
Noah soltó una risa.
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Durante el resto del día, intercambiaron pequeñas miradas.
Una sonrisa al cruzarse por un pasillo.
Un mensaje durante el descanso.
Una mano rozándose accidentalmente al entregar unos documentos.
Pequeños gestos.
Pero cada uno parecía tener un significado nuevo.
Al final de la tarde, Noah la acompañó hasta la salida.
—¿Puedo verte esta noche?
Marla lo miró.
—¿No tienes trabajo?
—Sí.
—Entonces...
—Puedo terminarlo antes.
Ella sonrió.
—Está bien.
—¿Eso es un sí?
—Es un sí.
Noah sonrió satisfecho.
Antes de marcharse, se inclinó hacia ella y susurró:
—Esta vez no voy a esperar hasta una gala para besarte.
Marla abrió los ojos.
—¡Noah!
Él comenzó a caminar riéndose.
—¡Nos vemos esta noche!
Marla se quedó mirándolo.
Negó con la cabeza.
Pero estaba sonriendo.
Y, aunque todavía no lo sabía, aquella noche sería diferente.
Porque el primer beso había sido inesperado.
El segundo...
sería completamente intencional.