Alguien está mirando
Marla no sabía que aquella noche alguien había tomado fotografías de ella y Noah.
Para ella, el día había terminado de una manera perfecta.
Había regresado a casa con la fotografía de la playa guardada cuidadosamente dentro de su libro.
Antes de dormir, recibió un mensaje.
Noah:
¿Llegaste bien?
Marla:
Sí. Y antes de que preguntes, sí, sigo sonriendo.
Noah:
Entonces mi trabajo está hecho.
Ella soltó una risa.
Marla:
Buenas noches, Noah.
Noah:
Buenas noches, Marla. Sueña bonito.
Marla dejó el teléfono sobre la mesa.
Por primera vez en mucho tiempo, se durmió sin miedo al futuro.
A varios kilómetros de allí, una mujer observaba las fotografías que había tomado.
Noah aparecía claramente en ellas.
Y junto a él estaba Marla.
La mujer amplió una de las imágenes.
—Así que ella es...
Tomó el teléfono y realizó una llamada.
—¿La encontraste? —preguntó una voz masculina.
—Sí.
—¿Quién es?
—Todavía no lo sé. Pero puedo averiguarlo.
—Hazlo.
La llamada terminó.
La mujer volvió a mirar la fotografía.
Había algo en la forma en que Noah miraba a Marla que le resultaba demasiado evidente.
No era una simple compañera de trabajo.
No era una amiga cualquiera.
Aquello podía convertirse en un problema.
A la mañana siguiente, Noah recibió un correo inesperado.
El remitente pertenecía a una dirección que no reconocía.
El mensaje solo contenía una fotografía.
La abrió.
Era él.
Y Marla.
El cuerpo de Noah se tensó inmediatamente.
Había sido tomada la noche anterior.
Debajo de la fotografía aparecía una sola frase:
«¿Ella sabe quién eres realmente?»
Noah dejó de respirar durante unos segundos.
Miró nuevamente la imagen.
Después cerró el correo.
Su primera preocupación no fue él.
Fue Marla.
Marla llegó a la universidad poco después.
Cuando encontró a Noah, supo inmediatamente que algo estaba mal.
—¿Qué ocurrió?
—Nada.
—Noah.
Él la miró.
Intentó sonreír.
—De verdad, no pasa nada.
Marla no quedó convencida.
—Te conozco demasiado bien para creerte.
Noah bajó la mirada.
Por un instante pensó en contarle todo.
Pero había cosas de su pasado que todavía no estaba preparado para compartir.
—Solo tuve un problema con el trabajo.
Marla tomó su mano.
—Entonces no tienes que enfrentarlo solo.
Aquellas palabras hicieron que Noah sintiera todavía más culpa.
Porque ella confiaba en él.
Y él estaba ocultándole una parte importante de su vida.
Más tarde, Noah volvió a abrir el correo.
Había un segundo mensaje.
Esta vez no había fotografía.
Solo una dirección y una hora.
«Si quieres protegerla, ven solo.»
Noah apretó la mandíbula.
Sabía que debía ir.
Pero también sabía que podía ser una trampa.
Miró hacia la ventana.
Marla estaba al otro lado del patio, conversando con una amiga.
Sonreía.
Y Noah comprendió que, desde aquel momento, ya no solo tenía que proteger su corazón.
Tenía que proteger el de ella.
Y quizá...
también su vida.