Lo que nunca me atreví a decirle
Nunca imaginé que una carta pudiera cambiarme la vida.
Mucho menos que pudiera hacerlo una mujer cuyo rostro no conocía.
Al principio, Marla era solamente una desconocida.
Una persona al otro lado de una pantalla.
Alguien con quien compartía pensamientos que jamás decía en voz alta.
Pero poco a poco empecé a esperar sus mensajes.
A buscar sus palabras.
A sonreír cuando aparecía una nueva carta.
Y sin darme cuenta, empecé a necesitarla.
Después descubrí quién era.
Marla.
La misma mujer con la que me había cruzado tantas veces.
La chica del banco.
La de la cafetería.
La que había visto bajo la lluvia.
La que había estado a pocos metros de mí en el hotel.
Era ella.
Todo este tiempo había estado hablando con ella sin saberlo.
Y cuando finalmente la tuve frente a mí, comprendí algo que me asustó.
No quería que fuera solamente mi desconocida.
Quería que fuera parte de mi vida.
Recuerdo nuestro primer beso.
Todavía puedo sentir aquel instante.
La música.
Las luces.
Su mirada.
Y aquella pregunta que le hice:
"Dime que me aleje y lo haré."
Ella no quiso que me alejara.
Y cuando nuestros labios se encontraron, sentí que todo aquello que había estado intentando controlar durante tanto tiempo dejó de tener sentido.
Fue un beso sencillo.
Pero para mí significó demasiado.
Porque desde ese momento supe que ya no podía fingir que aquello era una amistad.
Me estaba enamorando.
Y entonces apareció mi pasado.
Justo cuando empezaba a imaginar un futuro.
Personas que no quería volver a ver.
Problemas que creía haber dejado atrás.
Amenazas.
Fotografías.
Y finalmente ella quedó involucrada.
Eso es lo que más me duele.
Marla no pidió nada de esto.
Ella solo quería conocerme.
Quería caminar conmigo.
Reír conmigo.
Escribir cartas.
Y ahora tiene que enfrentarse a un lado de mi vida que nunca debió tocar.
Me odio por eso.
Cuando la vi llorar después de aquella pelea, sentí algo que jamás había sentido.
Impotencia.
Quería arreglarlo.
Quería borrar cada lágrima.
Quería regresar el tiempo y evitar que todo ocurriera.
Pero no podía.
Solo podía abrazarla.
Y cuando me dijo que estaba cansada de tener miedo...
sentí que una parte de mí se rompía.
Porque yo también tengo miedo.
Muchísimo.
Tengo miedo de perderla.
Tengo miedo de que mi pasado la lastime.
Tengo miedo de que algún día me mire y piense que habría sido más feliz si nunca me hubiera conocido.
Pero hay algo que me da todavía más miedo.
Que yo mismo termine alejándola intentando protegerla.
Marla me pidió algo sencillo.
No me pidió que fuera invencible.
No me pidió que solucionara todo.
Me pidió que confiara en ella.
Y entendí que tenía razón.
Amar a alguien no significa encerrarlo en una burbuja para que nada pueda tocarlo.
Significa confiar.
Significa permitir que esa persona decida si quiere quedarse.
Y ella decidió quedarse.
Incluso después de verme vulnerable.
Incluso después de verme sangrar.
Incluso después de verme llorar.
Se quedó.
Cuando la veo dormir, todavía me cuesta creer que esté aquí.
A veces pienso en aquella primera carta.
En aquel desconocido que ella creía que era.
Si pudiera volver atrás, no cambiaría nada.
Ni siquiera las coincidencias.
Ni las cartas.
Ni la incertidumbre.
Ni siquiera el miedo.
Porque todo me llevó hasta ella.
Y ahora sé algo que jamás había querido admitir:
Marla no es una parte de mi historia.
Ella se convirtió en la razón por la que quiero escribir un futuro diferente.
No sé qué nos espera.
No sé cuánto dolor tendremos que enfrentar.
No sé si podremos vencer todo lo que viene.
Pero sí sé una cosa.
Cuando llegue el momento de elegir...
cuando tenga que decidir entre el pasado que me persigue y la vida que quiero construir...
voy a elegirla a ella.
Porque por primera vez en mi vida...
quiero quedarme.