Capítulo 59
Dos familias, un secreto
Marla permaneció inmóvil frente a la fotografía.
«Es mi abuelo.»
Las palabras de Noah seguían resonando en su cabeza.
—No puede ser... —susurró.
Tomó nuevamente la fotografía y observó el rostro del hombre.
Era mayor, pero había algo en sus ojos que le resultaba familiar.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—¿Cómo?
—Porque tengo fotografías de él.
Noah amplió la imagen en su teléfono y la comparó con la fotografía de Marla.
No había duda.
Era el mismo hombre.
Marla sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—Entonces nuestras familias se conocían.
—Sí.
—¿Y nadie nos dijo nada?
—Parece que no.
Ella se sentó lentamente sobre la cama.
—Toda mi vida pensé que esta brújula era solamente un recuerdo de mi abuela.
Noah se sentó frente a ella.
—Quizá nunca fue solo eso.
Marla miró el objeto entre sus manos.
—¿Y si mi abuela sabía quién eras?
—Es posible.
—¿Y si sabía que algún día nos conoceríamos?
Noah guardó silencio.
—Eso sería demasiado extraño.
Marla soltó una pequeña risa nerviosa.
—Nuestra historia ya dejó de ser normal hace mucho tiempo.
Noah recordó entonces algo que había guardado durante años.
—Espera.
Se levantó y salió hacia su automóvil.
Regresó unos minutos después con una caja antigua.
—¿Qué es?
—Algo que perteneció a mi abuelo.
La abrió.
Dentro había documentos, fotografías y una pequeña llave oxidada.
Marla tomó una fotografía.
Era el mismo hombre que aparecía junto a su abuela.
Pero esta vez estaban en otro lugar.
Detrás de ellos había un edificio antiguo.
Marla acercó la fotografía.
—Reconozco este lugar.
Noah la miró.
—¿Dónde?
—Cerca de la casa de mi abuela.
Él tomó la fotografía.
—¿Estás segura?
—Sí.
Marla señaló una pequeña placa en la entrada.
Había una palabra grabada:
Aurelia.
Noah frunció el ceño.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
Entonces Marla recordó algo.
—Mi abuela tenía una caja con ese mismo nombre.
Noah la miró sorprendido.
—¿Todavía la tienes?
—Sí.
Regresaron a casa de Marla.
Buscaron durante casi una hora.
Finalmente encontraron una caja escondida en la parte superior de un armario.
Marla la colocó sobre la mesa.
Tenía polvo.
La abrió.
Dentro había varias cartas antiguas.
Una de ellas tenía una fecha de hacía más de veinte años.
Marla la tomó.
—Esta letra...
Noah se acercó.
—¿La reconoces?
—Es de mi abuela.
Comenzó a leer.
Sus ojos se movieron lentamente por las líneas.
Después se detuvo.
—¿Qué dice? —preguntó Noah.
Marla tragó saliva.
—Habla de tu abuelo.
Noah se quedó inmóvil.
—¿Qué dice de él?
Marla continuó leyendo.
Y entonces una lágrima recorrió su mejilla.
—Dice que ambos hicieron una promesa.
—¿Cuál?
Ella levantó la mirada.
—Que algún día sus familias volverían a encontrarse.
Noah sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Marla volvió a mirar la carta.
—Porque había algo que debía ser entregado a la siguiente generación.
—¿Qué cosa?
Ella llegó al final de la carta.
Había una última frase.
Marla la leyó en voz alta: