Capítulo 60
La puerta cerrada
La casa permanecía completamente a oscuras.
Marla podía escuchar su propia respiración.
Noah seguía sosteniendo su mano.
—No hagas ruido —susurró.
Ella asintió.
Afuera, el automóvil continuaba estacionado.
Los faros se apagaron.
Después...
nada.
—Quizá se fueron —murmuró Marla.
Noah negó lentamente.
—No todavía.
Pasaron varios minutos.
Finalmente escucharon el sonido de un motor alejándose.
Marla soltó el aire que estaba conteniendo.
—¿Crees que nos vieron?
—No lo sé.
Noah encendió una pequeña lámpara.
—Tenemos que irnos.
—¿Ahora?
—Sí.
Marla miró la caja sobre la mesa.
—Pero la llave...
Noah la tomó.
—La llevamos.
Llegaron a la antigua casa de la abuela de Marla poco después.
El lugar llevaba años vacío.
Las ventanas estaban cubiertas de polvo y las paredes habían perdido su color.
Marla caminó lentamente por el pasillo.
—Aquí venía cuando era niña.
Noah la observó.
—¿Recuerdas algo extraño?
—No.
Marla se detuvo frente a una puerta.
—Aunque...
—¿Qué?
—Mi abuela nunca me dejaba entrar aquí.
Noah miró la cerradura.
—¿Por qué?
—Decía que era una habitación que debía permanecer cerrada.
Marla sacó la llave.
Ambos se miraron.
—¿Crees que...?
—Solo hay una forma de saberlo.
Marla introdujo la llave.
Giró.
Clic.
La puerta se abrió.
Dentro había una habitación pequeña.
Había cajas por todas partes.
Fotografías.
Documentos.
Libros.
Y una pared llena de fotografías antiguas.
Marla se acercó.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
En el centro estaban su abuela y el abuelo de Noah.
Pero había más.
Una fotografía mostraba a ambos junto a sus hijos.
Y otra...
mostraba a dos niños.
Marla acercó el rostro.
—Noah...
Él se colocó a su lado.
—¿Qué?
Ella señaló la fotografía.
—Ese eres tú.
Noah se quedó completamente quieto.
Era una imagen de él siendo apenas un niño.
Y junto a él había una niña.
Una niña que Marla reconoció inmediatamente.
Era ella.
Noah la miró.
—Nos conocimos antes.
Marla negó lentamente.
—No recuerdo esto.
—Yo tampoco.
Ambos observaron la fotografía.
Detrás había una fecha.
Habían sido niños.
Y sus familias estaban juntas.
Marla comenzó a llorar.
—Toda mi vida pensé que te había conocido por primera vez cuando empezamos a escribirnos.
Noah se acercó.
—Yo también.
Ella se secó las lágrimas.
—Entonces todo este tiempo...
—Quizá nuestras familias ya habían decidido algo.
Marla lo miró.
—No quiero pensar que alguien decidió nuestra historia.
Noah negó.
—Yo tampoco.
Tomó su mano.
—Lo que sentimos ahora es nuestro.
Marla asintió.
Pero entonces encontró otro documento.
Lo abrió.
Era una carta.
Esta vez estaba firmada por el abuelo de Noah.
«Si están leyendo esto, significa que nuestros nietos finalmente se encontraron.»
Marla dejó de respirar.