Hasta que nos volvamos a encontrar

CAPÍTULO 2

9 de la mañana en punto entré en la farmacia del Señor Minoru. El lugar era mágico, de estilo tradicional. Al entrar se percibía en el aire un fuerte pero agradable aroma a hierbas y medicina. Había estanterías repletas de medicamentos, japoneses obviamente, pero también chinos. Los había para tratar la presión arterial, el estreñimiento, dolores de cabeza, resfriados y ungüentos para dolores articulares y para diferentes dolencias dérmicas. En sus paredes se exhibían rarísimos letreros de oro y entremedio de las estanterías había herramientas antiguas que jamás había visto.

Toda la apariencia del local denotaba un cuidado extremo y perfecto, enseñando un estilo típico de las farmacias de antaño pero con formato retro que invitaba al paciente a llevarse cualquier paquete de hierbas aunque no sufriera ninguna dolencia. Yo era una de ellas. ¡¡Quería llevarme todo!!

_Buenos días, creo imaginar quién es usted. ¿Señorita Faith Landon?_ me preguntó el hombre que me había estado observando desde que entré al lugar. Hice una reverencia y me presenté.

_Soy Faith Landon. Y usted, me imagino, es el Señor Takashi Minoru ¿o me equivoco?_.

_El mismo que viste y calza. Mucho gusto de conocerte Faith-san_ me dijo cariñosamente agregando el típico sufijo que se le agrega al nombre de una persona.

_El gusto es mío Minoru-sama_ yo no me quedé atrás y agregué a su apellido el sufijo especial para las personas mayores en señal de respeto.

_Quiero que sepas que no me gustan los nombres americanos. Llámalo……un pequeño resentimiento albergado por rencillas patriotas del pasado. Por lo tanto, si quieres aprender de mí, tendrás que permitirme que te llame por un nombre japonés_.

_Por mí está bien. Pero elija uno que sea lindo_ le dije cerrándole un ojo. Minoru-sama se rió con ganas y luego me dio su veredicto.

_Te llamaré Sakura, porque me recuerdas al color de las cerezas_ ahora fui yo la que me reí. En verdad no había otro nombre más apropiado para mí que ese.

_Con gusto y honor portaré ese hermoso nombre_ añadí con alegría.

 

Minoru-sama y yo congeniamos desde el principio. Era un hombre mayor, de unos 65 años tal vez, con abundante cabellera blanca como la nieve, no muy alto pero de cuerpo muy vigoroso. En su cara se notaba el paso de los años, pero en ningún momento representaba la edad que tenía. Estaba en forma y era muy atlético. Él atribuía su excelente salud a la ingesta habitual de infusiones naturales preparadas por él mismo.

Me contó que la farmacia que había heredado de su padre, y el suyo de su propio padre, el señor Ikeda Minoru, se estableció allí en el año 1936 como comerciante de medicamentos orientales y que poco después de la segunda guerra mundial comenzó a fabricar y distribuir una famosa medicina que había sido una influencia predominante en la Era Edo, el llamado HANGONTAN. Ese remedio era ideal para los dolores estomacales, pero además era útil para todo, como su nombre lo indicaba: “bola de medicina que retiene el alma”.

Lo maravilloso de la medicina tradicional que él enseñaba es que era muy personalizada porque según él, “cada paciente, es único al igual que su condición, por ello se prescriben medicinas considerando no solo los síntomas que éste presenta, sino también la fuerza y condición física que posee”.

 

Yo estaba maravillada. Cada día presentaba su propio desafío junto a Minoru-sama. Me enseñó acerca de todas las hierbas que conocía y las propiedades curativas que éstas tenían, y constantemente me probaba para saber cómo iba progresando. Tenía la costumbre no solo de enseñarme cómo lucían las hierbas, sino también cómo éstas olían y para ello tapaba mis ojos y me hacía oler una infinidad de veces las hierbas hasta lograr identificarlas. Otras veces era más extremista y juntaba en un mismo cuenco unas 10 variedades de hierbas distintas y me obligaba a identificarlas una a una.

Me enseñó también a preparar distintos ungüentos para diferentes dolencias. Incluso me instruyó perfectamente en la elaboración de pastillas usando una antigua máquina de madera que estaba en la farmacia. Todos decían que era muy difícil de usar. Sin embargo, cuando la usé por primera vez, era como que la máquina y yo fuéramos amigas de toda la vida. Fue súper sencillo usarla, incluso a pesar de lo coja que ésta estaba. Según Minoru-sama, la máquina quedó así después de que a uno de sus antepasados se le cayera en el traslado de la ciudad en donde vivía en Harima, hacia donde estaba ahora, aunque esa cojera no afectaba su funcionalidad.

Aunque hoy en día las pastillas se preparaban usando tecnología y otros procesos más modernos, haber aprendido cómo se hacían estas pastillas en el pasado fue genial.

 

Fueron dos años de instrucción y entrenamiento riguroso, pero orgullosamente puedo decir que me convertí en una herbolaria aventajada. Llegué a conocer más de 200 hierbas diferentes y a preparar medicina usando una mezcla de al menos 20 tipos de ellas.

Minoru-sama, como premio a mi esfuerzo y perseverancia, me ofreció trabajo en su farmacia, no como una vendedora, sino como Farmacéutica. Sin duda estaba cada vez más cerca de alcanzar mi meta. Con el dinero que recibiría como salario, me alcanzaría para ahorrar lo suficiente para que mis hermanas pudieran viajar a Japón a vivir conmigo. Tendríamos que cambiarnos a un lugar un poco más grande, pero nos las arreglaríamos. Al menos eso era lo que siempre hablábamos.




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