Hasta que nos volvamos a encontrar

CAPÍTULO 4

¡¡Oh…..Dios….mío!!...... Me morí.

Sí. Eso tiene que ser. No tengo otra explicación. ¿Exploté? ¿Me atropellaron?

¡¡Qué rayos!!

Abrí los ojos y solo vi el cielo. Eso confirmaba mi teoría de que había muerto, pero….había árboles a mi alrededor y cantaban pájaros. Miré a un lado. Luego al otro y de repente me di cuenta de que estaba de espaldas acostada en el suelo de algún tipo de bosque. Pensé que estaba en el área que se encontraba detrás de Kitora. Intenté pararme para ver si era así, aunque no tenía mucho sentido porque no recordaba haber caminado hacia ese lugar. Una sensación realmente desagradable me recorrió todo el cuerpo. Gruñí de dolor e incredulidad ante lo que me estaba pasando. No podía levantarme por más que quisiera. Quería gritar, pero no me salían las palabras. Esperé unos minutos e intenté ponerme de pie de nuevo y esta vez con mucha dificultad me paré. No quería ni imaginar el espectáculo que estaba dando. Era como ver a esos bebés en pañales que están aprendiendo a caminar y se levantan como pueden después de caer. Me giré sobre mí misma y me apoyé en mis manos y rodillas. Luego levanté mis piernas aún apoyada en mis manos y a duras penas me puse de pie tambaleándome de un lado a otro. Cómo se reirían de mí Grace y Charity si me vieran.

Una vez que me estabilicé, se me revolvió el estómago y pensé que iba a vomitar, pero al final solo quedó en la intención. Cuando miré a mi alrededor, me percaté que no era ni de chiste el mismo lugar en donde estaba la tumba de Kitora. Todo era diferente. Estaba en medio de un bosque realmente. Incluso la hora del día no concordaba con el momento en que había terminado de visitar Kitora. Era el amanecer.

Comencé a caminar sin rumbo pensando que efectivamente la aplicación había funcionado. ¿Era Venecia? Estaba segura de que no. ¡¡Pero claro!! Cómo iba a estar en Venecia si la muy estúpida no ingresó el lugar, solo la fecha. Acababa de darme cuenta de esa gran insensatez, y lo único que podía pensar era que la bendita aplicación traía un destino por defecto, o tal vez solo se activó el GPS y estaba en el mismo lugar solo que en el pasado. El problema era dónde específicamente.

Cada vez miraba más extrañada mi entorno. Me aterré. Pensé que iba a desmayarme otra vez, si es que efectivamente me desmayé una primera vez, al menos eso parecía cuando estaba de espaldas tirada en ese sucio suelo lleno de hojas y moho.

Avancé por entremedio de los árboles y de repente me topé con un camino. Más bien parecía un sendero. ¡¡Estoy salvada!!, pensé. Ese sendero sin duda me llevaría a algún lado donde hubiera gente y ahí podría preguntar dónde me encontraba. De repente me detuve en seco. Parecía que el viaje me había dejado tonta, porque en mis manos estaba el volver de inmediato. Solo tenía que programar de nuevo mi retorno en el celular…..cosa que no estaba en mi poder. Volví sobre mis pisadas hasta el lugar en donde había llegado. Busqué entre medio de las hojas, del moho, debajo de las piedras y nada. ¡¡Rayos!! Ahora sí estaba perdida para siempre en ese lugar que ni siquiera sabía cuál era ni tampoco en qué época estaba.

Maldije mi “DAIKICHI”. ¿Acaso todo eso era fruto de una excelente buena suerte? Yo creo que no.

Me senté en el suelo y comencé a llorar, deprimida por haber asimilado recién lo que me había pasado. ¿Por qué tuve que guardarme ese maldito celular? ¿Por qué tuve que sacarlo para tomarme una selfie? ¿por qué no solo olvidé que lo tenía en mi poder?

Después de casi una hora de llanto decidí poner punto final a mi terrible situación. Yo era Faith Landon, la primogénita de las trillizas Landon. La hermana mayor, fuerte, aguerrida, dispuesta a combatir con lo que sea y enfrentar cualquier dificultad que la vida me pusiera por delante. Saldría de ésta. Aún no sabía cómo, pero lo haría.

Me dispuse de nuevo a caminar a donde mis pies me quisieran llevar, siempre siguiendo el sendero delante de mí. Llevaba un buen trayecto cuando de pronto, tras de mí, se escucharon sonidos de risas y pisadas. Rápidamente me salí del camino y me oculté detrás de unos matorrales. Vi un montón de hombres pasar a unos cuantos metros delante de mi, siguiendo el mismo sendero. Al observar sus rostros, claramente se notaban los rasgos asiáticos en ellos, con lo que deduje que en efecto estaba en Japón aún.

Dejé que me adelantaran un buen tramo. Lo suficiente para que no me vieran, ni para perderlos de vista. Los seguí siempre sorteando los árboles y nunca por el sendero en caso de que alguno decidiera mirar atrás y me viera en medio del camino. No pasó mucho hasta que un pueblo apareció ante mis ojos.

Caminé sigilosamente por detrás de las casas que bordeaban el pueblo y en una de ellas tuve la suerte de encontrar ropa tendida secándose al sol. Me trepé al pequeño muro, salté hacia el patio y rápidamente descolgué la ropa de mujer que se encontraba allí. Luego me escabullí tan rápido como entré. Me puse la ropa, sobre la que traía puesta, ya que cubría mi blusa y mis pantalones sin problema. La chaqueta, la hice un rollito y la coloqué entre mi brazo y mi cintura. Afortunadamente sabía exactamente cómo vestir un kimono ya que los años viviendo en Japón me habían enseñado a la fuerza lo importante de saber esas cosas.

Me adentré en la ciudad esperando no sé qué. No tenía idea lo que hacía ni para dónde iba. A mi alrededor la gente vestía con ropas muy antiguas, por lo que deduje que estaba muy atrás en el tiempo. Si la aplicación funcionó correctamente, estaba segura de que era el año 1609. A medida que avanzaba, la gente me miraba con recelo. Algunos incluso me hacían el quite. Pensé que era porque mi rostro les era desconocido, después de todo era un pueblo y seguramente todos se conocían, y ver una cara nueva, seguro les resultaba extraño. Pero después de observar con detención hacia dónde iban particularmente sus miradas, comprendí que eran hacia mi cabello. Nadie en ese lugar tenía un cabello rojo como el mío. Y me asusté, porque muchas veces lo desconocido asusta y se condena. Y en esos tiempos incluso podría significarme la muerte si creían que mi aspecto era peligroso de alguna manera.




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