Hasta que noviembre nos alcance

¿Qué puede salir mal?

Capítulo uno:

Camila.

Lunes 2 de Marzo.

¿Qué puede salir mal?

Todo. Más en Ramos Mejía.

Las calles son muy movidas, sobre todo en las mañanas, y parece que aún más cuando tengo que ser puntual…

Por eso, Val se piensa que lo hago a propósito, pero solo soy una chica atrapada en el tráfico.

Ya fantaseo con que es el último día del último año... Sí, ya sé que falta un montón, ¿ok? Con exactitud faltan 730 días para terminar. Pero la verdad es que solo eso da fuerzas cada año.

Miro la avenida antes de cruzar. Los autos están amontonados y yo ya voy tarde. Genial. Espero encontrar un hueco y, apenas aparece, cruzo casi corriendo.

¿Escuché algunos bocinazos? Sí, pero es tarde.

Voy disparada a la vereda y empiezo a correr. Cosa que, por cierto, no me gusta. Lo odio. Es mi karma por no haber salido antes.

Lo que recuerdo de ese momento es que estaba tan concentrada en no caerme que ni siquiera vi al chico que venía caminando.

Él tampoco parecía estar prestando demasiada atención.

Nos dimos cuenta al mismo tiempo.

—Uh…

Demasiado tarde.

Choqué contra él y, en el intento de no caerme, terminé agarrándome de su brazo. Él retrocedió un par de pasos y los dos celulares salieron disparados al piso.

—La puta madre —murmuré.

—¿Eso fue un saludo? —preguntó él.

Levanté la mirada.

El chico me estaba mirando con una sonrisa. No parecía enojado. De hecho, parecía bastante divertido con la situación.

—Fue sin querer.

—Ah, menos mal. Ya me estaba preocupando.

—¿Por qué?

—Porque si así saludás a la gente, no quiero saber cómo te despedís.

Lo miré unos segundos.

—¿Siempre sos así?

—¿Así cómo?

—Molesto.

Soltó una risa.

—Recién nos conocemos y ya me conocés bastante.

—No hace falta conocerte mucho.

—Bueno, eso dolió más que el choque.

Me agaché para agarrar los celulares.

—¿Estás bien? —pregunté, más por educación que por otra cosa.

—Sí, creo.

Miró el celular que tenía en la mano y tocó la pantalla un par de veces.

—Parece que sobrevivió.

—Menos mal.

—Aunque yo no puedo decir lo mismo. Creo que me dislocaste el hombro.

—Dale, no seas ridículo.

—Y si no, siempre puedo decir que me atropelló una chica de Ramos Mejía.

—No seas exagerado.

—¿Ves? Ya estamos agarrando confianza.

Negué con la cabeza y le extendí uno de los celulares.

—Tomá.

Lo agarró sin mirarlo demasiado y se lo guardó en el bolsillo.

—Gracias.

Yo hice lo mismo con el mío.

—Bueno, me tengo que ir.

—¿Así nomás?

—Sí. Llego tarde.

—Entonces supongo que debería dejarte ir antes de que también me culpes por tu tardanza.

—No te estaba culpando.

—Todavía.

Lo miré con mi mejor cara.

Él se rio.

—Soy Víctor.

—¿Qué?

—Mi nombre. Si vas a atropellarme, mínimo tenés que saber cómo me llamo.

—Camila.

—Camila… —repitió—. Bueno, Cam, tratá de no atropellar a nadie más.

—No prometo nada.

—Me gusta esa actitud.

Me di media vuelta y empecé a alejarme.

—¡Chau, Cam!

Lo vi despedirse con la mano y seguir su camino como si nada.

Qué tipo raro.

Ni bien puse un pie en mi salón de clases, fui directa a mi lugar… Val me esperaba. ¿Cómo decirlo? Con mucha emoción.

—¡Al fin aparecés, mujer! ¿No sentiste mis 20 llamadas?

—¿Sí? Creo que lo tengo en silencio, no sentí nada.

—¿Estás segura? Es raro en vos tenerlo en silencio.

—Sí, no sentí nada. Capaz mientras apagaba las alarmas lo puse en silencio.

Sí… Tal vez en ese instante tuve que fijarme qué onda, pero la clase ya había empezado y no me gustaría tener más problemas… Retirar el celular en dirección sería un garrón.

—¿Entonces? ¿Estaba en silencio o ya lo rompiste?

Una vez que estábamos en el recreo, Valentina volvió a insistir con lo de mi celular.

—A ver, ahora me fijo.

Saqué mi celular y no estaba para poner mi patrón; me pedía una contraseña con números.

Este no era mi teléfono.

—¿Y? ¿Se rompió?

—…No es mi teléfono.

—¡¿Qué?!

La voz de Val recorrió todo el pasillo y la gente de alrededor nos empezó a mirar. Moría de vergüenza.

—No grites, nos miran todos ahora —dije susurrando para que se calmara.

—Uy, pero entonces, ¿de quién es?

—…No lo sé.

¿Vieron ese momento donde hacen clic, cuando las neuronas laburan y llegás a una respuesta? Bueno…

—Hoy choqué con alguien…

—Camila, no me boludees.

—Creo que él tiene mi celular y yo el suyo…

—¿Decís que sos la protagonista de una romcom de romance o una tarada bárbara?

—Una tarada bárbara.

—¿Y ahora?

—No sé.

—Dame el celular.

Se lo pasé y se puso a ver si adivinaba la contraseña.

—¿Ya probaste con 1234? —la vi reír.

—¿Quién sería tan boludo de poner esa contraseña?

Dicho eso, lo intenté e, irónicamente, funcionó…

—…Supongo que él, ¿no?

—Por supuesto que él. Ja, qué puta risa.



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En el texto hay: humor, drama adolescente

Editado: 09.09.2026

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