El sol se filtraba por la ventana, pero no lograba despertarme del todo. Los ojos me pesaban y mi cuerpo me parecía ajeno, como si algo invisible se hubiera instalado en mí durante la noche, ocupando el lugar de lo que antes me hacía sentir propia.
No era solo cansancio. Era una ausencia. Una parte de mí reconocía esa sensación y la temía incluso antes de que apareciera por completo. Porque aunque afuera el día estuviera claro, adentro todo se volvía plano, silencioso, distante. Y sabía lo que venía después.
Me había pasado antes. Desde Uruguay, incluso. Momentos en los que dejaba de estar en paz conmigo y me convertía en algo más difícil de habitar. El estómago se me cerraba, el aire no alcanzaba, y cualquier intento de bienestar se deshacía antes de tomar forma.
Decían que había que aprender a convivir con lo que duele. Pero yo no entendía cómo hacerlo cuando esa sombra parecía extenderse sin límite. Cuando no había un punto claro donde terminara.
Sabía que podía ser feliz. Lo había sido. Pero también sabía y eso era lo que más me inquietaba que había una parte de mí capaz de arrastrarme en la dirección contraria sin que yo supiera cómo frenarla.
Cuando salí de la habitación, la puerta del fondo seguía cerrada, envuelta en sombra. Él seguía ahí. Lo sabía. Y aun así no me acerqué.
No era falta de ganas. Era otra cosa. Acercarme implicaba abrir algo que todavía no sabía sostener, reconocer emociones que prefería mantener quietas. Porque nombrarlas las volvía reales. Y yo todavía no estaba segura de poder con eso.
Había aprendido que algunas emociones podían quedarse quietas si una no las miraba demasiado tiempo. Como animales asustados escondidos debajo de un mueble. Pero él tenía algo peligroso: una forma de existir que volvía imposible seguir ignorando ciertas cosas. No hacía preguntas invasivas, no insistía, no intentaba acercarse más de la cuenta. Y aun así, cada vez que estaba cerca, sentía que partes de mí que llevaba meses manteniendo dormidas empezaban a despertarse solas.
Eso era lo que más miedo me daba. No él. Sino la posibilidad de volverme visible frente a alguien cuando todavía ni siquiera sabía explicarme a mí misma.
Cuando bajo las escaleras me dirijo hacia la cocina no había rastro de nadie en la casa, pero a medida que me acercaba el ruido de la caldera calentado el agua interrumpía el silencio y Elena se hacía notar desde la cocina. Fransisco no estaba cuando entre y ella se encontraba buscando harina en la alacena.
—Hoy hacemos pasta casera —me dijo—. Hace tiempo que no preparo.
Asentí, aunque en realidad no estaba pensando en la pasta. Estaba pensando en él. En la forma en que su presencia cambiaba la temperatura de los espacios sin necesidad de hablar.
Elena notó mi desconexión pero no preguntó. Me ofreció un delantal y empezó a explicarme cómo hacer un volcán de harina, cómo medir con el tacto si la masa necesitaba más agua o más reposo. Lo hacía con una paciencia que me sorprendía cada vez.
Elena cocinaba como si estuviera reparando algo invisible. Cada movimiento suyo tenía una tranquilidad difícil de encontrar en otras personas. No había apuro en la manera en que amasaba, ni tensión en sus hombros, ni necesidad de llenar el silencio con palabras. Y yo la observaba intentando entender cómo alguien podía habitarse con tanta naturalidad.
A veces pensaba que la verdadera diferencia entre ellos y yo no era el idioma, ni el país, ni la historia. Era eso: ellos parecían pertenecer al lugar donde estaban. Yo no. Yo seguía sintiéndome temporal incluso dentro de mi propio cuerpo.
Mientras amasábamos, sentí pasos en el pasillo. No eran los pasos calculados de Giovanni. Eran más suaves, más cautos, como si la persona que los produjera evaluara cada milímetro del suelo para no perturbar nada. Y entonces apareció él, asomándose primero con la mirada, después con el cuerpo entero.
Francisco estaba ahí.
Lo primero que noté no fue su ropa ni su expresión. Fue la energía extraña que traía consigo, esa mezcla de distancia y cuidado que parecía envolverlo siempre. Francisco nunca entraba realmente a los espacios; era como si pidiera permiso incluso cuando nadie se lo exigía. Como si estuviera acostumbrado a ocupar poco lugar.
Y quizás por eso yo lo miraba tanto. Porque había algo en esa forma silenciosa de existir que se parecía demasiado a mí.
Llevaba una remera gris, el cabello un poco desordenado, y esa expresión tenue de quien llega sin saber si tiene permiso para quedarse. Elena levantó la vista y sonrió con una suavidad especial, distinta a la que usaba con cualquiera.
—¿Querés ayudar? —le preguntó.
Francisco dudó, pero dio un paso adelante. No respondió, solo se colocó al lado de la mesa, cerca de mí. Fue la primera vez que estuvimos así, tan cerca, compartiendo un espacio sin silencios tensos. Y me gustó, podía acostumbrarme a tenerlo a mi lado siempre y cuando no indagara en mi interior con esos ojos a los que parecía imposible ocultarles algo, porque Fransisco tenía esa habilidad con una mirada te hacía sentir vulnerable.
Yo no dije nada. Él tampoco. Pero pude ver, en el rabillo de su gesto, algo parecido a una intención de hablar que nunca llegó a convertirse en palabras.
Elena le mostró cómo cortar las tiras de pasta. Él lo hizo con cuidado extremo, casi con un temor reverencial. En un momento sus manos rozaron las mías cuando ambos tomamos el mismo borde de la masa. Fue un contacto mínimo, casi accidental, pero sentí cómo un pequeño temblor me recorría la piel. No era romanticismo. No era atracción clara. Era otra cosa: una afinidad silenciosa, como si, sin quererlo, estuviéramos empezando a reconocernos. O quizás solo a mi me pasaba esto y para él tan inentendible; solo fue un pequeño choque accidental que no tenía lugar a más.