Hasta que vuelva a mí

Capítulo siete – “Luz y sombra”

El día no amaneció luminoso, o soleado como solía, amaneció gris pero de un color guia suave, no oscuro, ni triste, era casi perlado, hacía que la casa pareciera más silenciosa que lo habitual. Me desperté con la cabeza extrañamente ligera, como si la llamada con Francisco hubiese dejado un hueco donde antes había un nudo. No un hueco vacío, sino uno respirable. Me senté en la cama, mirando la luz filtrarse por la cortina, y por un instante sentí algo parecido a calma.

Me quedé sentada unos segundos más, escuchando el silencio de la habitación. No era un silencio vacío. Tenía textura. Como si todavía quedara algo de su voz suspendido entre las paredes, respirando despacio conmigo.

La noche anterior volvía en fragmentos desordenados: el temblor en mis manos, mi respiración quebrándose, el sonido leve de él tomando aire al otro lado de la llamada. Nadie me había sostenido así antes. No porque nunca hubiera estado triste, sino porque siempre aprendí a esconderlo antes de que alguien lo viera completo.

Y sin embargo él lo había escuchado todo.

No intentó corregirme. No me dijo que exageraba. No llenó el silencio con frases fáciles. Se quedó. Y ahora esa permanencia seguía dentro mío como una marca tibia que todavía no sabía cómo tocar sin romperla.

Miré el celular apoyado sobre la mesa de luz. La pantalla estaba apagada, negra, pero aun así sentí un impulso absurdo de revisarla otra vez. Como si parte de mí necesitara confirmar que la llamada había existido de verdad y no hubiera sido un sueño construido por el cansancio y la ansiedad.

Cuando bajé a la cocina, Elena ya estaba de pie sirviendo café. Giovanni hojeaba el diario con expresión distraída y Francisco no estaba como casi siempre, pero su ausencia ya no tenía el mismo peso que antes. O quizás sí, pero yo la miraba distinto.

—Dormiste mejor —observó Elena sin siquiera preguntarlo. —Anoche te escuché parecias mal.

Asentí. —No fue nada, solo extrañaba un poco mi país.

Giovanni levantó la vista un instante, como si quisiera confirmar algo que ya sabía. —Me alegra que estés bien—dijo.

No dije más. No porque no quisiera, sino porque había cosas que todavía necesitaban asentarse dentro mío antes de convertirse en palabras. Y quizás eso era lo que hacía que fuera tan difícil contarlo, aunque no lo reconociera me costaba aceptar que eso que había pasado era parte de mi y que parecía no querer abandonarme sin importar el lugar donde estuviera.

Era difícil adivinar en qué punto estaba ahora mi vínculo con Francisco, él había intetado ayudarme anoche y lo había logrado, pero más allá de pequeñas acciones que podían ser tropiezos o escenas que pude haber malinterpretado no parecía haber señales genuinas y directas de qué él estaba interesado y eso me confundia porque que el era indescifrable para mí y yo ya estaba esperando algo más.

Y eso era lo peor.

Porque no podía identificar en qué momento había empezado a esperar algo de él. No había habido una escena clara, ni una confesión, ni siquiera una cercanía evidente. Todo había nacido en espacios mínimos: silencios demasiado largos, miradas que parecían quedarse un segundo de más, la manera en que él evitaba a todos pero terminaba apareciendo cerca mío igual.

Era absurdo.

Apenas lo conocía.

Pero había algo en Francisco que se sentía familiar de una forma peligrosa. Como si una parte de mí lo hubiera reconocido antes de entenderlo. Y cuanto más intentaba racionalizarlo, más se me escapaba entre los dedos.

En el viaje a la escuela, el viento fresco me golpeó la cara y me despejó un poco más de lo que el café de Elena había logrado. A esa hora de la mañana el pueblo tenía un ritmo más lento, casi tímido: autos aislados, alguna bicicleta solitaria, el sol queriendo romper la capa de nubes grises que seguía quieta sobre los techos. Caminé mirando mis propios pasos porque todavía tenía la sensación de estar partida en dos: una parte ligera, después de la ayuda de Francisco la noche anterior, la otra, pesada, temerosa de que si hablaba demasiado sobre eso, algo se desarmara.

Cuando llegué al portón de la escuela, Eda y Lucía estaban exactamente como las imaginaba: apoyadas en la baranda, riéndose de algo que yo no había escuchado, moviendo las manos como si necesitaran espacio para soltar la energía acumulada. Las dos eran luz ruidosa a la mañana. Yo era otra cosa, algo más callado.

—¡Por fin! —soltó Lucía apenas me vio—. Tenés… no sé, otra cara hoy.

—¿Paso algo nuevo? —bromeó Eda, como si fuera una costumbre mía.

Me reí apenas, una risa suave. Y en ese instante supe que no iba a contarles la verdad. No podía. No quería ver la reacción exacta que ya me imaginaba: un silencio incómodo, una mirada entre ellas, una preocupación mal entendida. No quería cargar con la etiqueta de “frágil”, de “inestable”, de “la chica que tiene ataques”. No quería que mi nombre en sus cabezas se mezclara con términos como ansiedad, crisis, vulnerabilidad. No acá. No tan lejos de casa. No cuando todo era todavía tan nuevo y yo necesitaba encajar, sostenerme, sobrevivir socialmente sin que mis quiebres se volvieran públicos.

Porque una vez que la gente te ve quebrarte, deja de mirarte igual.

Tal vez siguen hablándote normal. Tal vez sonríen igual. Pero algo cambia. Empiezan a observarte como si fueras más delicada que el resto, como si cualquier emoción fuerte pudiera destruirte enfrente de ellos.




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