Hasta que vuelva a mí

Capítulo nueve – “El apagón”

Los primeros dos días no me alarmaron. A decir verdad, ni siquiera me sorprendieron. Francisco nunca había sido una presencia constante en Gramsci; aparecía a destiempo, subía alguna foto aislada que el algoritmo empujaba al fondo, desaparecía durante semanas o contestaba un mensaje tres días después sin dar explicaciones. Era parte de su forma de existir, de su relación con el mundo, de esa manera silenciosa en la que parecía estar y no estar al mismo tiempo.Por eso, cuando pasé un día entero sin ver actividad suya, me convencí de que era normal. No necesario, no ideal… pero normal.

Me repetí que no había motivo para pensar en él. Y sin embargo, pensé. A pesar de todo lo que él ya me había dicho.

Porque el problema no era únicamente su ausencia. Era la forma en que esa ausencia empezaba a ocupar espacio dentro de mí. Como si, sin quererlo, hubiera comenzado a acostumbrarme a notar su presencia incluso cuando apenas existía: el sonido de sus pasos en el pasillo, las respuestas cortas en la cocina, la manera en que evitaba mirar demasiado tiempo a alguien cuando hablaba. Francisco era el tipo de persona que parecía intentar reducirse para no molestar al mundo, y aun así dejaba una sensación extraña cuando desaparecía. Un vacío silencioso. Algo difícil de explicar. Me molestaba reconocer cuánto estaba pendiente de él, porque no tenía sentido. Él mismo se había encargado de levantar distancia entre nosotros una y otra vez. Y sin embargo, había algo en su forma de romperse en silencio que hacía imposible mirar hacia otro lado después de haberlo visto de cerca.

Mientras me vestía, sentí que el gris de la mañana se filtraba también en mí, como si el día entero hubiera decidido bajar el brillo sin consultarme. No había nada objetivamente distinto: la misma luz opaca entrando por la ventana, el mismo crujido del piso de madera cuando caminaba, el mismo olor tenue a pan tostado y café desde la cocina. Pero había algo que no terminaba de encajar, una especie de silencio previo, como cuando una película es puesta en pausa justo antes de mostrar algo importante.

Me quedé un momento quieta frente al espejo, con el teléfono en la mano, dudando si abrir Gramsci otra vez. No hacía ni dos minutos que lo había cerrado, pero esa ausencia suya se me había vuelto una especie de presión muda que intentaba ignorar. No lo abrí. Guardé el celular en el bolsillo y bajé las escaleras despacio, como si cada escalón pudiera ofrecerme una respuesta o confirmarme si de verdad había algo mal. Y a medida que descendía, el aire cambiaba: no era frío ni pesado, pero sí distinto, más contenido, como si la casa entera estuviera exhalando con cuidado para no romper algo delicado.

Él no había bajado.

Al principio intenté no darle importancia. Me serví café, me senté, fingí interés en el movimiento tranquilo de la cocina. Pero el cuerpo siempre entiende antes que la cabeza. Había algo raro en esa ausencia. No porque él fuera especialmente sociable antes, sino porque incluso en sus peores días existía cierta rutina mínima: bajar tarde, tomar agua, decir dos palabras, desaparecer otra vez. Esa mañana no hubo nada. Y fue extraño cómo empecé a notar pequeños detalles que antes habrían pasado desapercibidos: la mirada rápida que Elena dirigía de vez en cuando hacia el techo, el modo en que Giovanni chequeaba el reloj sin motivo, el silencio demasiado cuidado entre ambos. Como si llevaran horas intentando actuar normal y el esfuerzo empezara a agotarlos.

La mañana del tercer día amaneció gris, pero no de tormenta, era ese gris plano, sin profundidad, que convierte todo en una versión más apagada de sí mismo. El sonido del portón abriéndose fue lo primero que escuché, seguido del ruido familiar de la cafetera que Elena usaba cada mañana y del arrastre lento de las sillas en la planta baja. Antes, esos ruidos me parecían ajenos, como si pertenecieran a otra vida. Pero ahora tenían algo que se parecía mucho a una rutina, algo que empezaba a ordenarme por dentro, aunque yo todavía no supiera dónde me ubicaba realmente en esta casa.

Mientras me vestía, hubo un segundo uno mínimo, apenas un gesto automático en el que agarré el teléfono sin querer admitir el motivo. Abrí Gramsci .

Nada.

Ni historias, ni publicaciones nuevas. Ni siquiera el pequeño punto verde que aparecía a veces cuando él se conectaba unos segundos. Era como mirar una habitación vacía que antes tenía luz. Cerré la aplicación rápido, como si ese gesto pudiera frenar el pensamiento que empezaba a colarse entre mis costillas. Me dije que estaba exagerando. Que él era así. Que nada tenía por qué ser diferente esta vez.

Bajé por la escalera sintiendo ese silencio espeso que no suele ser parte de una casa habitada. No era el silencio calmado del amanecer, era uno tenso, como si algo estuviera fuera de lugar pero nadie supiera exactamente qué.

Pero más allá de lo que veía, había algo en cómo ocupaban el espacio que me puso alerta. La cocina no estaba desordenada ni ruidosa, pero tampoco viva. Era como si cada objeto la olla al fuego, la taza a medio servir, el diario sin leer hubiera quedado suspendido en mitad de un movimiento. Tuve la impresión de que habían interrumpido una conversación apenas escucharon mis pasos bajar por la escalera, una conversación que los había dejado tensos, como si intentaran retener adentro un problema que no querían que se derramara sobre mí. Esa contención, ese esfuerzo por mantener la normalidad, fue lo primero que me hizo entender que algo no estaba bien, incluso antes de que dijeran una sola palabra.

Cuando entré al comedor, lo entendí. Elena estaba de espaldas, inclinada sobre la olla del desayuno, pero revolvía sin ritmo, sin atención real, como si necesitara mover algo solo para no quedarse quieta. Giovanni estaba sentado con el diario, pero no leía: sostenía la hoja abierta sin pasarla, con la mandíbula apretada.




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