Hasta que vuelva a mí

Capítulo ocho – “Los ecos del feed”

Me desperté más tarde de lo habitual, como si el sueño hubiese sido una especie de cortina pesada que alguien hubiera levantado recién con la primera luz. La habitación estaba fría, el tipo de frío que se siente en las paredes antes que en el cuerpo. Cuando me coloqué las medias y bajé por las escaleras, tuve la sensación de que la casa estaba más grande, como si el silencio abriera espacio donde no lo había.

A mitad de la escalera escuché voces. No eran discusiones ni risas, eran voces bajas, sostenidas, como cuando dos personas hablan de algo serio pero no quieren que el resto de la casa se entere. Frené un segundo, dudando si bajar o volver. No quería parecer metida, pero tampoco iba a quedarme en el escalón esperando que terminaran.

Seguí.

Al llegar al pasillo, la voz de Giovanni fue la primera en distinguirse. Sonaba firme, pero tranquila, como si estuviera intentando sostener una conversación delicada sin presionar demasiado. La de Francisco, en cambio, era más baja, con ese tono que usaba cuando creía que cualquier palabra de más podía volverse un problema. Me quedé quieta un instante antes de doblar hacia la cocina, no para escuchar a propósito, sino porque mi cuerpo simplemente dejó de avanzar. Era involuntario. Algo en la forma en la que hablaban me hizo querer esperar.

No tuve que entrar para escucharlo. La puerta estaba apenas abierta, lo justo para que las palabras salieran deformadas, cargadas, como si arrastraran algo más que sonido. Me quedé en el pasillo, quieta, sintiendo que el aire ahí era más pesado que en el resto de la casa, como si algo se hubiera acumulado durante demasiado tiempo sin salir.

—No es que no quiera —dijo Francisco, pero no sonó como una explicación, sonó como alguien cansado de repetir lo mismo—. Es que no puedo. No me sale, ¿entendés? Desde el accidente todo es igual, todo pesa igual, todo cuesta lo mismo, y ya me cansé de hacer como que eso va a cambiar en algún momento. No va a cambiar.

No hubo respuesta inmediata. Él siguió.

—Y ahora aparece ella y lo único que hace es desordenar todo —su voz se tensó, se volvió más filosa—. Yo ya estaba… no bien, pero estaba tranquilo. Solo. Sin tener que pensar en nadie, sin tener que medir lo que digo, lo que hago, lo que parezco. Y ustedes vienen con esto otra vez, con insistir, con empujar, como si hubiera algo que arreglar en mí.

Se escuchó un golpe seco, breve, contenido.

—No hay nada que arreglar —dijo más fuerte—. No hay proceso, no hay mejora, no hay “tiempo”. Esto es lo que hay. Esto. Y si no les alcanza, entonces dejen de mirar, porque yo no voy a cambiar para que a ustedes les resulte más fácil estar cerca. Ya lo intente y termine en un internado lejos de lo que creía mi casa, ahora estoy aqui de vuelta.. Ustedes insitieron en que yo volviera y ahora se estan arrepintiendo. No me intenten hacer creer que es por mi bien.

El silencio que siguió no alivió nada. Giovanni habló con cuidado, pero ya se notaba la tensión.

—No estamos pidiéndote que cambies y mucho menos nos arrepentimos de tenerte aquí, eres nuestra familia, sin embargo queremos que pongas de tu parte. —dijo—. Estamos intentando que no te encierres hasta desaparecer. Es lo unico que queremos... verte bien.

Francisco soltó una risa corta, sin humor.

—¿Desaparecer? —repitió—. Ya desaparecí. Hace rato. Lo que pasa es que ustedes siguen fingiendo que no. Ustedes piensan que por tener una actitud positiva mi vida va dejar de ser un asco, pero murieron... mi verdadera familia, mis padres, yo estoy solo y ustes se tiene que hacer cargo porque no hay nadie mas...

—No funciona asi, 5te estas cerrando en tu mundo y no podes ver que tu vida pude ser distintina—respondió Giovanni, más firme—.

—Sí funciona —lo cortó él, rápido—. Porque no tengo que lidiar con nadie estando encerrado. No tengo que explicar nada. No tengo que decepcionar a nadie. Cuando estoy solo, al menos todo es predecible. Todo es manejable. No tengo que… sostener nada. Y ustedes no lo entienden, estoy cansado.

La palabra quedó pesada, como si le molestara haberla dicho.

—Hablar podría ayudarte —intentó Giovanni.

—No —respondió Francisco de inmediato, seco—. No ayuda. Ya hablé y stedes lo saben, cuando estalle antes de ir al internado todo se fue al carajo. Ya lo hice. Y no cambio nada. Lo único que cambia es que te cansás más rápido. Que el otro se cansa. Siempre termina igual. Siempre.—El aire se volvió más denso, como si no circulara. —No necesito hablar con nadie —añadió—.

—Estar solo y mal, con tu cabeza taldrandote en la noche y sientiendote culpable y mal día tars día no te va hacer mejor, lo onico que va a lograr es que te deprimas mas de lo que ya estas, te veo... No me podes pedir que no intente hacer algo —dijo Giovanni.

—Estoy bien así como estoy —contestó él, con una rigidez casi caprichosa—. Me alcanza y me sobra. No quiero más que esto.

Hubo un movimiento, una silla arrastrándose apenas.

—Buscá otra forma, algo nuevo, distintio. —insistió Giovanni—.

—¿Qué otra forma? —la pregunta salió cargada, irritada.

Un segundo de pausa.

— Aubri.

—No —dijo Francisco al instante, más fuerte—. No la metas en esto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.