Hasta quemar el cielo

Capítulo 1 | Ruptura

— ¿Qué prefieres, vainilla o chocolate? —pregunta Elena, con los labios manchados de fresa y una sonrisa traviesa mientras da otra lamida a su cono.

— Chocolate, siempre chocolate —respondí con firmeza, como si fuera la decisión más importante del día.

Nos acercamos al mostrador de helados. Una chica con cofia rosada y expresión aburrida tomó mi pedido sin mucho entusiasmo.

— Un helado de chocolate, por favor —le dije.

Ella asintió, comenzó a llenar el cono con movimientos mecánicos y, unos segundos después, me lo extendió con un suspiro cansado.

— Aquí tienes. Helado de chocolate.

— Gracias — respondí, tomando el cono como si fuera un pequeño premio de consolación por sobrevivir la semana.

Elena pagó mientras yo daba la primera lamida. El frío dulce se deshizo en mi lengua y suspiré sin querer.

— ¿Ves? Este es el tipo de decisiones que sí valen la pena —le dije, con media sonrisa.

— No me extraña que seas tan dramática —se burló—. Pero sí, tienes razón. Hoy es para decisiones simples.

Nos alejamos caminando por el pasillo principal, rodeadas de vitrinas llenas de luces, descuentos y maniquíes vestidos como si fueran a una gala en lugar de a una cafetería. El centro comercial estaba lleno, pero no tanto como para agobiarnos. Una música pop sonaba de fondo, y por un instante, todo se sentía correcto.

— Esperaba que hoy si puedas ayudarme con mi proyecto de ciencias — volteó a verme Elena con esa mirada característica suya cuando quería pedirme algo.

— Vamos, me prometiste que si te compraba un helado lo harías — insistió, dándole otra lamida a su cono de fresa.

— Pero no dije cuándo — dije para luego comer de mi helado, ya se estaba empezando a derretir un poco. El calor afuera era insoportable, y el aire acondicionado del centro comercial apenas lograba hacerlo tolerable

Volteé a verla y ahí estaba esa cara. Esa mirada suplicante con las comisuras de los labios arrugadas hacia abajo, como una caricatura de perrito triste. Por un segundo, juro que vi a la Elena de diez años otra vez. Pequeña, ingenua, con esa misma expresión que usaba para pedirme que la dejara ver películas de terror conmigo, aunque luego no pudiera dormir sola.

Y eso bastó.

— Está bien, te ayudaré, pero tienes que prometer que la próxima vez intentaras hacerlo tu misma — dije para comer otra vez de mi helado.

— Prometido —dijo enseguida, sin pensar. Aunque ambas sabíamos que esa promesa no valía mucho.

Luego de que los helados se acabaron y con eso nuestra charla de hermanas, nos levantamos del banco en donde nos encontrábamos y decidimos explorar las tiendas del centro comercial. Nos reíamos, sin prisa, caminando entre vitrinas brillantes y pasillos perfumados con aromas de comida rápida y tiendas de cosméticos. Desde el segundo piso, se veían las fuentes centrales del centro comercial, burbujeando tranquilas, ajenas a todo.

—Extrañaba mucho esto — Elena me miró extrañada, aunque la confianza era mucha, no solemos hablar de temas tan sentimentales. — Se que la universidad consume todo mi tiempo, pero prometo estar mas presente.

— ¿Tú sentimental? ¿Quién eres y qué hiciste con mi hermana? — dijo entre risas, dándome un pequeño empujón con el codo.

— Calla. Estoy teniendo un momento profundo — respondí fingiendo estar ofendida, aunque ambas sabíamos que no duraría mucho.

— Entonces anótalo, momento histórico: Dalia confesó que me extraña.

— Tonta — reímos juntas, como si el mundo no pudiera tocarnos.

Caminamos con calma por el pasillo de mosaicos brillantes, con bolsas colgando de los brazos y restos de helado aún en los dedos. El aire acondicionado del centro comercial nos daba un alivio delicioso frente al calor de afuera. Había niños corriendo, parejas tomándose fotos y el sonido clásico de bullicio humano.

— Oye, antes de irnos, me gustaría pasar a buscar unos aretes — dijo Elena con una sonrisa adornando su rostro.

— Dios mío, ¿más tiendas?

— Solo será un minuto… o tal vez dos.

Solo rodeé los ojos, pero sonreí

— Que sea rápido, creo que ya no siento mis pies — después de decir lo ultimo Elena entro a la lujosa tienda.

Fue entonces que lo vi, un hombre alto, cabello claro y con un aura misteriosa, caminaba apurado con una caja entre los brazos llena de libros, parecía distraído. Se acercaba a un pilar y el parecía no darse cuenta. Y el choque fue inevitable.

La caja se inclinó y varios libros cayeron de golpe en las baldosas, no dude un segundo en ayudar.

— ¿Te encuentras bien? —pregunté, mientras recogía algunos libros del suelo.

— Si…suelo ser muy torpe — respondió el chico misterioso con una media sonrisa, mientras se agachaba para recoger el restante de libros. — Perdón por molestarte.

Podía notar cómo llevaba una mano a su cuello, frotándolo con un gesto distraído, casi nervioso. Tenía el cabello oscuro, ligeramente despeinado, y unos lentes que no lograban ocultar del todo la intensidad de su mirada.




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