Me soltaron cuando mis piernas ya no podían sostenerme.
Caí de rodillas sobre el pavimento húmedo sin sentir el golpe, me sentía vacía, lagrimas empapaban mis mejillas y una opresión en el pecho no me dejaba respirar. Mis manos temblaban, sintiendo la ausencia de Elena.
Alguien me hablo, pero no entendí las palabras. Todo sonaba lejanos, distorsionado, como si estuviera bajo el agua.
— Elena….
Lo dije en voz baja, como si pronunciar su nombre pudiera traerla de vuelta. Hacía apenas unos minutos, Elena estaba ahí. Su mano apretando la mía. Su risa, su voz, su vida. Y ahora solo quedaba la reja cerrada del centro comercial y el ruido ensordecedor de las sirenas.
Quise levantarme para volver a entrar y empujar a quien fuera necesario. Gritar, pero no lo logre. Frente a mí, hombres armados apuntaban hacia el edificio, pero ninguno avanzaba. Nadie cruzaba. Nadie la buscaba.
—Mi hermana sigue ahí —dije, con la voz rota pero no hubo respuesta. Y por primera vez, el miedo dejó de ser al ruido, a las armas o a la muerte. El miedo fue pensar que tal vez Elena no volvería a salir.
El miedo no se fue, se quedó ahí, apretándome la garganta y volviéndose mas pesado con cada segundo que pasaba sin noticias.
Intenté tragar saliva, pero la boca se me había quedado seca. El sabor metálico en la lengua no se iba, como si aún respirara el polvo del interior del centro comercial. A mi alrededor, la gente hablaba demasiado rápido o no hablaba en absoluto. Algunos lloraban sentados en el suelo, otros gritaban nombres que no obtenían respuesta.
Yo solo podía pensar en Elena.
En su mano resbalando de la mía, su voz llamándome desesperada entre el ruido. En la forma en que siempre decía mi nombre cuando tenia miedo.
Me levanté con torpeza. Las piernas me flaquearon al dar el primer paso, pero seguí avanzando, empujada más por el pánico que por la fuerza. Cada metro que me acercaba a la reja cerrada me hacía sentir más lejos de ella.
Sirenas atravesaban el aire como lamentos constantes, y las luces de los vehículos militares teñían el asfalto de rojo y azul, una y otra vez, como si intentaran advertirnos de algo que ya había ocurrido. Soldados avanzaban cerrando accesos, levantando barreras metálicas, empujando a la gente hacia atrás con órdenes firmes y rostros duros. En cuestión de minutos, el centro comercial quedó aislado del resto de la ciudad.
Yo estaba ahí, respirando a medias, con el eco del último grito de Elena aun vibrándome en los oídos.
Un helicóptero apareció sobre nosotros, tan bajo que el viento me azotó el cabello contra el rostro. El ruido fue ensordecedor. Algunos se cubrieron la cabeza, otros se tiraron al suelo. Entonces, una voz emergió de una radio cercana, distorsionada, amplificada, inhumana.
—Si alguien intenta ingresar, ejecutaremos a un rehén.
No hubo pánico inmediato. Hubo silencio, ese tipo de silencio espeso que se instala cuando todos entienden los mismo al mismo tiempo.
A pocos metros, un puesto de mando móvil concentraba la actividad. Pantallas encendidas mostraban planos del edificio, puntos marcados en rojo, rutas bloqueadas. Un hombre de porte firme dirigía todo con voz grave y controlada. Nadie lo interrumpía sin permiso.
—Confirmen el resto de los reportes —ordenó.
La respuesta llegó superpuesta, urgente.
—Incidentes simultáneos en otros puntos de la ciudad. Plazas públicas, estaciones, centros de transporte — dijo otro militar, con la misma autoridad del anterior. —No es un solo grupo.
El hombre cerró los ojos un segundo.
—Esto fue planeado durante años —dijo finalmente—. Nadie entra sin orden directa.
Protocolo. La palabra se volvió una muralla invisible.
Las fuerzas especiales estaban ahí, armadas, listas… inmóviles. Las radios no dejaban de emitir transmisiones confusas: amenazas de nuevas explosiones, mensajes que hablaban de negociaciones avanzadas, contradicciones constantes. Alguien estaba jugando con el tiempo. Y estaba ganando.
Yo solo podía pensar en Elena.
En que seguía ahí dentro. En que cada minuto que pasaba era una moneda lanzada al aire.
—Mi hermana… —dije en voz alta, sin saber a quién—. Mi hermana sigue ahí.
Nadie respondió.
Fue entonces cuando lo vi.
Lo reconocí como militar incluso antes de ver el uniforme completo. No era joven, tampoco parecía cansado. Estaba quieto, demasiado quieto, como si el caos no lo alcanzara. Cuando me miró, sentí que ya había decidido algo… y que yo no estaba incluida en esa decisión.
—Déjeme pasar —le dije, intentando que mi voz no temblara.
Cuando giró hacia mí, lo hizo despacio. Su mirada era fría, analítica, de esas que no buscan consuelo ni lo ofrecen. Solo me observaba, como midiendo qué tan peligrosa era mi intención.
—No va a suceder —respondió sin alzar la voz, no lo necesitó.
—Mi hermana está ahí dentro. —Mi voz se rompió un poco, pero no retrocedí—. Tengo que ayudarla.
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Editado: 13.01.2026