Hasta quemar el cielo

Capitulo 3 | Los errores cuestan vidas

El centro comercial no era silencio, era algo peor.

Era un murmullo constante, casi imperceptible, como si el edificio siguiera respirando a pesar de estar herido. El zumbido irregular de las luces de emergencia, el crujido distante del metal dilatándose, un golpe seco en algún lugar demasiado lejano para identificar. Todo se mezclaba en una atmósfera espesa, cargada, que se me metía en los pulmones con cada respiración.

La puerta de servicio se cerró detrás de mí con un chasquido ahogado y me quedé quieta.

No porque alguien me lo hubiera dicho, sino porque mi cuerpo lo decidió antes que mi mente. La espalda pegada al metal frío, los dedos entumecidos alrededor del arma que todavía no sentía como mía. El corazón golpeándome con fuerza en el pecho, tan fuerte que temí que alguien pudiera escucharlo. Y esperé.

Un segundo.
Dos.
Tres.

Nada.

Nadie gritó. Nadie disparó. Nadie me tomó del brazo para arrastrarme fuera. El mundo no reaccionó a mi presencia. Y eso me dio más miedo que cualquier alarma.

Me separé de la puerta con cuidado, como si el mínimo sonido pudiera delatarme. El pasillo de servicio era estrecho, sin escaparates, sin referencias familiares. Paredes grises, sucias, marcadas por años de uso invisible. Este no era un espacio para personas. Era un lugar de tránsito, de sombras, de cosas que no importaban.

Como yo ahora mismo, pensé.

Avancé despacio. Cada paso me parecía demasiado alto, demasiado evidente. El suelo crujía bajo mis botas y me detuve más de una vez, conteniendo la respiración, esperando que alguien respondiera a ese sonido.

No lo hicieron.

Pero eso no significaba que no estuvieran ahí.

Sabía que Umbra usaba las cámaras. Lo sabía desde que escuche a los militares hablar. Pude ver en sus grandes pantallas la manera en que se movían con seguridad, como si el edificio les perteneciera. Pero también sabía algo más: ningún sistema es perfecto. Ningún control es absoluto. Los puntos ciegos existen y yo estaba apostando mi vida a uno de ellos.

El arma pesaba más a cada minuto. No por su tamaño, sino por lo que representaba. No estaba hecha para mí. No era parte de mi cuerpo. Era una promesa que no sabía si podía cumplir.

Por Elena, me repetí.

Seguí avanzando hasta que el pasillo desembocó en una zona más amplia. Una tienda cerrada, la cortina metálica a medio bajar, como si alguien hubiera huido a mitad de un pensamiento. El reflejo distorsionado de mi silueta se dibujaba en el metal: pequeña, tensa, armada.

Entonces lo sentí.

No fue un sonido claro. No fue un paso reconocible.

Fue una presencia.

El aire cambió a mi espalda. La piel se me erizó en los brazos, en la nuca. Algo o alguien estaba demasiado cerca. Mi estómago se contrajo con violencia y el miedo me subió por la garganta, ácido, paralizante.

Me giré apenas, lo justo para confirmar que no estaba imaginando cosas. Pero no pude ver nada, el pasillo estaba vacío al contrario de mi mente imaginando escenarios en donde no se me favorecía.

Escuché un roce. Una respiración mal contenida. Un movimiento que no quería ser oído. El arma subió en mis manos casi por instinto, no sabía si apuntaba bien. No sabía si estaba lista. No sabía absolutamente nada, excepto que, si me equivocaba, no habría una segunda oportunidad.

No te congeles.

Un pensamiento que no era del todo mío se abrió paso entre el pánico. Entonces él salió de la sombra. No dio tiempo a gritar.

El hombre apareció con la naturalidad de quien ya ha decidido matar. El arma levantada, la postura firme, el rostro cubierto por una máscara que lo deshumanizaba por completo. No había duda en sus movimientos. No había prisa. Sabía que tenía el control. Y yo no. Aprete el gatillo con todas mis fuerzas, tratando de apuntar al objetivo, pero no sucedió nada. El clic fue suave, casi ofensivo.

El mundo se me vino abajo en ese instante. El terror me atravesó de lleno, brutal, absoluto. Intenté disparar de nuevo, con más fuerza, con desesperación, como si el arma pudiera entender mi urgencia.

El disparo sonó de todos modos.

Fue tan fuerte, tan cercano, que sentí el impacto antes de entenderlo. El aire me golpeó el cuerpo, el eco rebotó en las paredes, y por un segundo eterno creí que ese sonido era el final. Pensé que me había dado. Y en ese instante, el tiempo se volvió espeso e irreal. Bajé la mirada, buscando sangre, buscando dolor, buscando una explicación para el temblor que me recorría entera. Mis manos no me respondían. Las piernas amenazaban con ceder.

Estoy viva, pensé, incrédula.

El cuerpo ahora inerte frente a mi yacía en el suelo sobre un charco creciente de sangre, su arma rodó unos metros antes de detenerse.

—No mires — La voz vino de atrás. Grave, controlada y demasiado cerca.

Alguien me tomó del brazo y me hizo retroceder con firmeza. No fue violento, pero no admitía discusión. Sentí un cuerpo colocarse delante del mío, una barrera.

—No ahora —repitió.

Levanté la vista y él estaba ahí, el militar de antes. El arma en sus manos aún humeaba ligeramente, su expresión no era de alivio. Era de concentración pura, de alguien que sigue en peligro incluso después de haber disparado.




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