Hasta quemar el cielo

Capitulo 4 | Umbra

El centro comercial parecía observarnos. Las luces de emergencia parpadeaban, algunas con un zumbido eléctrico que erizaba la piel. En algún lugar, una canción suave seguía sonando en loop, una melodía diseñada para tranquilizar, ahora deformada por la repetición infinita. Cada nota se sentía fuera de lugar, como una risa en un velorio. Logré distinguir maniquíes a lo lejos y por un segundo pensé que eran personas.

—Postura —dijo mi acompañante de repente.

—¿Qué? — dije mientras mi cuerpo se tensaba

Él se acercó, me ajustó el ángulo del arma con dos dedos firmes, profesionales. De forma instantánea di un paso atrás de inmediato, sacudiéndome como si el contacto quemara.

—No me toques. — dije, pero el no reacciono.

—Así no apuntas —dijo—. Si vuelves a fallar, no habrá segunda oportunidad.

—No pedí que me siguieras.

—Y yo no pedí que me robaras el arma.

No se acercó. No intentó quitarme nada. Solo me observó con esa mirada calculadora, como si estuviera evaluando daños. No a mí. A la situación.

—Pero aquí estamos —añadió—. Y si vas a sostener eso, hazlo bien. — levantó la mano, señalando sin tocar. Su voz no se elevó. No necesitó hacerlo.

—Estás rígida. El cuerpo ya decidió huir, pero tus manos aún no se enteran. Cuando dispares así, fallarás. Y fallar aquí… —dejó la frase incompleta.

No necesitaba que la terminara. Apreté los dientes. El arma tembló apenas. No por miedo sino por rabia.

—No soy soldado —dije— No pienso como tú.

—Lo sé —respondió de inmediato—. Y por eso sigues viva.

La frase no fue consuelo. Fue sentencia.

Me giré para mirar el cuerpo una vez más. Estaba torcido en una posición imposible, los ojos abiertos, la boca entreabierta como si todavía quisiera decir algo. No parecía un monstruo. No parecía Umbra. Parecía… alguien. Alguien que había estado respirando hacía unos segundos.

Tragué saliva.

Di un paso atrás. Luego otro. El espacio parecía cerrarse, como si el centro comercial respirara lento, expectante. Las cámaras sobre nuestras cabezas giraron con un sonido casi imperceptible. No supe si fue real o si mi mente ya estaba buscando amenazas donde no las había.

—Nos están viendo —murmure

—Desde antes de que entraras.

Eso me heló.

—Entonces, ¿por qué no nos detuvieron?

—Porque Umbra no persigue —dijo—. Observa, aprende y decide.

Lo miré por primera vez de verdad. No buscando protección. Buscando respuestas.

—¿Decide qué?

—Quien vale la pena, para ellos no somos importantes… todavía.

Un altavoz chisporroteó a lo lejos. No llegó a encenderse del todo, pero el sonido bastó para que el aire se tensara. El militar levantó la vista de inmediato, alerta, con una memoria muscular que me provoco escalofríos.

—Tenemos que movernos —ordenó.

No lo hice de inmediato.

—Mi hermana está aquí —dije—. No voy a retroceder. No voy a esperar.

Me sostuvo la mirada durante un segundo largo, pesado. Luego habló, por primera vez sin dureza, pero tampoco con compasión.

—Entonces deja de disparar como si el mundo te debiera tiempo.

Se giró y comenzó a avanzar entre las sombras.

—¿Y tú qué sabes de Umbra? —le exigí, siguiéndolo—. Porque actúas como si ya los conocieras.

—Lo suficiente para saber que si te hablan… —hizo una pausa mínima— …no es por error.

El peso de esa frase me cayó encima como una advertencia. Un altavoz chisporroteó. Se encendió y apagó. Luego, una voz distinta a la anterior, calmada, casi reflexiva, llenó el espacio.

Toda vida tiene peso —dijo—. El equilibrio exige decisiones difíciles.

No pude evitar sentir frio, el miedo me inundaba y no dejaba de pensar en Elena, solo imaginar su sufrimiento y el miedo que debe de sentir me parte el alma. La desesperación por encontrarla me invadía cada vez mas y la impotencia que sentía me carcomía la mente.

Pude notar como el cerró los ojos un instante, como ideando un plan. Cuando los abrió, había algo distinto en su mirada. Algo antiguo.

—Esto no es improvisado —dijo—. No buscan caos. Buscan control.

—¿Y los rehenes? —pregunte con un hilo de voz—. ¿Dónde entran ellos en su equilibrio?

Pero él no respondió de inmediato.

—No lo sé —dijo al fin—. Y eso es lo que más me preocupa.

Avanzamos unos metros más antes de que me diera cuenta de algo incómodo: no sabía cómo llamarlo. Habíamos intercambiado órdenes, reproches, silencios pesados. Él me había salvado sin preguntar, corregido sin suavidad, seguido sin permiso. Pero para mí seguía siendo solo el militar, una presencia firme y distante que caminaba siempre un paso adelante, como si el mundo fuera una línea recta que solo él supiera leer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.