El centro comercial ya no parecía un edificio, parecía una criatura herida que seguía respirando a oscuras.
El silencio no era ausencia de sonido; era una presión constante en los oídos, como si el aire se hubiera vuelto espeso. Cada paso resonaba demasiado fuerte, incluso cuando intentaba pisar con cuidado. El suelo estaba frío, cubierto de restos que crujían bajo mis botas: vidrio, plástico, algo blando que preferí no mirar demasiado tiempo. El olor era una mezcla amarga de pólvora, metal quemado y comida abandonada, como si la normalidad hubiera sido arrancada de raíz y dejada a pudrirse.
Pensé en Elena. No en donde estaba, no en si estaba viva. Pensé en su risa de hacía unas horas, en cómo me había reclamado por no estar más tiempo con ella, en la forma en que me miró cuando prometí volver a estar presente. Ese recuerdo me golpeó más fuerte que cualquier explosión.
—Respira —dijo Elías a mi espalda.
No me había dado cuenta de que estaba conteniendo el aire.
—No me digas qué hacer —respondí en voz baja, con la garganta cerrada.
—Si entras en pánico, te mueres —contestó, sin dureza, pero sin empatía tampoco—. Y si tú te mueres, ella también.
Me giré hacia él, furiosa.
—No te atrevas a usarla contra mí.
Sus ojos no se suavizaron. No había culpa ahí. Solo certeza.
—Ya lo están haciendo ellos —dijo—. Yo solo te lo digo para que no lo olvides.
Entonces, el sonido. Un clic, seco y metálico. Me detuve en seco, el corazón desbocado.
—¿Escuchaste…?
No terminé la frase. El altavoz se activó con un estallido de estática que me hizo llevarme la mano al pecho. La voz surgió después, distorsionada, profunda, sin rastro de emoción humana.
—Van tarde.
Sentí un frío que no tenía nada que ver con la temperatura.
—¿Tarde para qué? —pregunté, sin pensar.
Elías levantó la mano, indicándome silencio, pero la voz continuó.
—El equilibrio no espera.
Las cámaras de seguridad comenzaron a moverse, una por una, girando lentamente hasta enfocarnos. No era vigilancia caótica. Era atención plena. Éramos el centro de algo.
—Nos ven —susurré—. Todo el tiempo lo hacen.
—Sí —respondió Elías—. Y no han disparado.
—Eso no me tranquiliza.
—No debería
Cada paso que dábamos parecía autorizado por alguien más, como si el suelo mismo supiera que no debería estar allí. Las luces de emergencia parpadeaban con un ritmo irregular, demasiado lento para ser tranquilizador, demasiado constante para ser casual. No había eco verdadero: los sonidos no rebotaban, se apagaban, absorbidos por la estructura misma del lugar. Era un silencio vigilado.
Comencé a avanzar con el arma aun mal sostenida, los dedos rígidos y con el pulso traicionero. No por miedo a disparar, sino por miedo a fallar. A fallarle a Elena. A mi misma. A esa promesa silenciosa que se había hecho cuando la multitud me separo de ella, como si fuera una sobreviviente equivocada.
Detrás de nosotros se podían escuchar pasos a lo lejos pero no eran fuertes ni apresurados, sino controlados. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente y me giré bruscamente apuntando con torpeza con el arma temblándome en las manos.
—No te acerques —dijo, con la voz más firme de lo que se sentía por dentro.
Elías me detuvo de inmediato, las manos visibles, el gesto severo.
—Así no apuntas —dijo—. Si vuelves a fallar, no habrá segunda oportunidad.
Las palabras no fueron duras. Fueron precisas. Eso fue lo que dolió.
El silencio entre ambos fue denso, incómodo, cargado de cosas no dichas. Sentí el impulso de retroceder, no por él, sino por todo lo demás. Por las cámaras que no podía ver, pero sabía que estaban ahí. Por la certeza creciente de que cada respiración estaba siendo observada.
—Si vas a decirme que vuelva afuera —dije con un hilo de voz tensa—, ahórratelo.
—No voy a decirte eso.
—Entonces no me estorbes.
Elías dio un paso más cerca. No invadiendo. Midiendo.
—Si sigues así —dijo—, no llegas ni al siguiente pasillo.
—¿Y tú sí? —repliqué—. ¿Con todas tus reglas, tus protocolos, tus silencios?
Por un segundo, algo cruzó el rostro de él. No culpa. Algo más antiguo.
—Yo ya vi lo que pasa cuando alguien entra aquí sin saber contra qué pelea.
Antes de que pudiera responder, el altavoz se activó. La estática explotó en el aire como una herida abierta.
—Siguen avanzando mal.
El sonido me afecto mas de lo que hubiese querido, un nudo se instaló en mi estómago, como su alguien hubiera pronunciado mi nombre sin conocerlo y aun así supiera todo sobre mi.
—¿Quién eres? —pregunte, alzando la voz.
Las cámaras comenzaron a girar. Lentamente. Todas al mismo tiempo.
#593 en Thriller
#226 en Suspenso
#300 en Joven Adulto
atentado, accion amor, acción aventura ficción crimen misterio
Editado: 13.01.2026