Hasta quemar el cielo

Capitulo 6 | Elena

El primer error fue soltarle la mano.

No fue una decisión. Ni siquiera un pensamiento. Fue el cuerpo reaccionando: un empujón desde atrás, un peso cayendo sobre mí y un golpe seco en el hombro que me hizo perder el equilibrio. Mis dedos se deslizaron de los de Dalia como si nunca hubieran encajado del todo, como si el sudor y el miedo hubieran vuelto resbaladiza cualquier promesa.

Sentí el vacío de inmediato.

—¡Dalia! —grité, con la voz rota, sin reconocerme.

Su nombre no se perdió en los disparos, se perdió en algo peor: el sonido de la gente dándose cuenta. Ese murmullo espeso que precede al desastre, cuando el aire cambia y todos entienden, al mismo tiempo, que ya no están a salvo. Nadie corría aún. Nadie gritaba del todo. Pero algo se estaba rompiendo.

La vi.

Solo un segundo.

Dalia se giró, pálida, los ojos enormes, buscándome con desesperación. Levantó el brazo, como si pudiera alcanzarme por encima de los cuerpos. Dio un paso hacia mí. Uno solo. Lo suficiente para que yo creyera, por un instante absurdo, que aún podía volver a tomar su mano.

Alguien se cruzó entre nosotras. Después, el sonido que partió el mundo en dos.

Un disparo.

No supe de dónde vino. No supe a quién iba dirigido. Solo sentí cómo el suelo temblaba bajo mis pies y cómo el orden se desintegraba. La multitud estalló. Gritos que no parecían humanos. Cristales rompiéndose como si el edificio estuviera sangrando. Cuerpos empujando, cayendo, levantándose a ciegas.

Intenté avanzar. De verdad lo intenté.

Me abrí paso a empujones, llamándola, estirando el brazo hasta que me dolieron los músculos. Sentí uñas clavándose en mi piel, un codo en las costillas, el aire escapándose de mis pulmones. Tropecé, estuve a punto de caer, pero me sostuve de lo primero que encontré: una chaqueta ajena, un cuerpo temblando tanto como el mío.

—¡Dalia! —volví a gritar, con más rabia que miedo.

No la vi.

Una mano fuerte me sujetó desde atrás, cerrándose sobre mi boca antes de que pudiera inhalar de nuevo. Mi primer impulso fue morder, golpear, resistir con todo lo que tenía. Sentí el pánico explotar en el pecho, salvaje, descontrolado.

—No mires atrás —dijo una voz desconocida, pegada a mi oído—. Si te paras, te disparan.

No era una amenaza. Era un hecho.

Me arrastraron hacia un pasillo lateral que no reconocí. El suelo era más estrecho, las luces más débiles. El ruido del centro comercial quedó atrás, amortiguado, pero no desapareció. Seguía ahí, latiendo, recordándome que Dalia estaba al otro lado de ese caos.

Intenté girarme de nuevo. Luché por zafarme.

—Mi hermana está ahí —logré decir, cuando la mano aflojó lo justo.

El pasillo desembocó en un área más amplia, parcialmente a oscuras. Las luces de emergencia parpadeaban con un ritmo irregular, como un pulso enfermo. Había más personas: algunas sentadas contra la pared, otras de pie, inmóviles, abrazándose a sí mismas. Nadie hablaba. El silencio estaba roto solo por respiraciones agitadas y algún sollozo que nadie intentaba consolar.

Me solté de la mano que me había empujado hasta allí.

Di un paso atrás, desorientada, girando sobre mí misma, buscando un rostro conocido entre desconocidos que evitaban mirarse. El cuerpo me temblaba entero, pero no me permití sentarme. No todavía.

—Oye.

La voz vino desde mi izquierda. Suave, pero firme. No sonaba desesperada.

Me giré.

Era una chica de mi edad, quizá un poco mayor. Tenía el cabello recogido de cualquier manera, mechones sueltos pegados al rostro por el sudor. Tenía una cortada superficial en la ceja y la manga de la camisa rasgada, pero estaba de pie. Atenta. Sus ojos se movían rápido, evaluando el espacio.

—Estás sangrando —dijo.

Me llevé la mano a la frente por instinto. Solo entonces sentí el ardor leve, la piel rota.

—No es nada —respondí, aunque la voz me salió más débil de lo que quise.

Ella negó con la cabeza.

—Nada puede esperar. Siéntate, yo te ayudo.

No fue una orden dura. Fue práctica.

Obedecí.

Me dejé caer contra la pared, el frío del azulejo atravesándome la espalda. La chica se agachó frente a mí sin pedir permiso y sacó una toallita de su bolsillo, sorprendentemente intacta.

—Sofía —dijo mientras limpiaba la sangre con cuidado—. Tú no estás bien, pero tampoco estás perdida. Eso es bueno.

—Elena —respondí, respirando hondo para no llorar—. Mi hermana… estaba conmigo.

Sofía no dejó de moverse, pero su mirada se suavizó apenas.

—¿La perdiste en la estampida?

Asentí. El nudo en la garganta volvió a apretar, feroz.

—No quise soltarla.

—Nadie quiere —dijo ella, con una calma que no parecía ensayada—. Aquí todo se suelta igual.




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