Hasta quemar el cielo

Capitulo 7 | Culpa

El centro comercial ya no se sentía como un lugar cerrado, sino como un cuerpo enorme y herido. Cada pasillo que atravesaban parecía más estrecho que el anterior, no porque las paredes se movieran, sino porque el aire se había vuelto denso, pesado, cargado de un silencio extraño que no era ausencia de sonido, sino contención. Un silencio que parecía estar esperando algo.

Caminábamos con los hombros tensos, la mirada fija al frente. Todavía no me he preguntado cuánto tiempo había pasado desde que comenzó todo, porque tenía la sensación de que la respuesta no me ayudaría. El tiempo aquí dentro no se medía en minutos, sino en pasos, en respiraciones contenidas, en la distancia que todavía me separaba de Elena.

Elías avanzaba un poco más atrás, atento a cada cruce, a cada reflejo en los vidrios rotos de las vitrinas. No caminaba con prisa, pero tampoco con calma. Era un ritmo calculado, aprendido, como si su cuerpo ya supiera cómo moverse en lugares donde el error no daba segundas oportunidades.

Doblamos por un pasillo lateral, uno de esos corredores de servicio que casi nadie veía cuando el lugar estaba lleno de gente. El olor cambió. Ya no era comida rápida ni perfumes caros. Era metal, polvo, algo más… algo que no quise identificar.

—Aquí no hay cámaras —dijo Elías en voz baja, sin mirarme—. Al menos no activas.

Me limite a asentir. No porque entendiera del todo cómo lo sabía, sino porque confiaba en esa seguridad tranquila con la que él decía las cosas. Segui caminando unos pasos más antes de detenerme. Apoye una mano contra la pared fría, solo un segundo, como si necesitara comprobar que seguía aquí.

—¿Qué está pasando afuera? —pregunte finalmente.

No levante la voz. No hubo urgencia en el tono. Era una pregunta que llevaba rato formándose, acumulándose con cada paso, con cada imagen mental que no lograba apartar.

Elías se detuvo también. Se tomó unos segundos antes de responder, no por duda, sino por elección.

—Las fuerzas especiales están movilizadas —dijo—. Pero Umbra no solo tomó este lugar.

—¿Cuántos más?

—Al menos dos puntos confirmados. Mismo patrón. Rehenes vivos. Amenazas coordinadas.

Trague saliva. El nombre del grupo pesaba distinto cuando no era solo una idea abstracta, cuando se convertía en una red extendiéndose más allá de ese edificio.

—¿Y si entran? —pregunte—. ¿Si intentan sacarlos?

Elías negó despacio.

—Umbra no improvisa. Si intervienen en uno, responden en todos. Explosivos, ejecuciones… lo que sea necesario para demostrar que van en serio.

Solo pude bajar la mirada al suelo. El pasillo estaba manchado de huellas, algunas claras, otras arrastradas. Me obligo a no detenerme demasiado en eso.

—Entonces están esperando —murmure.

—Sí.

—¿A qué?

Elías me observó unos segundos más de lo estrictamente necesario.

—A que el tiempo haga su trabajo.

Seguimos avanzando. El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero ya no era incómodo. Era pesado, compartido. Cada paso parecía marcar algo invisible, como si el edificio estuviera contando cuántos quedaban.

A medida que nos internábamos más en el edificio, las señales del caos dejaban de ser indirectas. Un carrito volcado. Una bolsa abandonada con objetos personales desparramados. Un zapato solo, tirado cerca de una columna.

Reduje el paso sin darme cuenta. No dije nada. No necesite hacerlo. Elías lo notó igual.

—No mires demasiado —dijo—. No ahora.

—Si no miro —respondió ella en voz baja—, siento que estoy fingiendo que no pasó.

Él no replicó. Caminó un poco más despacio para alcanzarme.

—No estás fingiendo —dijo—. Estás avanzando.

Sabía que tenía razón, pero eso no hacía que el peso en el pecho desapareciera. Pensé en Elena. En la última vez que la vi. En la sensación de sus dedos resbalando. El recuerdo seguía ahí, intacto, como una herida que no sangraba, pero dolía igual.

—¿Cuánto falta? —pregunte.

Elías miró su reloj, luego el pasillo que se abría más adelante.

—No lo sé.

No buscaba consuelo. Solo necesitaba saber que no era la única que caminaba a ciegas.

—Estás forzando el paso —añadió él—. Así es más fácil cometer errores.

Me obligue a regular el ritmo.

—Lo sé —dije—. Pero si aflojo… siento que me quedo atrás.

No lo mire al decirlo. No quería ver compasión ni preocupación. Solo quería seguir.

—Ella está sola —añadí después, casi para mí—. Y yo sigo caminando.

Elías no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz fue firme, sin adornos.

—Y por eso mismo tienes que llegar entera.

Entonces levante la vista. No me defendí. Solo asentí otra vez y retomé el paso.

El pasillo desembocaba en una zona más amplia. La iluminación era irregular. Algunas luces seguían encendidas, otras parpadeaban. Y en el suelo, ya sin posibilidad de ignorarlo, había cuerpos. El hedor comenzaba a expandirse y no pude evitar taparme la nariz. La escena frente a mis ojos me había dejado sin aliento, cuerpos de todas las edades se encontraban esparcidos por todo el lugar, como si nunca hubieran tenido humanidad. Algunos con expresiones de terror, otro con caras relajadas. Solo imagine a Elena, esperando que todo este bien. Y entendí, que el tiempo no solo estaba pasando, estaba cobrando algo. Y nosotros seguíamos avanzando.




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