El pasillo terminó en una puerta metálica sin señalización, apenas distinguible entre dos locales destruidos. No había luces encendidas, solo el resplandor intermitente de emergencia que convertía las paredes en sombras irregulares. Elías se detuvo antes de tocarla, levantó la mano para indicarme que esperara y apoyó la oreja contra el metal. Permaneció así varios segundos, inmóvil, como si el edificio pudiera delatar su respiración.
Yo no dejé de mirar atrás.
Cada tramo recorrido hasta ese punto había sido una negociación silenciosa con el miedo. Nos habíamos movido por corredores secundarios, atravesado tiendas cerradas a medias, esquivado zonas abiertas donde el eco era demasiado limpio. En una ocasión, tuvimos que arrastrarnos bajo una cortina metálica caída, el borde oxidado rozándome el hombro, arrancándome la piel sin que me atreviera a quejarme. No por valentía, sino por agotamiento. El cuerpo aprende rápido cuándo el dolor es un lujo.
Elías finalmente empujó la puerta.
Cedió con un quejido bajo, como si se resistiera a ser abierta después de tanto tiempo. Dentro, el aire era distinto. No limpio, pero quieto. Un cuarto estrecho, sin ventanas, con estanterías metálicas a los lados y cajas apiladas hasta casi tocar el techo. Reconocí el olor de inmediato: electricidad vieja, polvo acumulado, humedad estancada. Un lugar olvidado incluso antes del ataque.
—Entra —dijo él, en voz baja.
Obedecí sin pensarlo. Apenas crucé el umbral, me giré para vigilar el pasillo, el arma todavía en las manos, los dedos rígidos. Elías cerró la puerta con cuidado y aseguró el pestillo improvisado con una barra metálica que encontró apoyada en la pared. No era una cerradura real, pero serviría para ganar tiempo. Aquí todo se trataba de eso.
Tiempo prestado.
Me apoyé contra una de las estanterías y dejé que el peso de mi cuerpo se hundiera de golpe. Las piernas me temblaban ahora que no había que avanzar. El silencio cayó sobre nosotros de forma distinta: no vigilante, sino expectante, como si el lugar mismo estuviera sorprendido de tener visitantes.
—No es permanente —dijo Elías, como si hubiera leído el alivio momentáneo en mi postura—. Solo para reorganizarnos.
Asentí, sin mirarlo. No necesitaba que me lo recordara. Nada aquí lo era.
Me dejé caer al suelo, despacio, apoyando la espalda contra la pared fría. El arma descansó sobre mis rodillas, pesada de una forma nueva. No cerré los ojos. No podía. Cada vez que lo intentaba, veía el cuerpo en el pasillo. La forma en que había quedado, torcido, demasiado humano.
Respiré hondo. El aire sabía a encierro.
Elías recorrió el lugar con la mirada, revisando esquinas, contando salidas inexistentes, midiendo distancias. Se movía como alguien que no descansaba nunca del todo, ni siquiera cuando se detenía. Cuando terminó, se apoyó también contra la pared opuesta, sin sentarse.
Durante unos segundos, ninguno habló.
No era un silencio incómodo. Era uno cargado. De lo que no se decía. De lo que ambos sabíamos que estaba pasando afuera. De Elena. De los rehenes. Del reloj invisible que seguía avanzando, aunque no pudiéramos verlo.
Por primera vez desde que había entrado de nuevo al centro comercial, no sentí que alguien nos empujara hacia adelante. Y, aun así, sabía que Umbra no nos había perdido. Solo nos había dejado parar.
Elías fue el primero en moverse.
Se agachó junto a una de las cajas, abrió su chaleco y sacó el comunicador con cuidado, como si el simple gesto pudiera hacer ruido. Lo encendió sin sonido, observando la pequeña pantalla iluminada que parecía demasiado brillante para ese cuarto oscuro.
—Tenemos pocos minutos —murmuró—. Aquí no hay cámaras, pero eso no significa que estén ciegos.
Asentí. Ajusté la posición del arma y me obligué a escanear el lugar, aunque ya lo había hecho tres veces. Era una costumbre. Mirar para no pensar.
Elías presionó el botón.
—Base, aquí Alfa-2 —dijo en voz baja—. ¿Me copias?
Hubo un segundo de estática. Dos. Mi estómago se tensó sin motivo racional. Siempre era así: incluso la comunicación podía fallar cuando más se necesitaba.
—Te copio, Alfa-2 —respondió finalmente una voz grave, controlada—. Adelante.
Elías exhaló despacio.
—Estamos dentro. Umbra controla al menos tres zonas del centro comercial. Tienen rehenes distribuidos, no concentrados. Están usando amenazas simultáneas para bloquear cualquier intervención directa.
Hizo una pausa breve, como si ordenara las imágenes antes de soltarlas.
—Han ejecutado civiles. No como reacción. Como mensaje.
Mis dedos se cerraron con más fuerza alrededor del arma.
—Confirmado —respondió la misma voz—. Tenemos información de otros dos puntos activos en la ciudad. Mismo patrón.
El silencio que siguió no fue técnico. Fue humano.
—¿Los explosivos? —preguntó Elías.
—Aún no visibles —dijo —. Pero asumimos que existen. Umbra no improvisa este tipo de escenarios.
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Editado: 13.01.2026