Hasta quemar el cielo

Capitulo 9 | Sombras en las alturas

La voz no irrumpió.

Se deslizo.

No hubo alarma previa ni estática prolongada. Solo un leve chasquido en los altavoces, casi discreto, como si alguien hubiera carraspeado antes de hablar. El sonido se propagó por el centro comercial vacío con una claridad que heló la sangre, recorriendo pasillos, escaleras y tiendas abandonadas como un susurro amplificado.

—El grupo del pasillo norte está siendo difícil, no creo poder soportarlos un tiempo mas.

Me detuve en seco. Elías también.

Durante un segundo, nadie respiró. Ni siquiera el edificio parecía hacerlo. Las luces de emergencia continuaron parpadeando con su ritmo irregular, indiferentes a la frase que acababa de caer como una piedra en el estómago.

—Algunos esperan que alguien regresara.

Nada más.

El silencio volvió a ocuparlo todo, más pesado que antes, como si el aire hubiera aumentado de densidad. No hubo disparos. No hubo gritos. No hubo órdenes. Solo esa certeza instalada de golpe, sin necesidad de imágenes ni confirmaciones.

El pasillo norte. Los cuerpos. Las miradas vacías que habíamos dejado atrás.

Sentí un nudo cerrarse en mi garganta. No era sorpresa. Era algo peor. Era la comprensión tardía de que Umbra no hablaba para informar. Hablaba para recordar. Para dejar claro que cada decisión tenía eco, incluso cuando parecía que nadie estaba mirando.

—Lo saben —murmuré, sin darme cuenta de que había hablado en voz alta.

Elías apretó la mandíbula, los ojos fijos en el techo, como si pudiera ver a través del concreto, a través de las cámaras ocultas.

—Siempre lo supieron —respondió—. Solo estaban esperando el momento de decirlo.

Reanudamos la marcha sin intercambiar más palabras. El tiempo había vuelto a ponerse en movimiento, pero ya no corría a nuestro favor. Cada paso se sentía contado, registrado, archivado por alguien que no necesitaba vernos para saber exactamente dónde estábamos.

La escalera de emergencia apareció al final del pasillo, envuelta en una penumbra espesa. El humo ascendía desde el nivel superior, arrastrando consigo el olor acre de plástico y tela quemándose. El fuego no rugía. Consumía en silencio, como Umbra: sin prisa, sin espectáculo.

Subimos. Y con cada escalón, la sensación fue la misma. No estábamos avanzando hacia Elena. Estábamos avanzando porque nos dejaban hacerlo.

La escalera de emergencia no estaba diseñada para usarse en silencio.

Cada peldaño metálico crujía bajo nuestro peso, un sonido seco que se amplificaba en el hueco estrecho y oscuro. Las paredes estaban manchadas de hollín, como si el humo hubiera intentado escapar y se hubiera quedado atrapado ahí, raspando el concreto con desesperación. El aire se volvía más caliente a medida que subíamos, más difícil de respirar, cargado de un olor ácido que se adhería a la garganta

Elías avanzó primero, arma en alto, inspeccionando cada descanso antes de darme paso. No me apuró. No me dijo que me moviera más rápido. Solo redujo el ritmo, como si hubiera calculado el mío sin mirarme.

—Segundo piso —murmuró—. Cuando salgamos, no respires profundo.

Asentí, aunque ya me ardía la garganta.

Al abrir la puerta, el calor nos golpeó de lleno. Varias tiendas ardían a lo lejos, el fuego reptando por los pasillos como algo vivo. El humo se acumulaba cerca del techo, bajando poco a poco.

Di un paso… y tosí. Elías reaccionó al instante. No habló. Solo levantó el brazo frente a mí, marcando una pausa, y me hizo bajar un poco la cabeza con un gesto seco.

—Despacio —dijo, más bajo—. Así está bien.

Avanzamos pegados a la pared. Cada crujido hacía que tensara los hombros. Cada explosión lejana me obligaba a detenerme un segundo más de lo necesario.

Elías se dio cuenta.

—Mírame —ordenó sin dureza—. No mires el fuego.

—¿Y si se cae el techo? —pregunté.

—Entonces no habrá tiempo para preguntas.

Obedecí. No porque fuera una orden, sino porque su voz no dejaba espacio para el pánico. Un estallido sacudió una tienda cercana. Vidrios rotos. Chispas. Instintivamente di un paso atrás.

Elías ya estaba ahí. No me tocó, pero su cuerpo se interpuso entre el fuego y yo, firme, inamovible.

—No te quedes atrás —dijo.

No sonó como una advertencia general. Sono…rígida

Seguimos avanzando. El calor aumentaba. El tiempo se sentía raro, como si cada segundo se estirara más de lo debido. Noté que Elías giraba la cabeza de vez en cuando, asegurándose de que yo siguiera allí. No lo hacía con ansiedad. Lo hacía como quien protege algo que no puede perder.

—Hay una librería más adelante —dijo—. Si alguien se escondió, sería ahí.

Asentí otra vez. Mis piernas temblaban, pero seguía caminando.

La librería estaba medio a oscuras. No por falta de luz, sino porque el humo se había instalado entre los estantes como una capa espesa. Los detectores pitaban en algún lugar lejano, de forma irregular, como un pulso enfermo. El aire sabía a ceniza y papel viejo.




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