Hasta quemar el cielo

Capitulo 10 | Zona inestable

El disparo no sonó cerca. Sono demasiado claro, eso fue lo peor.

No fue una explosión caótica ni una ráfaga descontrolada. Fue un solo tiro, seco, medido, que atravesó en centro comercial como una advertencia quirúrgica. El eco reboto entre los pisos, choco con los muros, subió por los huecos de las escaleras y se apagó lentamente, dejando atrás un silencio aún más insoportable que antes.

Mi cuerpo reacciono antes que se lo pidiera.

Me agache de golpe, el corazón estrellándose contra las costillas, la respiración rompiéndose en pequeños tirones desordenados. Sentí el frio del suelo atravesarme las rodillas, el arma apretada con fuerza absurda entre mis manos sudadas.

—¡Agáchense! — ordeno Elías, girándose de inmediato.

No tuve que mirar para saber que los sobrevivientes entraron en pánico. Los sentí moverse en masa, torpes, desordenados, chocando entre sí. Una mujer sollozaba sin sonido, la otra rezaba.

—¡Al suelo, ahora! —repitió Elías, esta vez con un tono que no admitía discusión.

Me gire hacia ellos sin pensarlo, la garganta cerrada.

—¡Hagan lo que dice! —grite —¡Todos abajo, contra la pared!

Sono desesperado, pero funciono.

Los cuerpos se aplastaron contra el piso, manos cubriendo sus cabezas, espaldas encorvadas como su así pudieras desaparecer. El chico de los libros temblaba tanto que pensé que iba a desmayarse. Tenia los ojos abiertos de par en par, clavados en mí, como si yo fuera lo único solido en un lugar que se caía a pedazos.

Otro disparo. Esta vez impacto contra el muro, a menos de un metro de donde estaba Elías.

El no retrocedió, se movió

Avanzo dos pasos colocándose frente a nosotros usando su cuerpo como barrera improvisada, el arma elevada, los músculos tensos como cables a punto de romperse.

—Nos detectaron —dijo —Movimiento en pasillo oeste.

—¿Cuántos? —pregunte, intentando no mirar a la gente detrás de mí, intentando no pensar en lo que pasaría si no salíamos de aquí.

—Suficientes.

Las luces parpadearon otra vez. Esta vez no volvieron de inmediato. El pasillo quedo sumido en una penumbra sucia, rota solo por la luz rojiza de emergencia.

Elías se giro a mí.

—Escucha con atención —dijo — Yo voy a abrir camino. Tu te quedas atrás, cubriendo. Si alguno se levanta, lo bajas de nuevo al suelo. Si alguno corre, lo detienes.

—No sé si...

—No es opcional —me interrumpió — Si se dispersan, los cazan.

El altavoz crujió apenas un segundo, como si alguien hubiera probado el micrófono… y luego se apagó. No dijo nada, no hizo falta. El mensaje era claro, el descanso termino.

Elías apoyo una mano en mi hombro, firme, pesada, anclándome al presente.

—Quédate conmigo —dijo— Muévete cuando yo me mueva.

Respiré hondo, el aire quemándome los pulmones, y asentí. Un nuevo sonido se sumo al caos, pasos sincronizados. No corrían, caminaban. Eso fue lo que me helo la sangre.

Umbra no tenia prisa.

—Cuando diga ahora —susurro Elías — nos movemos todos. Nadie grita, nadie se separa.

El chico de los lentes visiblemente afectado por la situación, levanto la cabeza apenas.

—¿Nos van a matar? —pregunto, con la voz rota —¿Si nos ven...?

Elías no lo miro.

—Si nos quedamos quietos, sí.

El silencio que siguió fue brutal.

—Ahora — exclamo Elías.

Elías salió primero, disparando sin dudar hacia el pasillo, no para matar, sino para obligarlos a cubrirse. El ruido fue ensordecedor. El retroceso del arma me vibro en los huesos cuando levante la mía, el corazón golpeándome la garganta mientras empujaba al grupo a moverse.

—¡Vamos, vamos, vamos! —urgí —¡No se detengan!

Avanzábamos entre vitrinas rotas, esquivando escombros, el aire cargado de humo y polvo. Un disparo pasó silbando demasiado cerca de mi cabeza y sentí el impulso animal de tirarme al suelo… pero no lo hice.

No podía.

Había manos aferradas a mi chaqueta. Había pasos torpes detrás de mí. Había vidas que dependían de que no me detuviera.

—¡Dalia! —gritó Elías—. ¡A la derecha!

Giré apenas a tiempo para ver una silueta emerger entre el humo. No pensé. Disparé. No sé si le di.

Solo sé que la figura retrocedió y que Elías aprovechó ese segundo para avanzar, cubrirnos, empujarnos hacia una tienda incendiada que aún ofrecía una salida lateral.

—¡Dentro! —ordenó.

Entramos a trompicones. El calor era sofocante. El fuego crepitaba al fondo del local, devorando estanterías vacías. El humo quemaba los ojos. Alguien cayó. Lo levanté sin detenerme.

Cuando por fin logramos refugiarnos tras el muro derrumbado del fondo, Elías cerró el paso con un último disparo certero que obligó a Umbra a replegarse… por ahora. El silencio volvió. Pesado. Incompleto. La gente respiraba como si hubiera corrido kilómetros. Algunos lloraban en silencio. Otros no reaccionaban. El chico de antes se dejó caer contra la pared, las manos manchadas de sangre temblándole sin control.




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