El pasillo no ofrecía refugio, solo una pausa.
Elías avanzaba primero, con el arma baja pero lista, contando pasos, puertas, sombras. El grupo iba detrás en una fila irregular: los sobrevivientes de la librería, una mujer mayor con el rostro manchado de hollín, un niño de uno 8 años cubiertos de pequeñas heridas, y el chico de lentes, encorvado, con la mano presionando un costado vendado a toda prisa.
Yo cerraba la formación. No por orden, sino por instinto.
El aire estaba cargado de humo viejo y plástico quemado. Cada respiración raspaba la garganta. Las luces de emergencia parpadeaban, suficientes para no caer, insuficientes para sentirse a salvo.
—Despacio —murmuró Elías sin volverse—. Nadie se separe.
La mujer mayor tropezó. La sostuve antes de que cayera. No dijo nada, solo ajustó mejor su brazo alrededor de mí y siguió caminando. Ya no quedaba energía para palabras. Doblamos por una puerta de servicio y bajamos un tramo corto de escaleras. No era el plan original. Nada lo era ya.
El lugar al que llegamos había sido, alguna vez, un área de mantenimiento. Sin vitrinas. Sin escaparates. Paredes grises, suelo manchado de aceite seco, una sola entrada que Elías bloqueó parcialmente con un carrito metálico.
—Aquí —dijo—. Solo un momento.
No sonó convencido. Nadie lo estaba.
Las personas se dejaron caer contra la pared. El pequeño empezó a llorar sin ruido, la boca abierta, los hombros temblando. La señora mayor lo abrazó con fuerza, con un gesto maternal, como si pudiera esconderlo dentro de sí.
Me apoye en la pared opuesta. El cansancio me cayó de golpe, pesado, casi mareante. Sentí mi costado arder donde antes había sido herida, y el pulso acelerado me martillaba las sienes.
Elías recorrió el espacio con la mirada. Contó personas. Contó heridas. Contó munición. Demasiados.
Sus ojos se detuvieron un segundo más de la cuenta en el chico de lentes. Estaba sentado en el suelo, respirando rápido, las manos temblándole. Cuando notó la mirada, bajó la cabeza de inmediato.
—Gracias… —murmuró, apenas audible—. Pensé que… que nadie iba a volver.
Elías asintió, sin prometer nada.
Pude observar la escena en silencio. No era alivio lo que sentía. Era algo más denso, más inquietante. Como si este descanso no fuera una salvación,
sino el último punto antes de que todo se complicara aún más.
El comunicador vibró una sola vez.
Elías lo sintió incluso antes de escucharlo, como si el cuerpo se le hubiera adelantado a la orden. Se alejó un par de pasos del grupo, lo justo para que las voces no alcanzaran a oírse con claridad, pero sin perderlos de vista.
—Aquí Alfa Uno —susurró—. Adelante.
Hubo interferencia. Un chasquido seco. Luego la voz, tensa, medida como siempre, pero con algo distinto debajo. Algo que no decía.
—Recibimos tu última transmisión —dijo—. Tenemos confirmación de múltiples focos activos de Umbra. No solo el centro comercial.
Elías cerró los ojos un segundo.
—Lo sé —respondió—. Aquí dentro hay civiles atrapados en al menos tres zonas. He sacado a un grupo, pero no puedo moverlos mucho más sin cobertura.
Silencio. Demasiado largo.
—Alfa Uno… —continuó Bruno—. La directriz está cambiando.
Elías apretó la mandíbula.
—Explícate.
—La probabilidad de detonación aumenta si seguimos esperando. Umbra está jugando con el tiempo. Alto mando considera una entrada parcial para forzar reacción.
La palabra forzar quedó suspendida en el aire.
Elías nos miró de reojo. A las manos manchadas de sangre seca. A los ojos que no preguntaban porque tenían miedo de escuchar la respuesta.
—Eso pone a los rehenes en riesgo —dijo, más bajo—. Aquí hay gente viva. Gente que puedo sacar si me dan margen.
—No tenemos certeza de que Umbra cumpla sus amenazas —respondió la voz, Pero tampoco de que no lo haga.
Elías soltó una risa corta, sin humor.
—Nunca la tienen —murmuró.
Otra interferencia. Luego, más firme:
—Aún no es una orden definitiva. Pero necesito que te prepares. Si se autoriza la entrada, tendrás que replegarte o cambiar de objetivo.
Cambiar de objetivo. Elías bajó el comunicador lentamente. No respondió de inmediato.
—Bruno… —dijo al fin—. Si entran a la fuerza, los matan.
No hizo falta decir a quiénes. El silencio del otro lado fue respuesta suficiente.
Elías cortó la comunicación. Se quedó inmóvil unos segundos, respirando hondo, como si así pudiera empujar la decisión lejos de sí. Pero no se iba. Nunca lo hacía.
Cuando volvió junto al grupo, lo mire de inmediato. No pregunte. No hacía falta.
—¿Qué pasa? —dije, en voz baja.
Elías dudó.
Solo un segundo.
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Editado: 13.01.2026