Hasta tocar el cielo

Dos

Adrien

El avión aterriza en Barcelona poco antes de las seis de la tarde. Cuando bajo por la escalerilla, el aire cálido me golpea la cara. Es diferente al de París. Huele a mar, a verano que todavía no ha llegado, a una ciudad que sigue moviéndose, aunque yo haya decidido detenerme.

Recojo la mochila sin mirar el móvil. Sé que habrá mensajes de Théo, de Camille, de mi madre, quizá incluso del director de la película. Pero no quiero leer ninguno. Por primera vez en mucho tiempo, quiero fingir que el mundo puede esperar.

Alquilo un coche en el aeropuerto y conduzco sin rumbo fijo. La radio cambia de una canción a otra mientras atravieso calles que nunca había recorrido. No conozco Barcelona; nunca he tenido tiempo para hacerlo. Siempre he venido por trabajo, siempre con horarios, siempre acompañado. Hoy estoy solo. Y, sorprendentemente, no me molesta.

Cuando cae la noche, dejo la mochila en un pequeño apartamento que he reservado esa misma tarde en Vic. No es especialmente bonito, pero tiene justo lo que necesito: una cama, una ducha y silencio.

Después de una ducha rápida, vuelvo a salir. No quiero quedarme encerrado entre cuatro paredes el primer día, así que acabo entrando en un pub del centro. La música suena tan alta que apenas puedo pensar. Perfecta.

Pido una cerveza. Luego otra. Y otra más.

Un chico me pregunta de dónde soy y le digo que de París. No me reconoce. Nadie me reconoce. Y esa sensación resulta extrañamente liberadora. Acabo riéndome con un grupo de desconocidos cuyos nombres olvido a los cinco minutos, brindando por cualquier tontería. Alguien propone ir a otra discoteca. Acepto. Luego otra, y otra más. Las horas desaparecen entre luces de neón, canciones que no conozco y vasos que dejo de contar.

Intento convencerme de que esto era exactamente lo que necesitaba, de que perderme una noche entre desconocidos iba a hacerme sentir diferente. Pero, cada vez que voy al baño y me miro al espejo, el mismo tipo agotado me devuelve la mirada. Da igual el país. Da igual la ciudad. Siempre termino encontrándome conmigo mismo.

No recuerdo muy bien cómo consigo volver al apartamento. Solo sé que, cuando abro la puerta, el cielo ya empieza a aclararse. Me dejo caer sobre la cama sin quitarme siquiera las zapatillas, ni la sudadera, ni el reloj. Cierro los ojos. Y, por primera vez en meses, duermo sin poner una alarma.

Cuando vuelvo a abrirlos, siento que alguien está golpeándome la cabeza con un martillo. Gruño. La luz que entra por la ventana parece mucho más brillante de lo normal.

Busco el móvil a tientas.

12:47.

Treinta y dos llamadas perdidas. Cincuenta y ocho mensajes.

No abro ninguno. Lanzo el teléfono otra vez sobre el colchón y me llevo una mano a la cara. Tengo la barba más descuidada de costumbre, el pelo parece haber declarado la guerra al peine, y las ojeras... las ojeras podrían protagonizar su propia película.

—Enhorabuena, Adrien —murmuro para mí mismo—. Has cruzado medio continente para acabar igual de hecho polvo.

Me obligo a levantarme. Necesito café. Mucho café.

Me pongo la primera camiseta limpia que encuentro en la mochila, una sudadera gris y unas gafas de sol enormes con la esperanza de esconder el desastre de persona en el que me he convertido. Bajo a la calle. El aire fresco ayuda un poco mientras camino sin rumbo durante varios minutos. Las calles están tranquilas. La gente hace vida normal: algunos pasean, otros leen en una terraza, una pareja discute por un mapa turístico. Todo parece tan sencillo, tan normal... Yo llevo tanto tiempo viviendo entre cámaras, focos y horarios imposibles que casi había olvidado que existe un mundo donde nadie tiene prisa.

Me paso una mano por el cuello. Necesito sentarme y, sobre todo, necesito un café antes de que mi cabeza decida explotar.

Al levantar la vista, distingo un pequeño bar al otro lado de la calle. Las mesas de la terraza están casi vacías. Parece un sitio tranquilo, exactamente lo que necesito. Cruzo lentamente y entro.

El camarero deja el café sobre la mesa. Lo observo unos segundos antes de dar el primer sorbo. La resaca sigue ahí, y el cansancio también. Pero, por alguna razón, el silencio de aquel pequeño bar resulta mucho más agradable que cualquier fiesta de la noche anterior.

Apoyo la espalda en la silla y dejo escapar un suspiro.

Tal vez no haya venido hasta aquí para encontrar nada.

Tal vez solo necesitaba dejar de perderme a mí mismo.

Miro distraídamente por la ventana. El mundo sigue girando. Y yo, por primera vez en mucho tiempo, me permito quedarme quieto.




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