Hasta tocar el cielo

Tres

Luna

Creo que no hay peor sentimiento que el vacío. Esa sensación infinita de necesitar llorar hasta quedarte sin fuerzas, de respirar porque no te queda otra opción, de existir y levantarte cada mañana única y exclusivamente porque la inercia te empuja a ello. Ahora mismo no sé cómo explicar todo lo que se me pasa por la cabeza ni encontrarle un sentido; solo sé que necesito estar sola, aunque sea jodido necesitar algo que sabes que también puede hacerte daño. Los pocos momentos felices que recuerdo se han convertido en una mentira que yo misma me creía, pensando que aquello que me lastimaba era bueno para mí, que de algún modo lo necesitaba.

Siento que la vida sigue avanzando para todos menos para mí. Podría pasarme horas mirando un punto fijo, con la música sonando en mis auriculares mientras mis pensamientos hacen más ruido que cualquier canción. No me preguntes por qué, porque no tengo una respuesta. Solo necesito paz. Necesito que mi mente deje de arder. Me siento atrapada, como si viviera dentro de una jaula de la que no consigo salir, en una vida que yo no elegí pero de la que tampoco encuentro la forma de escapar. A veces pienso que estoy condenada a una infelicidad eterna, a convencerme cada día de que debo sobrevivir, sonreír, levantar la cabeza y seguir adelante, aunque vea con mis propios ojos que el tiempo pasa para todos menos para mí.

Tengo diecisiete años. Nunca he besado a nadie. Nunca he salido de fiesta hasta el amanecer. Nunca he improvisado un viaje, ni he hecho una locura, ni me he quedado despierta viendo las estrellas. Nunca he sabido lo que es sentirme libre, ni lo que es salir de este pueblo, ni lo que es que alguien me cuide de verdad. Ser yo la que recibe un abrazo en lugar de darlo, la que es escuchada en vez de escuchar, la que puede descansar sin sentirse culpable. A veces resulta aterrador.

—Muñeca... —levanto la vista de golpe y me quito el auricular. Estaba tan absorta escribiendo en mi cuaderno que no me había dado cuenta de que Carmen, la camarera de El Portal, la cafetería que está justo al lado del instituto, lleva un rato hablándome— Vas a perder el autobús.

—Mierda… —empiezo a recoger rápido mis cosas—. Lo siento, se me ha ido el tiempo.

Sigo a Carmen hasta la barra.

—¿Me pones otro café para llevar?

—Claro, preciosa, por mi niña lo que sea —me dedica esa sonrisa tan dulce que siempre consigue tranquilizarme un poco.

Mientras espera a que la cafetera termine, dejo unas monedas sobre la barra y, casi sin querer, mi mirada se detiene en un chico sentado al fondo del local. Lleva unas gafas de sol enormes, el pelo completamente despeinado y una barba de varios días. Tiene un aspecto horrible, como si no hubiera dormido en toda la noche. Carmen también lo mira y niega con la cabeza.

—¿Quién es? Nunca lo había visto por aquí.

—Ni idea. Lleva aquí desde hace bastante rato. Luis, el dueño de La Fábrica, ha pasado antes por el bar y me ha dicho que salió de allí de madrugada. Por lo visto, no iba precisamente muy fino.

No puedo evitar volver a mirarlo. Tiene los codos apoyados sobre la mesa y una taza vacía delante, transmitiendo una sensación de agotamiento absoluto.

—Aquí tienes —Carmen deja mi café sobre la barra.

—Gracias.

Lo cojo entre las manos y camino hacia la puerta. Pero me detengo. Miro el vaso. Después vuelvo a mirar al chico. Me muerdo el interior de la mejilla, preguntándome por qué siempre termino haciendo estas cosas. Resoplo bajito, doy media vuelta y me acerco hasta su mesa con pasos inseguros. Dejo el café delante de él.

—Creo que tú lo necesitas más que yo.

Lo digo tan bajo que casi dudo de que me haya oído. No espero una respuesta; ni siquiera levanto la vista. Simplemente me doy la vuelta y salgo casi corriendo del bar. Tengo que llegar al autobús; si lo pierdo, tendré que esperar al siguiente, llegaré tarde a casa y tendré que soportar la bronca de mi padre y la preocupación de mi madre. Y hoy... hoy no me siento con fuerzas para eso.

Cuando llego a casa, saludo a mi madre, que está en el salón viendo la televisión como siempre. Dejo la mochila en la entrada y voy directamente a la cocina para preparar la comida. Comemos juntas delante de la tele, como todos los días, e intento terminar cuanto antes para subir a estudiar.

—Hoy he visto a Marta, la vecina —dice de pronto.

Levanto la vista.

—¿Sí?

—Me ha contado que su hija está encantada en la Universidad de Barcelona.

Se me cierra el estómago.

—Ah.

—Dice que va y vuelve en autobús todos los días. Así no tiene que alquilar un piso. Es una muy buena opción, ¿no crees? ¿En el instituto ya os han hablado de las universidades?

Dejo el tenedor sobre el plato.

—Todavía es pronto, mamá. Antes tengo que hacer Selectividad.

—Ya lo sé, cariño. Pero creo que no hay mejor elección que esa —hace una pequeña pausa—. Así estarías en casa... conmigo.

Su voz no suena egoísta; suena asustada. Y eso lo hace todavía más difícil. Fuerzo una pequeña sonrisa.

—Voy a subir a estudiar. Luego bajo para preparar la cena.




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