Hasta tocar el cielo

Cuatro

Luna

A la mañana siguiente me desvelo con un humor más ligero de lo normal. No recuerdo la última vez que me acosté pensando en algo que no fueran los exámenes, mi madre o todo lo que me esperaba al día siguiente. Mientras preparo el desayuno para mis padres y para mí, me descubro sonriendo al recordar la nota doblada entre las páginas de mi cuaderno: Prometo que no he leído tu cuaderno... La saco de mi bolsillo un segundo y vuelvo a leerla antes de guardarla otra vez. No sé por qué. Solo sé que me gusta saber que sigue ahí.

Nos sentamos a desayunar en silencio, como cada mañana, con el único sonido de los cubiertos contra los platos y la televisión de fondo. Respiro hondo.

—Hoy voy a quedarme en Vic por la tarde para estudiar en la biblioteca.

Mi padre levanta la vista del café.

—No vuelvas muy tarde. Ya sabes que tu madre no puede quedarse sola demasiado tiempo.

Asiento.

—Sí, tranquilo.

Mi madre simplemente me sonríe con dulzura.

—No estudies demasiado, cariño.

Le devuelvo una sonrisa pequeña, deseando que supiera que la biblioteca es el único sitio donde siento que puedo respirar. Cojo la mochila y salgo de casa. No es hasta que cierro la puerta cuando dejo escapar el aire que llevaba conteniendo. Camino hacia la parada del autobús mientras el frío de la mañana me golpea la cara. Una lágrima se escapa sin que pueda evitarlo, pero la limpio enseguida. No pasa nada. Nunca pasa nada.

Paso toda la tarde en la biblioteca intentando concentrarme en Historia, aunque mi cabeza está en cualquier otro sitio. Cada cierto tiempo abro el cuaderno, no para escribir, sino solo para comprobar que la nota sigue donde la dejé; y cada vez que la veo, sonrío sin querer. Es ridículo. Ni siquiera conozco a ese chico. Aun así... hay algo en él que transmite calma.

Levanto la vista de golpe cuando la bibliotecaria anuncia que van a cerrar y miro el reloj con desesperación.

—No...

Empiezo a guardar las cosas a toda velocidad, perdiendo la noción del tiempo otra vez. Salgo corriendo del edificio y, como si el universo hubiera decidido reírse de mí, empieza a llover con fuerza. No llevo paraguas y, por si fuera poco, hoy se me ha ocurrido ponerme una falda. Perfecto. Corro hacia la estación de autobuses mientras el agua me empapa el pelo, la ropa y los apuntes. Cuando por fin llego, veo cómo el autobús se aleja sin mí.

—Mierda...

Me dejo caer bajo la marquesina, completamente empapada, sabiendo que el siguiente autobús no pasa hasta dentro de dos horas. Respiro hondo. Podría llorar, pero ya no me quedan ganas. Saco el móvil y marco el número de casa.

—¿Mamá?

—¿Luna? ¿Qué pasa?

—He perdido el autobús... —cierro los ojos con fuerza—. Tengo que esperar al siguiente.

Al otro lado se hace un pequeño silencio.

—Está bien, cariño. Pero intenta tener más cuidado.

—Lo sé...

—Tu padre aún no ha llegado.

Dejo escapar un suspiro de alivio.

—Vale. Nos vemos luego.

—Ten cuidado con la lluvia.

Cuelgo, guardo el móvil y me siento en el banco de la parada intentando escurrir el agua del pelo mientras el frío empieza a colarse bajo la ropa. Puedo aguantar. Solo son dos horas. No pasa nada. Siempre aguanto.

Un coche reduce la velocidad delante de la parada. Un Audi negro. La ventanilla baja despacio.

—¿Necesitas que te acerque?

Levanto la vista y descubro a Adrien. No puedo evitar sorprenderme.

—No... estoy bien.

Él arquea una ceja, me señala la ropa y sentencia:

—Luna, estás completamente empapada.

Miro hacia otro lado, testaruda.

—Esperaré al siguiente autobús.

—Dentro de dos horas.

Asiento en silencio. Adrien suspira, se toma una pequeña pausa y dice:

—Mira, no voy a insistir, pero si decides subir, prometo llevarte donde tú quieras.

No dice nada más; simplemente espera. Lo observo unos segundos, recordando cómo me devolvió el cuaderno, cómo no hizo preguntas y cómo respetó mis cosas. Y, por alguna razón... confío en él. Abro la puerta del coche.

—Gracias...

Él sonríe con suficiencia.

—Mucho mejor.

Nada más sentarme, pone la calefacción, y el aire caliente empieza a devolverme poco a poco la sensibilidad de las manos mientras me abrazo a mí misma. Adrien me mira de reojo.

—Estás temblando.

—Estoy bien.

Sonríe de lado.

—No sabes mentir.

No respondo. Después de unos minutos de silencio, vuelve a hablar.

—Mi piso está a cinco minutos.

Lo miro confundida.




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