Hasta tocar el cielo

Cinco

Adrien

El despertador suena demasiado pronto para alguien que no tiene ninguna obligación. Abro un ojo y alargo el brazo hasta apagarlo, sin ni siquiera recordar por qué puse una alarma. Permanezco unos minutos tumbado, mirando el techo blanco del apartamento, sintiendo la extraña rareza de que, por primera vez en mucho tiempo, no tengo un horario lleno de entrevistas, reuniones, entrenamientos, sesiones de fotos o rodajes. No hay nadie llamando a la puerta, ni un chófer esperando abajo, ni un equipo preguntándome dónde estoy. Solo silencio.

Me incorporo despacio y camino descalzo hasta la cocina. Mientras preparo café, mi mirada se desvía inevitablemente hacia la silla donde ayer estuvo sentada Luna. Todavía puedo imaginarla allí, con las mangas de mi sudadera cubriéndole las manos, dando las gracias por absolutamente todo como si cada gesto amable tuviera que ser devuelto. Sonrío para mí. Nunca había conocido a alguien que pidiera perdón y diera las gracias tantas veces, ni tampoco a alguien capaz de quedarse callado durante tanto tiempo sin que el silencio resultara incómodo.

Apoyo los codos sobre la encimera, preguntándome por qué sigo pensando en ella. No es que me guste. Todavía no. Es otra cosa. Curiosidad, supongo. Hay algo en esa chica que no consigo entender, como si escondiera un peso demasiado grande para alguien tan joven. Sacudo la cabeza, decidiendo que no debería darle tantas vueltas.

Después de desayunar abro la maleta y tardo exactamente cinco segundos en darme cuenta de que fui un completo idiota: tres camisetas, dos sudaderas, un pantalón, un neceser y poco más. Cuando decidí coger el primer avión que saliera de París, no pensé que terminaría pasando aquí más de un par de días. Miro la maleta abierta y resoplo con fastidio.

—Genial...

Me visto y bajo a la calle, necesitando comprar ropa y quizá alguna cosa para el piso. Camino sin prisa por el centro de Vic, disfrutando de lo agradable que resulta que nadie me mire y que aquí sea simplemente un chico más. Entro en una tienda, cojo varias camisetas, unos vaqueros y una chaqueta. Mientras espero para pagar, mi móvil vibra: Émile, mi representante. Lo observo unos segundos antes de responder.

—Hola.

—¡Por fin! —exclama al otro lado—. Empiezo a pensar que has tirado el teléfono al Sena.

Sonrío con calma.

—Lo estoy cuidando mejor que nunca.

—No tiene gracia.

Se hace un pequeño silencio tenso.

—¿Dónde estás?

—España.

—Eso ya lo sé. ¿Dónde exactamente?

Miro alrededor.

—En una tienda de ropa.

—Adrien —resopla con desesperación—. No juegues conmigo.

Apoyo la bolsa sobre el mostrador.

—Necesitaba desaparecer unos días.

—Camille está preocupada.

Cierro los ojos un instante. Claro que lo está; no desapareces de un día para otro sin dejar un desastre detrás.

—Estoy bien. Solo necesitaba respirar.

—Respirar está bien. Desaparecer no. Mañana tengo una reunión con la productora. ¿Vas a venir o sigo inventándome excusas?

Muerdo el interior de la mejilla, indeciso.

—No lo sé todavía.

Émile guarda silencio. Cuando vuelve a hablar, su voz suena mucho más tranquila:

—Adrien. No puedes huir toda la vida.

—No estoy huyendo.

Aunque, en el fondo, sé que es exactamente eso.

—Llámame cuando sepas qué vas a hacer.

La llamada termina. Pago la ropa y salgo de la tienda con una sensación incómoda instalada en el pecho. Ya por la tarde regreso al apartamento y dejo las bolsas sobre el sofá. Mientras guardo la ropa en el armario, el móvil vuelve a sonar. Esta vez sonrío antes incluso de mirar la pantalla: es Théo.

—¿Sigues vivo? —su cara aparece en la pantalla con una bolsa de patatas en la mano.

—De momento.

—Pues qué alegría. Ya pensaba vender tus cosas.

Me río con ganas.

—Ni se te ocurra.

—Entonces vuelve.

Me siento en el sofá.

—Todavía no.

Théo me observa unos segundos, conociéndome demasiado bien.

—Has conocido a alguien.

Levanto una ceja, fingiendo inocencia.

—¿Qué?

—Siempre pones esa cara cuando aparece una chica.

—No ha aparecido ninguna chica.

—Adrien... —suspira exageradamente—. Nos conocemos desde los doce años. No puedes mentirme.

Sonrío sin querer rendirme.

—Solo... he conocido a una chica.

—¡Lo sabía!

—Pero no es lo que piensas.

—¿Cómo se llama?

Dudo un instante.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.