Luna
Adrien. Solo con pensar en su nombre noto un pequeño cosquilleo en el pecho. Llevamos varios días escribiéndonos, compartiendo cosas sencillas e incluso tonterías: él me pregunta cómo estoy o qué tal ha ido el instituto, y yo le cuento alguna anécdota de clase para luego preguntarle qué ha hecho durante el día, algo que siempre me explica con todo lujo de detalles. Sin darme cuenta, empiezo a sentirme un poco menos sola desde que hablamos, como si los días pesaran un poco menos y, a pesar de todo lo que ocurre en casa, todavía me quedaran ganas de sonreír.
Aunque hoy me espera un día complicado.
Estoy sentada frente al despacho de Clara, la orientadora, sabiendo perfectamente lo que viene porque toda mi clase ya ha pasado por aquí.
—Luna, puedes pasar.
Clara asoma la cabeza por la puerta y yo cojo la mochila antes de seguirla hasta su despacho. Me siento frente a ella, empezando a jugar con los dedos y mordiéndome alguna uña de vez en cuando. Durante unos segundos no dice nada; solo me observa antes de suspirar y recostarse en la silla.
—Luna, eres la única que todavía no me ha dicho nada sobre la universidad. Todos tus compañeros tienen una idea bastante clara o, al menos, varias opciones.
—Es complicado...
—Una vez me dijiste que te gustaba mucho escribir, y me he tomado la libertad de investigar algunas universidades que podrían encajar contigo.
Coloca varios folletos sobre la mesa. Me inclino un poco para mirarlos: Madrid, Valencia, incluso Portugal... Todos demasiado lejos. Demasiado lejos... como París.
—Es que... tal vez no vaya a ir a la universidad.
—¿Cómo? —Clara me mira completamente sorprendida—. Luna, tienes unas notas brillantes. Todos tus profesores hablan maravillas de tus redacciones y de tus trabajos. No puedes desaprovechar una oportunidad así. No puedes dejar de estudiar.
Empiezo a mover la pierna sin darme cuenta hasta que termino arrancándome un padrastro con los dedos.
—Es complicado... —repito en voz baja, sin encontrar otra respuesta.
—Si el problema es el dinero, existen becas. También hay residencias universitarias o pisos compartidos. Yo podría ayudarte con todo el proceso. Incluso puedo hablar con tus padres y explicarles todas las posibilidades.
Mi cuerpo se tensa al instante. Mis padres ni siquiera contemplan la posibilidad de que me marche a estudiar fuera —ni a París, ni a Madrid, ni siquiera a una ciudad cercana—, porque ellos ya han decidido mi futuro: universidad en Barcelona, vivir en casa y cuidar de mi madre. Y sí, podrían contratar a alguien y todo sería más sencillo, pero ellos no quieren a nadie; me quieren a mí. Siempre.
—No hace falta. Hablaré yo con ellos —digo, aunque sé perfectamente que nunca lo haré.
—Hazlo pronto. Aún queda tiempo, pero el tiempo pasa más deprisa de lo que parece. No dejes escapar una oportunidad como esta.
Asiento en silencio, recojo mis cosas y salgo del despacho. En cuanto la puerta se cierra detrás de mí, vuelvo a sentir ese peso opresivo en el pecho, como si alguien acabara de recordarme que mis sueños siguen estando demasiado lejos. Durante las clases no consigo concentrarme lo más mínimo; mientras los profesores hablan, escriben en la pizarra y explican ejercicios, yo solo hago garabatos en una esquina del cuaderno.
Cuando termina la última clase, Hugo sale conmigo al pasillo.
—¿Cómo te ha ido con Clara?
—Ya sabes... A veces se pone muy intensa.
Él suelta una pequeña risa.
—Demasiado.
No puedo evitar sonreír un poco. Caminamos unos metros en silencio hasta que me detengo impulsada por un repentino valor.
—Oye... Esta tarde voy a quedarme en Vic. ¿Os apetece tomar algo donde Carmen antes de volver a casa?
Hugo se gira completamente sorprendido.
—Espera... ¿Luna Fernández nos está proponiendo un plan?
Noto cómo se me calientan las mejillas, y en ese preciso instante aparece Alba.
—¿Qué pasa?
—Solo le preguntaba a Hugo si os apetecía ir a tomar algo antes de marcharos.
Alba abre mucho los ojos y se engancha a mi brazo mientras caminamos hacia la salida.
—¡Claro que sí! Empiezas a soltarte, Lu. Solo me falta convencerte para que un día te vengas de fiesta conmigo. Me encantaría conocer a la Luna fiestera.
Sonrío con timidez, sin estar muy segura de que esa Luna exista.
—Para eso todavía falta mucho.
Cuando llegamos a El Portal, Carmen nos sirve unos refrescos y algo para picar, dedicándome antes de volver a la barra una sonrisa cálida y un discreto guiño. Es la primera vez que me siento en una de estas mesas acompañada, y creo que ella se alegra tanto como yo.
—Vale —dice Alba mientras da un sorbo a su refresco—. Cuéntanos el chisme.
La miro confundida.
—¿Qué chisme?
—No te hagas la inocente. Llevas toda la tarde mirando el móvil con cara de boba.
Editado: 13.08.2026