Luna
Los sábados nunca me gustan. Desde pequeña significan lo mismo: limpiar la casa, hacer la comida, lavar la ropa y esperar a que mi padre llegue diciendo todo lo que aún queda por hacer. Hoy, además, viene Bela a comer, mi hermana mayor; hace años que no vive aquí, pero aparece algunos fines de semana como si nunca se hubiera marchado, entrando siempre en casa haciendo ruido y sin siquiera preguntarme cómo estoy antes de caminar directamente hacia el salón.
Al poco rato llega mi padre, y nos sentamos los cuatro alrededor de la mesa. Mi madre ocupa el mismo sitio de siempre, en completo silencio, mientras yo sirvo los platos como todos los sábados. Durante unos minutos solo se oye el sonido de los cubiertos contra la vajilla, hasta que mi padre rompe el hielo.
—¿Qué tal los estudios?
—Bien.
—La selectividad está a la vuelta de la esquina.
Asiento en silencio, con la cabeza llena de dudas. Llevo toda la semana dándole vueltas a las palabras de Clara, a París, a todo. Tal vez debería intentarlo, aunque solo sea una vez. Aprieto la servilleta entre los dedos, tomando valor.
—El otro día hablé con la orientadora.
Mi padre levanta la vista, interesado a medias.
—¿Y?
Trago saliva con dificultad.
—Me estuvo enseñando universidades...
No termino la frase. Él deja el tenedor sobre el plato con brusquedad.
—¿Las de Barcelona?
Niego despacio.
—También había otras. Madrid, Valencia... Incluso...
—¿Incluso qué? —su voz ya no suena igual.
—París.
El silencio que invade la mesa hace que me arrepienta al instante de haber abierto la boca. Mi padre resopla, perdiendo la paciencia.
—Otra vez con esa tontería.
Bajo la mirada, sintiendo la opresión en el pecho.
—No es una tontería.
—Claro que lo es —da un golpe seco con la mano sobre la mesa, haciendo que mi madre dé un pequeño respingo—. Tu vida está aquí. Tu madre está aquí. Tu familia está aquí. ¿Quién va a cuidar de ella si tú decides irte al otro lado del mundo?
No sé qué responder, porque llevo diecisiete años escuchando exactamente lo mismo, aunque eso no hace que duela menos.
—Podría venir los fines de semana...
—¿Y entre semana? ¿Quién la ayuda? ¿Quién la acompaña? ¿Quién hace todo lo que haces tú?
Abro la boca para replicar, pero la cierro enseguida. No tengo respuesta, porque la respuesta soy yo. Siempre yo.
Bela deja escapar una risa seca por lo bajo, mirándome con desdén.
—Papá tiene razón. No todo gira alrededor de ti, Luna. Mamá necesita ayuda y ya hacemos bastante todos para que tú puedas estudiar.
Aprieto la mandíbula con impotencia.
—Yo no he dicho que no quiera ayudar...
—Pues es lo que parece. Solo piensas en irte. En París. En escribir. Como si la vida fuera tan fácil.
Siento un nudo abrasador en la garganta.
—Solo estaba hablando de opciones...
—Pues deja de hacerlo —mi padre vuelve a coger el tenedor, zanjando el tema con frialdad—. El curso que viene estudiarás en Barcelona. Irás y volverás cada día. Y punto.
La conversación ha terminado. Así de sencillo, como si mi opinión nunca hubiera existido. Miro a mi madre, que permanece con la vista fija en el plato, sin decir una sola palabra: ni para apoyarme, ni para darme la razón, ni siquiera para decir que me entiende. Nada. Solo silencio, el mismo silencio de siempre.
Termino de comer sin probar apenas bocado. Mi padre se levanta el primero, se pone la chaqueta y anuncia:
—Me voy a trabajar.
Antes de salir, añade sin mirarme:
—Y deja de llenarte la cabeza con ideas absurdas.
La puerta se cierra y en la cocina vuelve a hacerse el vacío. Bela recoge el móvil de la mesa con desinterés.
—La verdad, Luna, no sé por qué insistes tanto. Tienes una vida bastante cómoda.
La miro sin comprender, estupefacta.
—¿Cómoda?
—Sí. Vives aquí, no pagas nada y solo tienes que echar una mano en casa. Hay gente que daría cualquier cosa por eso.
Noto cómo algo dentro de mí termina por romperse de golpe. Me levanto despacio, recojo mi plato y lo dejo en el fregadero sin responder, porque sé que si abro la boca ahora mismo me pondré a llorar. Cojo aire, me giro hacia mi madre y le aviso:
—Esta tarde tengo que ir a casa de Alba. Tenemos un trabajo pendiente.
Mi madre levanta la vista, luciendo un cansancio infinito.
—No vuelvas muy tarde.
Asiento, sin saber si me cree y sin importarme demasiado. Subo a mi habitación, cojo la mochila casi sin mirar lo que meto dentro —el cuaderno, los cascos, la cartera, el cargador— y salgo de casa. En cuanto cierro la puerta a mi espalda, el aire deja de entrar en mis pulmones. Me apoyo en la pared, intento respirar, pero no puedo; el pecho me arde, las manos empiezan a temblarme y las lágrimas aparecen antes de que pueda contenerlas.
Editado: 13.08.2026