Adrien
El despertador no suena, pero me desvelo antes de las ocho y media, con la misma imagen grabada a fuego en la memoria: Luna delante de la puerta de mi piso, completamente empapada, temblando y llorando sin ser capaz de articular palabra. Suspiro en la penumbra de la habitación y me incorporo, consciente de que ya no voy a volver a dormirme.
Voy hasta la cocina para preparar café y, mientras la cafetera empieza a gorgotear, salgo a la terraza. Vic amanece despacio, con las calles medio vacías y un aire fresco que termina de despejarme. Apoyo los brazos sobre la barandilla, pensando en cómo hace unas semanas solo quería desaparecer en una ciudad que ni siquiera conocía, y en cómo ahora, de repente, empiezo a tener motivos de peso para quedarme un poco más.
El móvil vibra sobre la mesa de la cocina. Es Théo. Sonrío sin darme cuenta antes de descolgar.
—Buenos días.
—¿Buenos? Son las ocho y media. ¿Quién eres y qué has hecho con Adrien?
—Muy gracioso.
—Lo sé —se ríe por lo bajo—. ¿Qué pasa? Quería saber si seguías vivo.
—Sigo respirando.
—Eso ya es un avance —se apoya al otro lado de la línea, y su tono cambia a uno más serio al conocerme demasiado bien—. ¿Cómo estás?
—Bien.
—Mientes fatal.
—No estoy mintiendo.
—Adrien... —suspira con resignación—. No te llamo para darte la charla. Solo quiero saber cómo estás de verdad.
Miro el café humeando entre mis manos.
—Mejor.
Mucho mejor que hace un mes.
—Se nota —su voz suena más tranquila, pero enseguida añade—: Aunque hay otra cosa.
Sonrío, sabiendo lo que viene.
—¿Qué?
—La chica del cuaderno.
Niego con la cabeza.
—Sabía que ibas a preguntarme por ella.
—Pues claro. La última vez estuviste veinte minutos hablándome de Luna.
—No fueron veinte minutos.
—Dieciocho, quizá —vuelvo a reír por lo bajo—. ¿Cómo está?
La sonrisa se desvanece despacio.
—Ayer apareció en mi piso.
Al otro lado se hace un silencio espeso.
—¿Qué pasó?
—No lo sé. Bueno... sí lo sé, pero solo una parte. Estaba llorando.
Théo tarda unos segundos en procesarlo.
—¿Te contó qué había pasado?
—Dijo que había discutido con su hermana. Pero... —me paso una mano por la nuca, recordando la escena—. No era solo eso. No lloras así por una simple discusión. No apareces en casa de alguien que apenas conoces si todo va bien.
Théo guarda silencio, respetando mi necesidad de ordenar los pensamientos.
—Solo necesitaba salir de allí —añado—. Eso me dijo. Y creo que era verdad.
—¿Y tú qué hiciste?
Miro la ciudad que despierta frente a mí.
—La llevé a una cascada que encontré hace unos días. Nos quedamos allí un buen rato. No hablamos demasiado. Solo... estuvimos.
—Eso suena muy a ti.
Sonrío con un deje de tristeza.
—Supongo.
—¿Y ahora cómo está?
—No lo sé. Ayer consiguió sonreír un poco, pero tengo la sensación de que, cuando vuelve a casa... todo vuelve a empezar.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros hasta que Théo retoma la conversación:
—Adrien.
—¿Sí?
—Hace tiempo que no te oía hablar así de alguien.
Frunzo ligeramente el ceño.
—¿Así cómo?
—Preocupado.
No respondo, porque sé que tiene razón.
—Solo quiero que esté bien.
—Lo sé —hace una pausa—. Pero también quiero saber cómo estás tú.
Bajo la mirada hacia la taza.
—Estoy bien.
—No. Estás mejor porque has dejado de pensar en ti. Y eso no significa que estés bien.
Sus palabras me golpean con más fuerza de la esperada, porque acierta de pleno: desde que conocí a Luna, paso más tiempo preocupado por su bienestar que por el mío propio; y, por extraño que parezca, eso me ha aportado una extraña paz.
—Por cierto —continúa Théo cambiando de tercio—. Tu representante vuelve a preguntar cuándo piensas volver.
Resoplo, fastidiado.
—Ya me lo imaginaba.
—No le he dicho nada, solo que necesitabas tiempo.
—Gracias.
—Pero tampoco puedes desaparecer eternamente. Lo sabes, ¿verdad?
Cierro los ojos un instante.
Editado: 13.08.2026