Hasta tocar el cielo

Nueve

Luna

Los días entre semana han adquirido un matiz completamente diferente. Si antes solo representaban un desfile gris de clases, apuntes y una cuenta atrás constante para regresar a la rutina familiar, ahora traen consigo la promesa de los mensajes de Adrien. Conversaciones que empiezan con un sencillo «¿Cómo estás?» y terminan derivando en libros, música o cualquier trivialidad que logra que, por unas horas, el peso de mi cabeza disminuya. Es extraño; jamás había esperado con tanta intensidad que el móvil vibrara ni había compartido esta complicidad con nadie. Y, aunque intento convencerme de que solo es un conocido temporal, una parte de mí se descubre deseando verle casi con la misma urgencia con la que anhelo escapar de casa cada mañana.

Hoy voy caminando junto a Hugo por las calles de Rupit. Hemos salido a hacer unos recados y charlamos de camino, comentando una anécdota de clase mientras sostengo la bolsa entre las manos, logrando por un instante olvidarme de todo.

Hasta que lo veo.

Un Audi negro aparcado a unos metros. El corazón me da un vuelco y me quedo completamente petrificada.

—¿Luna? —pregunta Hugo al notar que me he detenido en seco—. ¿Todo bien?

Aparto la vista del coche y lo miro con los ojos muy abiertos.

—Sí... sí. Nos vemos mañana en clase, ¿vale?

—¿Seguro?

—Sí, tengo que... hacer una cosa —asiento deprisa, sin darle margen para seguir preguntando, y me despido con un gesto rápido antes de caminar hacia el vehículo.

Cada paso acelera mis pulsaciones. No por miedo a Adrien, sino porque está aquí, en pleno Rupit, donde cualquier vecino curioso puede verme y correr a contárselo a mis padres, dinamitando de inmediato todo lo que he construido: las tardes en Vic, las excusas de la biblioteca, los mensajes y la paz que encuentro a su lado.

Adrien está apoyado contra la carrocería, mirando la pantalla del móvil. Al notar que me acerco, levanta la vista y una sonrisa genuina ilumina su rostro.

—Hola.

No puedo evitar devolverle una mueca tímida.

—¿Qué haces aquí?

Él guarda el teléfono en el bolsillo con total naturalidad.

—Venía a verte.

Esa simple respuesta hace que mis nervios se multipliquen por mil. Miro a mi alrededor: un matrimonio cruza al otro lado de la calle y un vecino sale de una tienda cercana.

—Bien... pero tienes que irte —suelto de golpe.

Adrien frunce ligeramente el ceño, desconcertado.

—¿Irme?

—Quiero decir... estoy ocupada.

—¿No tienes ni un rato para tomar algo?

Bajo la vista a las zapatillas, sintiendo una mezcla de culpa y pánico.

—Es que... mis padres no me dejan salir...

Mierda. ¿Por qué he dicho eso? Levanto la cabeza de golpe, atropellando las palabras.

—Bueno... sí me dejan salir. Qué tontería. Lo que pasa es que tengo muchos deberes y...

—Luna... —empieza a decir, pero le corto de inmediato.

—Adiós, Adrien.

Me doy la vuelta y echo a andar a paso ligero, negándome a mirar atrás. En cuanto cruzo el umbral de mi habitación, dejo caer la mochila y me siento ante el escritorio dispuesta a estudiar, pero soy incapaz de procesar ni una sola línea. Las palabras de Adrien —Venía a verte— rebotan en mi cabeza, martirizándome por la forma en que prácticamente lo he echado. Seguro que piensa que soy una borde, que no quería verle.

Cojo el móvil por puro impulso y abro nuestro chat. Mis dedos dudan sobre el teclado antes de escribir:

Luna: Mirador. Mañana a las cinco.

Pulso enviar antes de arrepentirme, aunque el remordimiento me golpea un segundo después. Dejo el teléfono boca abajo y espero. Cinco minutos. Diez. Media hora. Nada. Sigue sin responder, ni siquiera aparece como leído. Un nudo helado se forma en mi estómago. Lo he estropeado.

Al día siguiente llego al instituto agotada tras una noche en blanco. Mientras sigo mirando la pantalla de reojo sin rastro de mensaje alguno, Hugo me observa desde su sitio.

—Oye... Ayer te vi.

El corazón me salta a la garganta.

—¿Qué?

—Con ese chico.

Intento mantener la compostura.

—Ah... no era nadie.

—¿Segura? —me sostiene la mirada.

—Sí, de verdad. Solo me preguntó por una calle —asiento con una sonrisa forzada.

Él suspira, apoyando los brazos en la mesa.

—Solo te lo digo porque me preocupo por ti. No parecía de aquí... y era bastante mayor. No quiero que te pase nada.

—Tranquilo, Hugo —le agradezco internamente que no insista, odiando la mentira pero aliviada por esquivar el tema.

Al terminar las clases, recojo mis cosas con parsimonia. Sigo sin noticias de Adrien, así que asumo que no irá, que no quiere saber nada de mí. A pesar de ello, decido subir al autobús; después de todo, el mirador siempre ha sido mi refugio para estudiar.




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