Hasta tocar el cielo

Diez

Adrien

Nunca me había dado cuenta de lo mucho que puede pesar un móvil cuando esperas un mensaje.

Han pasado cinco días. Cinco días desde que Luna salió corriendo del mirador con los ojos anegados en lágrimas, cinco días desde que desapareció de mi vida sin dar ninguna explicación, y cinco días desde que mi cabeza no deja de martirizarse preguntándose si estará bien.

Me apoyo sobre la encimera de la cocina mientras el café termina de hacerse. El piso vuelve a sentirse demasiado grande, demasiado silencioso, demasiado vacío. Por pura costumbre, cojo el teléfono y abro nuestra conversación. Mis últimos mensajes siguen exactamente igual:

¿Has llegado bien?

¿Está todo bien?

Avísame cuando puedas.

Solo quiero saber si estás bien.

Ninguno ha sido leído. Resoplo con frustración y bloqueo la pantalla. No debería seguir escribiéndole; si no contesta, es porque no puede, o porque no quiere, y tengo que respetarlo. Aunque eso no consiga apagar la angustia que me quema por dentro.

Intento ocupar la mañana con cualquier cosa para despejar la mente. Voy al supermercado, lleno la nevera con productos que apenas tocaré, paso por una panadería y, finalmente, entro en una librería con la excusa de buscar una guía sobre Girona. Sin embargo, mis pasos me arrastran inevitablemente hasta la misma estantería donde encontré el libro que le regalé. Paso un dedo despacio por el lomo del ejemplar gemelo, recordando con absoluta nitidez su expresión al abrir la bolsa: la sorpresa, la timidez, y la forma en que apretó la novela contra el pecho como si le hubieran entregado el tesoro más grande del mundo.

No puedo evitar sonreír, a pesar de todo.

—Eres un caso perdido —murmuro para mí mismo.

Dejo el libro en su sitio y salgo a la calle. Justo en el momento en que cruzo el umbral, el móvil vibra con fuerza en mi bolsillo. Es Théo. Descuelgo de inmediato.

—Salut.

—Por fin respondes —su voz llega cargada con el mismo acento parisino de siempre y, por alguna extraña razón, escucharla me conecta fugazmente con una vida que ahora me parece muy lejana—. Llevo dos días llamándote.

—Lo sé.

—Hola a ti también, Adrien. Podrías haber contestado.

Sonrío levemente mientras sigo caminando entre los adoquines.

—Estaba distraído.

—Eso me preocupa todavía más.

Guardo silencio. Théo me conoce con una precisión milimétrica.

—¿Sigues en España? —pregunta tras un suspiro.

—Sí.

—¿Y piensas decirme cuándo vuelves?

—Todavía no.

—Adrien... —puedo imaginarlo perfectamente pasándose una mano por la cara, el gesto que siempre hace cuando está a punto de perder la paciencia conmigo—. No puedes seguir así.

—No quiero volver todavía.

—Lo suponía.

Un silencio tenso se prolonga unos segundos al otro lado de la línea, hasta que su tono se suaviza.

—¿Cómo está Luna?

Me detengo en mitad de la acera, con el bullicio de la ciudad difuminándose a mi alrededor.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Lleva varios días sin contestarme.

No añado nada más; no hace falta. Théo intuye al instante que la situación es delicada.

—¿Qué pasó?

Le resumo por encima el episodio del mirador: la llamada urgente, su huida desesperada, su negativa rotunda a que la acompañara y este silencio absoluto desde entonces.

—¿Has ido a buscarla? —inquiere él.

—No.

—¿Por qué?

Levanto la vista hacia el cielo gris y encapotado.

—Porque si necesita desaparecer unos días, no soy nadie para invadir su espacio.

Théo guarda silencio durante un buen rato.

—Eso no me lo esperaba de ti.

Frunzo el ceño.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Hace unos meses habrías ido directo a buscarla sin pensarlo. Ahora estás esperando pacientemente a que sea ella quien decida volver a ti.

Sonrío con amargura.

—Supongo que estoy aprendiendo.

—No, Adrien. Supongo que estás empezando a quererla.

Mi corazón se detiene un instante ante sus palabras. Me quedo mudo, incapaz de articular una sola sílaba, porque ni siquiera yo sé si lleva razón o si estoy pisando un terreno demasiado peligroso.

—Tengo que dejarte —dice Théo con suavidad, rompiendo el hechizo—. Llámame cuando puedas.

—Lo haré.

—Y Adrien...

—¿Sí?

—Cuídate tú también.




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